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Extraordinario | Julio Martínez Calzón

Un universo de poemas

La dimensión poética de Julio Martínez Calzón

César Lanza Suárez

Ingeniero de caminos, canales y puertos. Historiador del arte.

Para mí es evidente que la elevada calidad de Julio como persona fue la base necesaria para su transcendental actitud hacia las humanidades, que él cultivó y disfrutó de modo tan intenso como vocacional a lo largo de la vida, sin el menor atisbo de impostación y, desde luego, con una solvente fluidez. Otros allegados glosan en este mismo número de la Revista de Obras Públicas su paso por el mundo, fecundo en manifestaciones de lo más diversas: las de la creación técnica —una misión necesaria del ingeniero en la que sobresalió—; su muy instruida y trabajada afición a la pintura; su gusto intelectual por el pensamiento filosófico; y las demás caras de esa especie de cuerpo platónico que encarnaba el alma inquieta de Julio Martínez Calzón. Me corresponde a mí atreverme, en unas líneas, con la elegía del amigo que se nos ha ido tratando de aproximarme a su lado poético, una faceta, sin duda, íntima, pero que él no puso reparos en mostrar a otros entre los cuales tuve la fortuna de encontrarme.

Desde que conocí a Julio Martínez Calzón me llamó la atención una cualidad suya que no he hallado en casi ninguno de los muchos y competentes ingenieros de caminos tratados en mis años de profesión. Nuestro ilustre finado tenía una desenvoltura admirable para abrir a terceras personas las puertas del reducto que normalmente se reserva a los sentimientos propios, el sancta santorum donde en determinado tipo de espíritus aflora la expresión de lo más sensible en forma de poesía.

En la tercera parte de su libro Puentes, estructuras, actitudes, que publicó la editorial Turner en el año 2006, Julio exponía de manera inusualmente accesible el lado poético de su genio leonardesco con una bella colección de himnos: «En la silente hora del brezo –Canto a la creación». Venía acompañada de dibujos llamativos, de su propia mano, así como de otros pensamientos poéticos y filosóficos que podríamos interpretar como una explicación pública y emocionada de su forma de estar en el mundo, de vivir y de sentir. Sin que él considerase que esa parte del ser fuese algo independiente de sus trabajos técnicos como ingeniero, sino una particularidad de ellos. En sus propias palabras, «los aspectos particulares de un trabajo especializado, cuando se pretende que respondan a planteamientos complejos, requieren una poderosa armonía y contacto con el corpus técnico de tal especialización y las líneas conceptuales, estéticas y formales que se relacionan con él». Ahí precisamente residió su sentimiento personal de la poesía como una corriente que mana de las experiencias, ideas y proyectos del ingeniero creador. Un signo elocuente de su cosmovisión personal, se podría apostillar.

Quienes sentimos gusto por el género conocemos lo que Carlos Bousoño denominaba «los cuatro momentos de toda descarga poética» y cómo las palabras, en este caso, retienen más que conceptos. Ese «algo más» —sentimientos, voliciones o impresiones sensoriales, entre otras cosas— es lo que poetiza la expresión. El lenguaje con que habla la ingeniería es, por el contrario, gélido, conciso y abstracto, con una extrema atención a lo preciso e inequívoco. En otras palabras, está despojado absolutamente de adornos y sustituciones sintácticas, unas señales del estado anímico tenidas por impropias a tenor de lo habitual en el oficio.

La poesía de Julio Martínez Calzón aparece en el mundo de los ingenieros como algo sugerente; la palabra noble, mas no hinchada, del hombre que va más allá de su saber técnico para alabar la naturalidad de la belleza. Fue su manera elevada de entender la ingeniería como arte, porque la regla ni contradice ni excluye la capacidad de sentir o ilusionarse con lo que uno se trae entre manos. No me cabe duda de que la obra de Julio se halla atravesada por una palpable emoción artística, que él veía consecuencia de «prescindir», esto es, de liberarse de ingentes ligaduras y de quedar en libertad. Prescindir era, para él, «una postura de inteligencia y esta debe surgir empleando aquella». Prescindir para descargar el placer estético, la alegría.

Portada del libro ‘Poemas cruzados’.

En efecto, la poesía de Julio Martínez Calzón era muy alegre dentro de su dicción solemne y trasfondo reflexivo, porque ensalzaba de forma contenida pero intensa la felicidad que le producía la existencia. Conservo un poemario suyo —inédito para el público pero repartido entre sus amigos— que escribió en los meses de agosto de 2008 y 2010 con el título Árboles. Seis cantos a su efigie. En esa ocasión aplicó su ars poetica a la admiración de esos seres orgánicos que la naturaleza ha dispuesto en beneficio y para solaz del hombre. Árboles que interpelaron al autor con su sentida presencia en el paisaje cultural, siempre enigmática en el plano subconsciente de lo emotivo.

En la introducción de aquel bello libro del año 2006, mencionado al inicio de esta nota necrológica, se reproduce un verso del deslumbrante poeta galés Dylan Thomas, que Julio eligió de forma expresa como alegoría de su actitud ante la vida, de su ánimo vivo y afanoso que parecía encontrarse siempre en tránsito y nunca detenido:

La pelota que arrojé al cielo siendo niño

aún no ha llegado al suelo.

Que así mismo suceda con la felicidad que nos deja el recuerdo de su persona y su admirable legado.

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