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La Clave | Ingeniería y cooperación al desarrollo
No podemos escoger la época que nos toca vivir, pero sí cómo respondemos
Franc Cortada Hindersin
Director general de Oxfam Intermón.
La primera vez que me enfrenté a una obra civil fue en los Balcanes. Corría 1996 y apenas hacía 4 meses que se habían firmado los acuerdos de paz de Dayton. Un conflicto desgarrador: más de 130 000 personas perdieron la vida, y dos millones y medio tuvieron que abandonar sus casas, huyendo de la persecución y de la violencia. Me encontré con campos sembrados de minas, ciudades arrasadas, casas abandonadas, y el grueso de las infraestructuras dañadas e inservibles. Fueron meses rehabilitando y reparando alcantarillados y sistemas de agua potable, esenciales para la población.
Después vino Argentina, Senegal, Gambia, El Salvador, el Tsunami del Índico de 2004 y los momentos más duros del conflicto en Irak, con bombardeos masivos en Mosul mientras acompañábamos la salida de miles de personas que huían sin nada y dejando atrás bajo los escombros los cadáveres de sus familiares. En un abrir y cerrar de ojos, han pasado ya 29 años desde ese primer día.
Cuando hablamos de ingeniería, a muchos de nosotros la mente se nos va rápidamente a grandes obras, obras asombrosas, tecnológicamente complejas y desafiantes, como la ampliación del canal de Panamá, el puente de Danyang-Kunshan, la línea 9 del metro de Barcelona, o en el parque eólico Hornsea 2 en la costa británica. Grandes obras de altísimo impacto social.
Sin embargo, a lo largo de mis casi 30 años de profesión he visto el impacto transformador que puede tener la puesta en marcha algo tan sencillo como un sistema de regadío en medio de las zonas más áridas de Somalilandia, proporcionar energía en una comunidad rural en Alta Verapaz (Guatemala), o de construir una planta desalinizadora alimentada con energía solar y eólica en la costa oeste de Yemen, dando acceso así a agua potable a comunidades que, si no, la obtienen directamente del mar o de pozos profundos de los que sacan agua salada. Sentir el peso de la responsabilidad que implica asegurar a diario, en medio de bombardeos, agua potable para casi 300 000 personas en Ucrania o en Gaza, donde más del 85% de la infraestructura de la red de agua, desalinizadoras y pozos, está destruida o dañada, y donde el bloqueo deliberado a la entrada del combustible por parte del Gobierno de Israel imposibilita el funcionamiento de las bombas de los pozos (1).
Los ejemplos se multiplican. En Nepal, durante los últimos tres años, hemos asegurado acceso a agua potable para miles de personas en comunidades rurales. En Etiopía occidental, cerca de 400 000 personas de Sudán del Sur —en su mayoría, mujeres y niños pequeños (87%)— han buscado refugio en los siete campos de refugiados de Gambella. Huyeron de sus hogares debido al conflicto, las sequías y las inundaciones. Allí hemos instalado un sistema de agua alimentado por energía solar, una instalación que literalmente salva vidas.
A menudo, en situaciones de emergencia, los sistemas de suministro de agua y saneamiento de los que dependen las comunidades resultan dañados o se sobrecargan. Además, las personas están con frecuencia traumatizadas, hambrientas, deshidratadas y exhaustas por lo que son más vulnerables a contraer enfermedades como la diarrea o el cólera. El tiempo siempre juega en nuestra contra: las reparaciones o la ampliación de los sistemas requieren tiempo, un tiempo del que no disponen las personas que los necesitan para sobrevivir.
En estas situaciones, la ingeniería y el ingenio juegan un papel clave. Lo sabemos bien todas las organizaciones que trabajamos en contextos humanitarios, donde el éxito de nuestro trabajo depende en esencia de responder a cuatro grandes principios:
- Rapidez: porque sabemos que una persona puede estar a lo sumo tres días sin beber agua. Ese es el tiempo disponible para hacer un diagnóstico de la situación y poner en marcha una primera respuesta que asegure unos mínimos de agua disponible.
- Escala: porque queremos llegar al máximo de gente en el menor tiempo posible. Necesitamos asegurar agua suficiente para beber, cocinar y garantizar condiciones de salubridad, conscientes de que, en condiciones de hacinamiento, los riesgos de enfermedades se incrementan de forma exponencial.
- Continuidad: porque debemos garantizar la continuidad del servicio. El servicio no puede interrumpirse y es imprescindible anticipar posibles incidencias.
- Idoneidad y sostenibilidad: es clave asegurar que las soluciones están cocreadas con las comunidades, que responden a sus hábitos, necesidades e intereses. Cualquiera de las soluciones que implementemos deberá tener muy en cuenta temas como el mantenimiento, los repuestos, los costes asociados en el corto o medio plazo, o la durabilidad de la solución.
Desde Oxfam Intermón, una parte sustantiva nuestro trabajo se centra justamente en responder a las necesidades más acuciantes de millones de personas que sufren las consecuencias de la violencia armada, los conflictos enquistados, las sequías, las inundaciones o los terremotos en contextos como Siria, Bangladés, Sudán del Sur, Yemen o República Centroafricana.
Un trabajo con el que el año pasado llegamos a más de 15 millones de personas (2). A veces en lugares peligrosos, remotos y en condiciones extremas, que requieren ingenio e innovación constante. Cada día trabajamos con centenares de ingenieros e ingenieras, técnicos y promotores de salud, la gran mayoría de ellos y ellas locales o de la región, y extremadamente bien cualificados. Lo hacemos trabajando codo con codo con autoridades, instituciones, organizaciones locales, organizaciones internacionales y empresas.
En agosto de 2017, tras el estallido de violencia generalizada en el estado de Rakáin en Birmania, casi 750 000 personas —principalmente mujeres y niños— huyeron, en un éxodo masivo, de la persecución militar buscando refugio en Bangladés. Desde entonces, la mayoría de los refugiados rohinyá residen en 33 campamentos agrupados en Cox’s Bazar. Se trata del mayor asentamiento de refugiados del mundo y hoy en día acoge a 943.000 personas.
Dos años después, en 2019, en el campo se diagnosticaron más de 200.000 casos de diarrea aguda, infecciones respiratorias y enfermedades de la piel como la sarna, todo ello relacionado con un saneamiento e higiene deficientes.
Durante siete meses, los ingenieros de Oxfam y la población refugiada rohinyá pusimos en marcha una planta ecológica a escala industrial capaz de procesar hasta 40 metros cúbicos de desechos al día, una cantidad enorme, que se corresponde con los desechos de 150.000 personas, y que equivale a la población de Logroño o Salzburgo. Un sistema especialmente diseñado para el terreno montañoso donde se ubica el campo y para mantener los costes de operación y de mantenimiento lo más bajos posibles. ¿Os imagináis el poder transformador que tiene esta infraestructura para prevenir brotes de enfermedades como el cólera, la fiebre tifoidea, diarreas, y evitar la contaminación de las fuentes de agua locales?
La ingeniería tiene un poder transformador innegable. Ildefons Cerdà lo tenía clarísimo. Él defendía que la ciencia y la tecnología deben ponerse al servicio de la mejora de la vida de las personas. Afirmaba que, en lugar de escribir grandes teorías, lo que había que hacer era contribuir a transformar la sociedad y el espacio donde vivía la gente. Yo lo suscribo.
La ingeniería, desde ese espíritu humanista y transgresor que nos proponía Cerdà, tiene un poder transformador extraordinario para responder a los grandes retos planteados como sociedad.
Pensemos en algunos de los grandes desafíos planetarios que tenemos por delante: la descarbonización de nuestras energías; la adaptación y mitigación frente a los impactos del cambio climático; la urbanización acelerada y el diseño de ciudades más sostenibles e integradoras; la gestión eficiente de nuestros recursos hídricos o de nuestros residuos; la movilidad; o la degradación de los suelos más fértiles, por mencionar solo algunos ejemplos.
En todos y cada uno de ellos, la ingeniería puede aportar soluciones que además sean herramientas cohesionadoras, redistributivas y que contribuyan a asegurar que todas las personas, sin excepción, disfrutemos de los mismos derechos y tengamos garantizada una serie de servicios esenciales.
Y es que hoy, en pleno siglo XXI, mientras debatimos sobre los límites de la IA generativa, el internet de las cosas o los viajes a Marte, más de 2.200 millones de personas no tienen todavía acceso a agua potable. Tres de cada cuatro personas trabajadoras no tienen garantizados derechos tan básicos como la baja médica o el subsidio de desempleo. Más de 3.000 millones de personas no tienen acceso a servicios de salud y más de 800 millones se irán a dormir esta noche hambrientas. Resulta escandaloso que millones de personas sigan pasando hambre en un mundo que produce lo suficiente para alimentar al doble de la población actual. Resulta escandaloso que el 1% más rico de la población acumule más riqueza que todo el 99%, y que la mitad de la población mundial sobreviva con 6,85 dólares diarios (3).
Vivimos una época de desigualdades extremas que atrapan a miles de millones de personas en la pobreza y en la injusticia. Pero estas desigualdades no son inevitables ni son fruto de la fatalidad. Son el resultado de opciones políticas e ideológicas en materia de fiscalidad, educación, derechos laborales, monopolios, propiedad intelectual o de control de la tierra y los recursos naturales. Y ahí reside la buena noticia: tenemos la oportunidad de revertir la tendencia. Darle la vuelta a esta situación es una responsabilidad compartida, pero diferenciada. Los Estados y nuestros gobernantes tienen una responsabilidad ineludible. Pero también las empresas y la sociedad civil podemos y debemos aportar.
Los ingenieros e ingenieras podemos —y debemos— jugar un papel clave desde la mirada de lo colectivo, de la universalidad de los derechos, la sostenibilidad del planeta, la dignidad y autonomía del ser humano y el legado que queremos dejar a las generaciones futuras que nos siguen.
El historiador Howard Zinn decía que «el futuro es una sucesión infinita de presentes, no una gran utopía que está por llegar». Yo creo mucho en eso: en construir cada día, en modelar el presente para escribir un futuro diferente.
Ninguna generación anterior ha contado con los recursos financieros, los conocimientos, la tecnología, los sistemas políticos y las estructuras de gobernanza globales necesarias para poder asegurar una vida digna y próspera para todo el mundo y, a la par, reducir el impacto ambiental de nuestras acciones para que también puedan prosperar las generaciones futuras. Tenemos la oportunidad de ser esa primera generación: ¡Aprovechémosla!
No podemos escoger la época que nos toca vivir, pero sí cómo respondemos ante ella. Y afortunadamente, en nuestra sociedad, hay muchas personas que cada día trabajan con esfuerzo y dedicación para construir un mundo más justo y sostenible. La gran mayoría realiza su labor con discreción, en segundo plano, sin aparecer en los medios, sin esperar una palmada en la espalda: maestros, periodistas, médicos, ingenieras que desarrollan paneles solares más eficientes, investigadores que buscan cómo inducir la inmunidad contra la malaria, agricultores que buscan formas sostenibles de cultivar alimentos en el campo o urbanistas que diseñan ciudades más humanas.
Tenemos un sinfín de oportunidades de construir una vida mejor para todas las personas, de asegurar derechos tan esenciales como el derecho universal al agua, la educación y la salud, de luchar contra el cambio climático generando decenas de millones de puestos de trabajo verdes y bien remunerados. Podemos erradicar la pobreza. Si nos lo proponemos, podemos conseguir todo esto y mucho más.
Notas
1
Oxfam, Water War Crimes. 2024. https://www.oxfamintermon.org/es/nota-de-prensa/israel-utiliza-agua-como-arma-guerra-gaza#
2
Oxfam. Memoria Institucional 2023-2024. 2024. https://www.oxfamintermon.org/es/memoria-institucional-2023-2024
3
Oxfam, Multilateralism in an Era of Global Oligarchy. 2024. https://oxfam.app.box.com/s/zxtr1cmf3c5h9tbjvrkpd8hcsxp1s96m