[pms-logout text="Bienvenido, {{meta_user_name}}" link_text="Salir"]
[pms-logout text="Bienvenido, {{meta_user_name}}" link_text="Salir"]

Monográfico | Agustín de Betancourt

¿Pueden existir hoy otros Betancourt?

Juan Carlos Bravo Recio

Fundador de Foraim Management.

Busto erigido a Agustín de Betancourt, frente al antiguo Instituto de Vías de Comunicación, hoy Universidad de Vías de Comunicación de San Petersburgo, de Alejandro I en la ciudad de San Petersburgo y frente al canal Fontanka. En las mismas dependencias se encontraba el Ministerio de Transportes y la residencia de Don Agustín hasta 1820.

Cuando desde el Colegio de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos me plantean colaborar en este número especial de la Revista de Obras Públicas sobre Agustín de Betancourt descubro que no conocía prácticamente nada de este ingeniero más allá de las referencias habituales al fundador de la Escuela en Madrid y su última estancia vital en Rusia. ¿Quién era, en lo personal, Agustín de Betancourt? ¿Cómo era la época que vivió, cuando los ingenieros de caminos todavía no existían? ¿Cómo contestar a estas preguntas, a este reto? ¿Quiénes son los o las Betancourts de hoy en día? ¿Existen?

¿Cómo se definía Betancourt a sí mismo? «El resultado es no tener que arrepentirme de ningún paso de los que he dado en mi vida para procurar el bienestar de mi familia, sin faltar en cuanto prescribe el honor y el patriotismo. En el día me veo sin tener que apetecer ni por honores ni por consideración, ni aun por intereses, pues como no soy ambicioso me encuentro feliz con lo que tengo y, si Dios me da algunos años de vida más, todos los individuos de mi familia podrán quedar bien acomodados».

Ya vemos que independientemente de haber nacido en un ambiente de «élite social-militar» en el Puerto de la Cruz, Tenerife, el 1 de febrero de 1758, su talante era sencillo. Persona de carácter cordial, Betancourt es al mismo tiempo directo y franco, en contraste con la hipocresía de los cortesanos aduladores que solo buscaban pensiones y cargos. En muchas ocasiones manifestó su desprecio por ellos, a los que achacaba el secular retraso de la sociedad española. Betancourt se asombra de sus progresos sociales cuando dice en una de sus cartas: «Yo creía que solo los aduladores tenían partido en la Corte; pero creo que vale más hablar claro y obrar bien […]». Su franqueza y caballerosidad le acarrearían problemas en España y Rusia, pero jamás abdicaría de sus convicciones personales.

Sin duda, alguien reconocido en el mundo europeo ingenieril y técnico de la época hasta su fallecimiento el 14 de julio de 1824, con 66 años, en San Petersburgo, nos pone en una situación difícil para definir qué personas hoy podrían responder a ese perfil. Quizás debemos comenzar por una característica innata: Betancourt no conocía fronteras. Desde muy joven se plantea que España es pequeña. Tras llegar a Madrid en 1778 se marcha a París en 1784. Tenía que aprender, curiosear, intercambiar conocimientos y anhelos con otras personas, otros creadores. Aquí asoma otra característica propia de Agustín de Betancourt, su curiosidad, que le había llevado ya a inventar telares cuando residía en Tenerife. Consciente de que necesita profundizar en sus conocimientos llega a la L’École des Ponts et Chaussées en París. Muy pronto el joven tinerfeño cae en la cuenta de que había llegado a otro mundo: aquellos personajes hablaban apasionadamente, con fervor casi religioso, de las nuevas máquinas. En concreto, Monge, fundador de la Geometría Descriptiva, insistía en la necesidad de mecanizar el trabajo, consciente de la notable ventaja británica sobre el resto de los países, Francia incluida. Como es sabido, la aplicación masiva de las máquinas al proceso productivo trajo consigo la primera Revolución Industrial.

Betancourt supo introducirse en los acontecimientos estelares que marcaron el desarrollo de Europa

Aquí me detengo en otra cuestión fundamental. Betancourt buscaba, deseaba, entender el mundo en qué vivía y cómo lo podía hacer más productivo y más humano. No existían entonces las palabras sostenible, resiliente… aunque sí parecía obligado que el conocimiento trajera mejoras en la vida de las personas. Consideremos que todavía no hemos llegado al Betancourt ligado a las infraestructuras. De hecho, aunque Betancourt llegó a Francia becado por la Corona para estudiar minería, poseía el don del polifacetismo creador y, en consecuencia, no se circunscribía a un único campo de trabajo. Esta versatilidad fue siempre su característica más acusada y explica el amplio espectro de sus descubrimientos. En esa época redacta con Louis Proust –el famoso químico francés que descubrió la ley de las proporciones definidas– una memoria sobre el blanqueo de la seda, asunto sobre el que había experimentado artesanalmente en su etapa tinerfeña. Constatamos de nuevo su capacidad de relacionarse con el talento de la época, la época de la Revolución Industrial. En 1788 viaja a Inglaterra y se entrevista en Birmingham con Watt y su socio financiero Boulton, que se negaron cortésmente a comentar las características de la máquina de vapor. De regreso a Londres, en el puente de Blackfriars observa una máquina de Watt en pleno funcionamiento. Analiza sus características externas y dibuja un esquema pensando en el doble efecto del vapor por ambos lados del pistón. A su regreso a Francia, con solo haber visto funcionar la máquina, consigue diseñar un prototipo a fin de construir la primera máquina de vapor de doble efecto en el continente, comercializada rápidamente por los hermanos Perier ante el desconcierto del consorcio Watt-Boulton.

Otra característica de Betancourt fue que supo introducirse en los acontecimientos estelares que marcaron el desarrollo de Europa. Coincide en Francia con los sucesos revolucionarios franceses, pero repudia la inacción y el oscurantismo imperante en España, y a tal respecto se expresa con claridad y firmeza. En 1793, residente aún en Inglaterra y después de glosar su idílica vida familiar en Inglaterra con expresiones como «veo crecer a mis dos hijas igual que un jardinero ve crecer los árboles que ha plantado» dice: «Si alguna idea puede turbar mi descanso, es imaginar que algún día me vea obligado a regresar a España; hago todos los esfuerzos para que ello jamás suceda, o al menos para retrasar mi partida tanto como me sea posible». El presente, el futuro, trascendían España.

Revolución Industrial, Revolución Francesa… ¿En qué revoluciones está comprometido el mundo hoy? La inmigración, el cambio climático, la inteligencia artificial, la financiarización de la economía, las guerras de poder… Con seguridad un Agustín de Betancourt actual se hubiera aproximado a alguna de estas disciplinas desde una perspectiva práctica y ejecutiva, no económica. Agustín de Betancourt se demostró como un mal empresario. Se lee: «Durante 1799 y la mitad de 1800 la influencia de Betancourt es considerable. Este, como siempre, no se dedica a un solo trabajo y, posiblemente acuciado por la necesidad de dinero, prueba a convertirse en empresario y adquiere de la Corona una fábrica de algodón en Ávila». Inyecta mucho dinero en modernizarla con la intención de explotar comercialmente las máquinas textiles de su invención. En 1801 a pesar del desembolso para su modernización, los resultados económicos son malos y Betancourt se ve imposibilitado de pagar los plazos anuales convenidos con la Corona. La deuda es cuantiosa y, por si fuera poco, debe reintegrar al Tesoro el dinero sobrante de la línea telegráfica interrumpida. Acuciado por las deudas, escribe a su amigo Breguet autorizándolo para vender algunas propiedades en Francia, y acepta el cargo de inspector general de Caminos y Canales. Ya tiene 43 años, una edad avanzada para la época, y su futuro económico es incierto. Es en ese momento cuando desarrolla su mayor actividad dentro de la obra pública. Betancourt emprende continuos viajes por la Península, a veces agotadores. Se ocupa en rehacer obras hidráulicas semiabandonadas o en mal estado como el Canal de Castilla; inspecciona vías de comunicación y proyecta nuevas obras. Una memoria titulada Noticia del estado actual de los caminos y canales de España, causa de sus atrasos y defectos, y medios de remediarlos en adelante da pormenorizada cuenta de su labor en estos años. Un desgraciado accidente en Lorca —la rotura de una presa que ocasiona la muertede más de 600 personas— provoca la destitución de su constructor y Betancourt es designado para arreglar la presa, labor que le llevará mucho tiempo y que, al final, delegará en su brillante discípulo Rafael Bauzá, el cual más tarde lo acompañará a Rusia y también fallecerá allí.

Puente de Blackfriars, 1766. Edward Rooker (1724-1774)

Betancourt fue un inspirador de la docencia, pero no un docente. Con motivo del desastre de Lorca, propone tecnificar todas las obras públicas. Ello solo era posible en el marco de una entidad estatal, la tan ansiada Escuela de Caminos que, por fin, tras diez años de espera, nace en octubre de 1802, y Agustín de Betancourt es designado como su director. Busca entonces a los mejores profesores: reclama a Lanz, por entonces en París, como profesor de Matemáticas. La relación con Joseph Lanz fue especialmente fructífera, pues durante el magisterio del matemático mexicano, de 1802 a 1805, ambos redactaron gran parte del Ensayo sobre la composición de las máquinas, una obra pionera en su género. Se escribió en francés, probablemente porque su edición en Francia iba a ser más rápida y fácil que en España, donde funcionaba la censura inquisitorial incluso para los libros de ciencias.

La monumental obra se publicó por primera vez en París en 1808, cuando Betancourt ya residía en Rusia. Traducida rápidamente al inglés y al alemán, figuró durante medio siglo entre los libros de texto de las Escuelas de ingeniería europeas. Aquí otra reflexión: aunque Agustín de Betancourt funda la Escuela, él no era un docente al uso. En 1804 se titula la primera promoción de la Escuela, pero el año siguiente Lanz la abandona por desavenencias con Betancourt, a quien acusa de invadir sus competencias cuando se opone a su propuesta de que, en su ausencia, le sustituyeran Joaquín Monasterio y José Azas. Para él solo hay una persona en Madrid capaz de examinar y graduar a sus discípulos y este es Juan de Peñalver, a quien propone.

En mayo de 1807 Betancourt abandona definitivamente el país en un ambiente enrarecido. «Desde que observé la enemistad que reinaba en España entre el príncipe de Asturias (futuro Fernando VII) y Godoy, supuse que debía haber una revolución en España y que en tal caso era necesario, para no perecer con mi familia, buscar un asilo en un reino extranjero donde ponerla a salvo, y me pareció que la Rusia debía ser el más a propósito». En un país en tales condiciones, las dificultades económicas de Betancourt se agravaron.

Así son las cosas; entonces, como hoy, el talento huía de los países que no le ofrecen estabilidad política, profesional ni familiar. ¿Adónde huye nuestro talento? Si hacemos un seguimiento de nuestros ingenieros de caminos jóvenes, hombres y mujeres destacados académicamente, que ya han pasado de los treinta y que tienen cierta relevancia académica o institucional, quizá sea pronto para determinar si finalmente serán pioneros en diferentes ámbitos de la ciencia o reconocidos a nivel internacional. Pensemos que el reconocimiento que alcanzó Agustín de Betancourt a nivel europeo fue total, que es como decir mundial para esa época.

Podemos leer de las nuevas actividades de diversificación de los ingenieros de caminos cosas como «caracterización mecánica de estructuras multicelulares en presencia de grandes fuerzas», «modelo computacional para el tratamiento del cáncer y su tratamiento», etc. Por supuesto existe un número importante de ingenieros que profundizan en conocimientos de actividades más próximas a la ingeniería civil, como la movilidad inteligente, los fenómenos climáticos extraordinarios, las estructuras complejas, y que emigran para recibir enseñanzas en las aulas del Imperial College, la Politécnica de Lausana, la Universidad de Delft, etc. En gestión económica y empresarial, se forman en el MBA del HEC Paris, están en la MIT Sloan, Columbia, Harvard, etc. Algunos llegan a ser profesores titulares en universidades europeas o americanas, pero no podemos decir que se dé el reconocimiento universal como creador y pionero que tuvo Agustín de Betancourt. Vivimos otra época tecnológica, muy ligada a la especialización. Un reconocimiento transversal internacional solo puede venir desde una actividad social o política. No es el caso de los ingenieros e ingenieras de caminos jóvenes en la actualidad. Esperemos que alguien llegue.

Pero volvamos a la emigración definitiva de Betancourt. En mayo de 1807, abandona definitivamente el país en un ambiente enrarecido. Profundamente conmovido por los trágicos sucesos madrileños del 2 y 3 de mayo, reanuda la negociación con Alejandro I a través de la embajada rusa en París. El acuerdo se cierra en septiembre de 1808 en la ciudad alemana de Erfurt, coincidiendo con el encuentro entre Napoleón y Alejandro I. En la entrevista entre Betancourt y el zar, el primero se compromete a trabajar en Rusia e ingresa en el ejército de aquel país con el grado de mayor general. Parece ser que ganaba 20 000 rublos anuales. Según una de sus biógrafas, Olga Egorova, la suma equivale hoy en día a la escalofriante cifra de 6 millones de dólares. No entro en la bondad de la cifra, pero sí en el fondo. Con 50 años Agustín de Betancourt se va a Rusia para mantener un equilibrio familiar y personal de su economía. Tristemente esta realidad se produce hoy.

Essai sur la composition des machines et méchanismes (1808), unánimemente reconocido como el primer tratado moderno de máquinas.

Aunque Agustín de Betancourt viajó desde muy joven por mero interés científico y técnico, entendía que hay que rodearse de lo mejor para ser mejor. La realidad es que con 50 años se fue a un país, Rusia, con escaso nivel científico y técnico en aquel momento, y con mucho por hacer a nivel de infraestructuras. Es difícil encontrar una comparación en España. Puede haber mucho por construir en África o la India, pero desde luego no nos ofrecerán esos salarios. Solo llegando a puestos de máximo nivel en banca de inversión internacional, o siendo fundadores de un hedge fund, o convirtiéndonos en empresarios, podríamos aspirar a esas cifras económicas. La ingeniería civil como tal no desempeña hoy el liderazgo del conocimiento tecnológico al máximo nivel. Otra cosa serán las habilidades intelectuales de que nos puedan dotar las Escuelas de Ingeniería de Caminos.

Sin embargo, tampoco el tema económico marca los liderazgos, aunque es una llamada de atención social. Perderemos liderazgo en un país que no sepa mantener las mentalidades pioneras, creativas, lúcidas… Las guerras, la política, la Revolución Industrial, como vemos en la Europa de esa época, fueron absolutamente relevantes en el desarrollo de la vida de Betancourt.

Hoy la inteligencia artificial, los nanomateriales, el universo cuántico serían las puntas de lanza de la ciencia. Ahí debe de estar el nuevo Betancourt, curioso y creativo. El Betancourt aventurero de las infraestructuras, probablemente más que en el diseño de las mismas, deberá estar en el mundo de la gestión de las infraestructuras al servicio público. Allí es donde de verdad es posible ser pionero en el desarrollo social y económico de la sociedad de un país que lógicamente no será ni España, ni ningún país europeo. La Rusia de 1808 hoy está en África.

En realidad, Agustín de Betancourt no fue reconocido en la España que le tocó vivir. Se lee en las memorias de Godoy: «Betancourt y Bauzá fueron buscados para adornar la Rusia, tal como en las ruinas de una gran ciudad derruida por los bárbaros se entresacan después por los amantes de las artes las estatuas mutiladas y caídas». En Rusia su final tampoco fue dichoso. El zar le aceptó la dimisión de todos sus cargos el 4 de febrero de 1824. Retirado en una modesta vivienda ubicada en un barrio humilde de San Petersburgo, Betancourt muere el 14 de julio de 1824, con 66 años, en dicha ciudad.

Exigente consigo mismo, su dedicación al trabajo y al bienestar general de los pueblos acabaron acelerando su final. Escribió al zar cuando, por sus viajes, tenía una idea de lo que era Rusia: «Todo está por hacer y el éxito vendrá solo si se llevan a cabo obras importantes. El único obstáculo a esta empresa son las escasas asignaciones a las obras públicas; de ello estoy más convencido que nunca.». El informe no agradó al zar. El «todo está por hacer» debió de sonarle como una bofetada a su megalomanía, al deseo de convertir San Petersburgo en la capital más hermosa del mundo olvidándose de la Rusia campesina, de los mujiks esclavizados sin redención posible. En efecto, había que ser pionero y valiente para escribir eso. Sin duda, hoy también. Betancourt se habría convertido en un ídolo caído. Ya lo sospechaba: la conspiración para desposeerlo de sus cargos estaba en marcha con la aquiescencia del zar, quien hipócritamente lo mantuvo nominalmente en sus cargos durante dos años más, los más penosos de su vida.

Todo esto nos suena y nos acerca a nuestra realidad actual. Cómo progresa la sociedad, cómo progresan las personas. Quién se convierte en líder. Pionero y líder. No parecen lo mismo.

Entretanto, esperaremos a ese nuevo Betancourt «universal».

Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.