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Extraordinario | Julio Martínez Calzón

Que no caiga la pelota

Álvaro Serrano Corral

Consejero delegado de MC2.

Julio Martínez Calzón, con el equipo de su estudio durante un viaje organizado por China.

Como es sabido, Julio Martínez Calzón fue un ingeniero prolífico y poliédrico, con intereses intelectuales más allá del ámbito técnico en las artes, la filosofía, la naturaleza, la historia y, en general, en cualquier manifestación cultural; una circunstancia que posteriormente proyectaba en sus obras técnicas y le convertían, como él mismo se calificaba, en un ingeniero humanista.

Primeros años

En 1962 y al término de sus estudios en la Escuela de Ingenieros de Caminos, Julio comenzó a trabajar por las mañanas en el Instituto Eduardo Torroja en el ámbito de las estructuras de hormigón, mientras que por las tardes colaboraba en la oficina de Juan Batanero y Ramiro Rodríguez-Borlado, que estaba especializada en estructuras metálicas.

De esa doble experiencia surgió su interés por combinar ambos materiales, haciendo que el trabajo conjunto de ambos proporcionara un resultado superior al de cada uno de ellos por separado. Para ello, se apoyó en el libro del profesor austriaco Konrad Sattler, lo que le llevó a aprender alemán a fin de poder leerlo y traducirlo.

A partir de ahí, al combinar estos conocimientos con la aplicación del método de los estados límite para verificar la seguridad de las estructuras aprovechando el comportamiento elastoplástico de los materiales, publicó en 1966 la primera obra sobre estructuras mixtas en una lengua latina y más adelante, en 1978, junto con Jesús Ortiz, su obra Construcción Mixta. Hormigón y Acero libro con el que generaciones de ingenieros hemos aprendido a proyectar estructuras mixtas.

Entre ambos libros Julio empieza a poner en práctica sus investigaciones en el campo de los puentes junto con José Antonio Fernández Ordóñez, tal como bien ha expuesto ya Paco Millanes; en el ámbito de la edificación, lo hace de la mano del arquitecto Jesús Martitegui.

Puentes

Dentro del ámbito de los puentes, Julio Martínez Calzón fue un ingeniero prolífico, no tanto por el número de puentes que proyectó y construyó que, siendo bastantes, no fueron muchísimos, sino por las novedades que introdujo en muchos de ellos. Destacan, entre otras:

  • primer puente mixto español moderno, el puente de Juan Bravo, en 1968, sobre el que magistralmente nos ha ilustrado Jorge Bernabéu; en esta obra se introdujo simultáneamente el hormigón blanco de carácter resistente, el acero autopatinable tipo corten en un cajón metálico y un pretensado preconexión en la losa del tablero;
  • primera aplicación en el mundo de la «doble acción mixta» en un puente, en concreto, en el de la ría de Ciérvana, en 1978. Una doble acción mixta que ahora están desarrollando los franceses y que los ingleses acaban de descubrir para su infraestructura de alta velocidad;
  • récord mundial de luz para un puente mixto, en el puente del Milenario en Tortosa, con 180 m, en 1987;
  • primer puente con pretensado externo en España, el que atraviesa el antiguo cauce del Turia en Valencia, en 1989;
  • primer uso del cobre como recubrimiento de un puente, en el puente del Arenal, en 1991;
  • primer uso de sistemas de «cajón estricto mixto», en los pasos de Vilobí d’Onyar y La Roca, en 1993;
  • primera utilización de acero inoxidable con carácter estructural en un puente, en concreto, en el del Polígono de Granadilla, en 1996;
  • invención del sistema ábaco para el lanzamiento de cajones metálicos de puentes mixtos, en el puente sobre la ría de Santa Lucía, en 1998.

Una buena parte de estos puentes los proyectó junto con José Antonio Fernández-Ordoñez, inaugurando en España una forma nueva y moderna de proyectar puentes.

Pero la innovación en los puentes de Julio no se limita a todas las novedades técnicas que introdujo, sino que comprende además las variaciones en las mismas, que su desbordante creatividad técnica fue introduciendo en los puentes siguientes; así, cada nueva obra era diferente a la anterior y suponía un avance con respecto a las que la precedían.

Por ejemplo, en relación con el método ábaco, en el nonato puente de Contreras, el ábaco es una celosía metálica; en el puente de Santa Lucía el mismo ábaco pasa a ser un capitel de hormigón pretensado, y en el puente sobre el estrecho de Paredes, el ábaco se transforma en un cajón estricto mixto, generando una variada familia de soluciones tipológicas.

Edificación

En el ámbito de las estructuras de edificación, la obra de Julio Martínez Calzón se centró en principio en la aplicación intensiva de soluciones mixtas en edificios, generalmente con procesos de ejecución complejos, de tipo ascendente descendente. En esta línea realizó las estructuras del edificio del Banco Industrial de Cataluña (ahora, Edificio Planeta) y del edificio Publicinema, ambos para los arquitectos Fargas y Tous, en Barcelona.

Aunque la mayor parte de los puentes que realizó en su carrera profesional fueron mixtos, en el ámbito de la edificación muy pronto la experiencia de Julio con grandes estructuras de puentes, junto con su formación en los diferentes materiales, le llevó a ser uno de los primeros ingenieros españoles en abarcar cualquier tipología estructural aplicada a la edificación: hormigón armado, hormigón pretensado, acero, estructura mixta, o estructuras híbridas, o una combinación de las anteriores, y siempre con una componente fundamental de innovación, lo que le llevó a ser requerido por los más prestigiosos arquitectos para llevar a cabo sus proyectos.

De arriba abajo, Portada del estudio sobre la nave de ensayos mecánicos del Instituto Eduardo Torroja. Portada del libro Construcción mixta, escrito junto a Jesús Ortiz.

Así, realizó, entre otros:

  • para Juan Navarro Baldeweg: el museo hidráulico de los molinos del río Segura, el Palacio de Congresos de Salamanca, el museo de las cuevas de Altamira, los Teatros del Canal;
  • para Rafael Moneo: el edificio para las nuevas consejerías del Gobierno de Cantabria;
  • para Arata Isozaki: el Palau Sant Jordi, la Casa del Hombre, o el pabellón de Palafolls;
  • para Cruz y Ortiz: el estadio de la Comunidad de Madrid, inicialmente conocido como la Peineta, y posteriormente, tras su ampliación, como estadio Metropolitano;
  • para Norman Foster junto con Manuel Julia: la Torre de Collserola;
  • para Benedetta Tagliabue: la nueva sede de Gas Natural y el Pabellón de España para la Expo de Shanghái.; y
  • en el ámbito de los edificios en altura: las torres Espacio (ahora Emperador), Sacyr (ahora PwC), Zero Zero y la Torre del Agua.

En todas sus colaboraciones con arquitectos, Julio ponía a su disposición su sólido dominio del fenómeno resistente y su creatividad técnica, pero también el más absoluto respeto al carácter privilegiado y decisivo que el arquitecto tiene en el ámbito de la creación de su edificio.

En edificación, Julio consideraba que el ingeniero debía ser un intérprete preciso y exacto de su parte en la orquesta, cuyo director y compositor era el arquitecto; ahí, el ingeniero, junto con otros técnicos, debía lograr una interpretación fiel y ajustada en tempo, afinación y ritmo.

Megaestructuras y procesos autogenerativos

Dentro de su obra hay dos conceptos que aplica sistemáticamente y de manera magistral: el concepto de «megaestructura» y el de «proceso constructivo autogenerativo».

Una megaestructura es aquella que utiliza toda la dimensión volumétrica de la que dispone un edificio para generar un esquema resistente a gran escala que responde con las máximas dimensiones posibles a las acciones a las que se ve sometida y, por lo tanto, de una manera óptima.

Son ejemplos paradigmáticos del concepto de megaestructura los Teatros del Canal; en ellos, las cajas escénicas se convierten en grandes cajones estructurales que permiten proyectar hacia el exterior unos formidables voladizos que liberan la parte baja del edificio para el acceso diáfano de los usuarios.

O la sede de la empresa Orona, en la cual, una estructura de celosía asociada a las fachadas del edificio permite generar unas dimensiones adecuadas para elevarlo por encima de la planta de acceso con una distancia entre apoyos cercana a los 100 m.

El otro concepto fundamental para entender la obra de Julio es el de los procesos constructivos autogenerativos, un concepto intrínseco de manera esencial a las estructuras mixtas , y que se extiende de forma general a cualquier estructura singular o de grandes dimensiones.

De arriba abajo, Julio, con su equipo durante una visita de obra. Julio, rodeado de amigos durante una celebración

Un proceso constructivo autogenerativo consiste básicamente en ejecutar una estructura de forma secuencial sobre la base de subestructuras menores que se construyen de una manera sencilla y se desplazan hasta su posición definitiva apoyándose en la estructura ya construida con medios auxiliares muy reducidos; esto da lugar a un crecimiento cuasiorgánico de la propia estructura.

Son ejemplos de esta manera de afrontar la ejecución de las obras, por ejemplo, el Palacio de Congresos de Salamanca, con su cúpula de hormigón construida en el suelo e izada hasta su posición definitiva, o el proceso de ejecución de la torre de Collserola, o el de la torre de Valencia, de Santiago Calatrava, una aguja de casi 400 m de altura, de la cual solo se llegaron a construir las cimentaciones.

Premios

Por todas estas obras innovadoras, Julio Martínez Calzón recibió múltiples premios a lo largo de su carrera, pero también, y quizás los más importantes, por el conjunto de su obra y por su dedicación a la ingeniería.

En 1992 nuestro Colegio le concedió la Medalla al Mérito Profesional y, en 2014, la Demarcación de Madrid, el premio al Ingeniero de Caminos Destacado.

Que un colectivo profesional reconozca a sus figuras más relevantes entra dentro de lo normal, pero cuando el reconocimiento viene de otros colectivos, a veces, innecesariamente alejados del nuestro, nos permite hacernos una idea de la grandeza del galardonando.

Así, en el año 2017, el Colegio de Arquitectos de Madrid nombró a Julio Martínez Calzón Colegiado de Honor, distinción que se otorga a personas que, sin ser arquitectos, han llevado a cabo destacables servicios en favor de la cultura arquitectónica y de la profesión de arquitecto. No lo he conseguido documentar, pero, si no me falla la memoria, creo que una circunstancia así solamente se había dado antes en la persona de Eduardo Torroja.

Finalmente, como colofón a su carrera, en el año 2017 se le otorgó el Premio Nacional de Ingeniería. Así decía el fallo del jurado «en reconocimiento a su dilatada y fructífera trayectoria profesional, en la que ha combinado muy diferentes facetas de la profesión de ingeniero dentro y fuera de España; labor que ha conjugado con su profunda preocupación estética y la conexión con el mundo de las artes en sus múltiples expresiones».

Carácter

Julio tenía una forma particular de afrontar los problemas ingenieriles que caracterizaron su actividad y que se pueden resumir de la siguiente manera:

  • pasión por el trabajo y por el trabajo bien hecho, la excelencia;
  • rigor en el análisis, en el dibujo de los proyectos, pero también en la forma de plantear y afrontar los problemas;
  • creatividad a la hora de resolver las dificultades planteadas; y
  • valentía: para innovar, para asumir riesgos y entrar en terrenos poco explorados de la ingeniería. No desde la temeridad, sino desde el conocimiento y el dominio de la técnica.

Además de todas las anteriores, quizá su cualidad más importante era la generosidad.

El entonces ministro de Fomento, Íñigo de la Serna, entregando el Premio Nacional de Ingeniería a Julio.

Julio era una persona generosa pródiga y en sus conocimientos a la vez que humilde a la hora de transmitirlos y compartirlos.

Aún recuerdo el día que, en su clase de Estructuras Mixtas del sexto curso de la Escuela, nos expuso el puente sobre la ría de Ciervana, en el Puerto de Bilbao, diciéndonos que fue «el primer puente del mundo en el que se había utilizado la doble acción mixta», para continuar tras un breve silencio, con una mezcla de orgullo y humildad: «lo cual no quiere decir nada, solo que fue el primer uso de la doble acción mixta en el mundo».

En el estudio nunca escatimaba ni un minuto para resolver alguna estructura que se nos podía haber atragantado y con la que acudíamos a su despacho en busca de consejo; al cabo de un buen rato de análisis riguroso y discusión dialéctica, solíamos salir de ahí no con una, sino con dos, tres, o más soluciones al problema que llevábamos entre manos. Solamente en algunas ocasiones, tras cierto tiempo de discusión, Julio aplazaba la resolución del problema a la mañana siguiente para poder llegar a tiempo a alguna ópera del Teatro Real.

Fuera del ámbito técnico, su generosidad se combinaba con su conocimiento enciclopédico de casi todo, dando lugar a sobremesas memorables. Seguro que Carlos Castañón recuerda aquella en un restaurante de Córdoba tras la prueba de carga del puente de Miraflores en la que Julio, tras explicar pormenorizadamente todo el ceremonial que acompaña al festival de Bayreuth, empezó a contar la historia del anillo del Nibelungo, la tetralogía wagneriana. Creo que no habíamos llegado a Sigfrido cuando el representante del contratista de la obra empezó a pedir copas, pues, mientras Julio hablaba, no se avanzaba con la firma de los planos, que tenía que ser manuscrita y que debía servir para la liquidación de la obra.

La generosidad de Julio nos permitió también disfrutar de algunos viajes que, con la disculpa de ver alguna obra lejana, nos permitían conocer nuevos países y culturas. Es el caso de los que organizó a Hong Kong en 1998, a Sudamérica en 2004 o el último a China, su admirada China, en 2009, que tanto agradecimos.

Para concluir, cito los versos de Dylan Thomas con los que Julio finalizaba el prólogo de la parte de puentes de su libro Puentes, estructuras, actitudes: «La pelota que arrojé al cielo siendo niño aún no ha llegado al suelo».

Hoy los que admiramos su figura tenemos el privilegio de heredar su obra y la obligación de que esa pelota no caiga nunca al suelo.

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