[pms-logout text="Bienvenido, {{meta_user_name}}" link_text="Salir"]
[pms-logout text="Bienvenido, {{meta_user_name}}" link_text="Salir"]

Experiencias

Cuando la aventura tiene un final feliz

Modest Batlle

Dr. Ingeniero de Caminos, Arquitecto, Catedrático de Proyectos de la ETS de Ingenieros de CCP de Barcelona.

Medalla de Honor del Colegio ICCP.

© Leon Macapagal

La razón de todas las profesiones es un objetivo que, acaso más que un objetivo, podría definirse como un punto de convergencia de sus conocimientos; conocimientos cuyo fin último es generar un servicio o producto de “uso y disfrute” para la sociedad. Pero analicemos los dos términos, el término “uso” y el término “disfrute”.

Podríamos decir que el primero es el primigenio, pero ello no es obstáculo para que el segundo deje de ser también fundamental, porque es el que le da valor añadido, el que es capaz de diferenciar una propuesta de otra y el que le permite a su autor elevarse por encima de los demás, más allá del estricto “uso”; y no solo esto, el “disfrute” es el que es capaz de sacarlo de la rutina y, por qué no, de la vulgaridad.

Con frecuencia muchas veces confundimos el término “uso” con el de funcionalidad, porque, siendo el de funcionalidad mucho más amplio, lo constreñimos y le damos un horizonte limitado ya que, además de “usarlo”, se precisa la existencia de elementos colaterales, muchas veces imprescindibles, como pueden ser el coste, la durabilidad, el medio ambiente, la sostenibilidad, etc., pero sobre todo, uno muy importante: cuál es la percepción física que del artilugio construido tienen no solo sus “usuarios”, sino también los que no lo son pero que, estando en su entorno, son agredidos o pueden “disfrutar” de las formas, de la estética, de los colores e incluso de la historia que transmite el objeto público.

Con todo ello acabaríamos constatando la necesidad de añadir a la funcionalidad estrictamente tecnológica las formas y la estética, para generar lo que podríamos denominar “funcionalidad visual”. En un paréntesis, exploremos, en estas líneas, qué sucede en otras profesiones que están en el entorno del ingeniero de caminos y del ingeniero de la obra pública, como son la arquitectura y la ingeniería industrial en su vertiente del diseño industrial.

Hemos comentado algunas veces que estas tres profesiones son distintas pero tienen fuertes concatenaciones; son como tres árboles con distintas raíces que se afincan en terrenos distintos, pero cuyas ramas, a veces, se entrelazan produciendo frutos de superior calidad, sin dejar su esencia básica.

El enlace, o mejor el “desenlace”, entre arquitectura y obra pública es una temática que no vamos a afrontar. Las tristes consecuencias son que, en lugar de conseguir un producto coherente, muchas veces el arquitecto pide al ingeniero que le ponga el esqueleto, y él pone la piel. Y a la inversa, el ingeniero hace el esqueleto y pide al arquitecto que coloque el revestimiento, “lo bonito”; ejemplos múltiples haylos, pero este es otro tema.

El diseño industrial ha tenido que luchar denodadamente para implantar la funcionalidad visual en sus productos y en su entorno gremial

Volvamos a la funcionalidad visual “como elemento proyectual”: la arquitectura lo tiene muy claro, el elemento fundamental del “uso” es el “disfrute visual”, que forma parte de su ADN y que supera incluso en importancia, a veces, al concepto de uso.  Sin embargo, los arquitectos no han tenido que luchar por ello, desde los libros de Vitruvio y a lo largo de toda su historia, esta necesidad estética y formal les ha venido dada, sin ningún tipo de esfuerzo para introducirla en su colectivo. 

En el diseño industrial, las interacciones con la ingeniería de obras públicas son menos penetrantes y comprometidas, pero acaso más frecuentes y necesarias: el ingeniero de la obra pública adquiere el producto industrial para completar su obra a veces con simples parámetros de coste, cuando puede ser la guinda del pastel de su obra el complemento elegido. El diseño industrial ha tenido que luchar denodadamente para implantar la funcionalidad visual en sus productos y en su entorno gremial. Veamos una breve síntesis: 

Aunque, a partir de los años 30, en toda Europa aparecen indicios de lo que será el diseño industrial: Bauhaus, Alvar Aalto, Gio Ponti, etc., el pistoletazo doctrinal lo lanza Herbert Read en 1934 con su “Art and industry”. En 1951 se inaugura en Londres el Design Council y en 1959 el ICSID, la organización internacional del diseño industrial. 

En España el inicio se produce en 1957, con la creación del Instituto de Diseño en Barcelona (IDIB) que, al no conseguir legalización, fracasa, hasta que, en 1960, se constituye la Agrupación de Diseño Industrial (ADI), que, para evitar problemas administrativos, se agrupa con el Fomento de Artes Decorativas (FAT), constituyendo el ADIFAT y convocando a partir de 1960 los premios Delta, de gran prestigio nacional e internacional; esto le permite integrarse en 1961 en el ICSID y solo hasta 1987 no se convocan, con apoyo del Ministerio de Industria, los Premios Nacionales de Diseño Industrial. 

¿Por qué no puede ser el diseño la marca España de nuestras obras públicas a nivel internacional y vender el diseño como valor añadido al cálculo y al uso? 

Como se ve, la lucha fue dura y compleja, pero también ejemplar. ¿Y qué ha sucedido con los ingenieros de caminos, canales y puertos, la ingeniería de la obra pública? La profesión no es muy dada a escribir y, cuando lo hace, es más desde una perspectiva tecnológica que doctrinal en este ámbito de la proyectualidad de las formas y de la estética. Los esfuerzos se han producido más de forma individual que colectiva. 

Podríamos empezar con Carlos Fernández Casado, con su “arquitectura de la ingeniería” y seguir con Jose Antonio Fernández Ordóñez, Juan José Arenas, Leonardo Fernández Troyano, Manterola, Manzanares y pocos más. Curiosamente todos ellos, hacedores de puentes, todos “pontífices”. Y fuera de este ámbito, Carlos Nárdiz, Miguel Aguiló, Martínez Calzón, Rui-Wamba y algunos más, cuya generosidad me permitirá no haberlos mencionado. 

Colectivamente, los esfuerzos son también muy escasos, pero por ello vale la pena mencionarlos: la colección Ingeniería y Territorio, patrocinada por el Colegio y dirigida por Ramiro Aurín en sus números 7 y 8 de 1988 “El diseño en Ingeniería Civil”, 58 “La plástica de la Ingeniería” y 51 “La forma en la Ingeniería”, entre un centenar de números. 

El año 2006, gracias al esfuerzo y constancia de Santiago Hernández Ibáñez, se realiza en la Universidad de A Coruña el primer congreso “Estética e Ingeniería Civil”, cuyas actas son editadas por Artecnium. Fue un importante aldabonazo que, desgraciadamente, no pudo seguir. En noviembre del 2007, tiene lugar en el Colegio de Caminos de Barcelona, el seminario “Forma y estética de la Obra Pública” con debates dirigidos por Manterola, Aguiló, Nárdiz y Rui-Wamba; fue el primero y único. 

En abril del 2013, se constituye la Agrupación Diseño Obra Pública (ADOP), a la que se adhieren 32 ingenieros de caminos y que en la actualidad cuenta con 49. No tiene personalidad jurídica, ni reglamento,ni cuotas; su único objetivo es poner de manifiesto la importancia que el diseño y la estética tienen en las obras públicas, así como concienciar de ello a su colectivo. 

Su instrumento, o si se quiere, su elemento de enlace, es la revista Cuadernos de Diseño en la Obra Pública, de la que se han editado 12 ejemplares. Cuadernos de Diseño ha sido un humilde intento de poner su grano de arena y colaborar en esta toma de conciencia. Ha sido una aventura, porque la verdad es que no sabemos cómo ha conseguido sobrevivir, y si ello ha sido posible, ha sido gracias a la participación de los compañeros autores de los artículos: Aparicio, Simón, Nárdiz, Lanza, Escribà, Toba, Manterola, Llepes, Bernabeu, Martínez Calzón, Fernández Troyano, Bueno, Manzanarez, Reventòs, Sobrino, Regalado, Aguiló, Macias, Hernández Ibánez, Beas, Català y así hasta 35, que por su extensión sé que me excusarán de no nombrarlos a todos. 

Ha sido una buena aventura, luchando por su supervivencia, pero, al final, su objetivo se ha conseguido. Y el hecho que el Colegio profesional, de la mano de un tan directo colaborador de la revista como el compañero Carlos Nárdiz, haya dado a la luz estos números anuales especiales de la Revista de Obras Públicas sobre diseño, y la creación en la misma de la figura de director de arte y diseño, demuestra la implicación de nuestra estimada institución en la aventura del diseño. La revista Cuadernos de Diseño seguirá o no –intentaremos que así sea–, pero si el objetivo de la aventura se ha conseguido, es cuando la aventura tiene un final feliz. 

¿Por qué no puede ser el diseño la marca España de nuestras obras públicas a nivel internacional y vender el diseño como valor añadido al cálculo y al uso?

Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.