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Especial José Antonio Torroja

Primer Director de la Escuela de Barcelona, 1974-1978

Eduardo Alonso Pérez de Ágreda

Catedrático de la ETS de Ingenieros de Caminos de Barcelona.

Profesor emérito.

Doctor Honoris Causa de la UPC, en 1984. De izquierda a derecha, Eduardo Alonso, Miguel Losada, Victoriano Muñoz Oms y José Antonio Torroja.

En los últimos años de la década de los 60, algunos medios de comunicación y, singularmente, La Vanguardia, publicaron varios artículos para promover la creación de una Escuela de Caminos en Barcelona. Su autor, Albert Serratosa, era un ingeniero muy reconocido por su contribución al urbanismo, a la planificación del territorio y a la creación de infraestructuras. Fue el autor del Plan General Metropolitano de Barcelona, aprobado en 1976. Serratosa justificaba con argumentos convincentes la creación de la Escuela, que él calificó de “infraestructura de las infraestructuras”. 

En 1971, la creación de las universidades politécnicas, como integración de escuelas existentes y, en algunos casos, con la incorporación de nuevos centros, ofreció un marco organizativo que facilitaba la fundación de nuevas escuelas. La propuesta de Serratosa había cristalizado en la petición formal del establecimiento de una Escuela de Caminos en la Universidad Politécnica de Barcelona. Un año después, Gabriel Ferraté, figura clave en la creación y apoyo a la nueva Escuela, fue elegido, con 37 años, rector de la UPB. Ferraté tenía una personalidad desbordante, era dialogante, original en sus planteamientos y tenía una rara habilidad para desenvolverse dentro de colectivos heterogéneos y complejos como son las universidades, especialmente en aquellos años de fuerte tensión política. José Antonio Torroja tenía casi la misma edad, un perfil humano parecido, era igualmente brillante y, con el paso del tiempo, la amistad y el entendimiento que hubo entre ellos fueron determinantes para dar forma y recursos a la Escuela, que comenzó su andadura en 1973.

Los Patronatos de las escuelas, que eran preceptivos, no solían tener una influencia marcada en la marcha de los centros universitarios. Pero el Patronato de la Escuela de Barcelona desempeñó un papel decisivo a la hora de guiar sus primeros pasos. Sus integrantes representaban al sector económico, empresarial y también a algunas administraciones públicas. El Patronato tenía el encargo de seleccionar al primer director de la Escuela. Se señalaron tres aspectos deseables: ser ingeniero de caminos y catedrático, disfrutar de un reconocido prestigio y ser catalán (algo que seguramente no era fácil de definir con precisión). 

José Antonio Torroja fue considerado inmediatamente como la persona idónea. El origen catalán de su familia, aunque hubiera nacido y vivido en Madrid, era bien conocido por el Patronato. José Antonio aceptó el encargo de director comisario con entusiasmo, aun sabiendo que su residencia y sus obligaciones en Madrid le supondrían un esfuerzo importante. Me pongo en su lugar y pienso que, con seguridad, le asaltó rápidamente la necesidad de precisar los rasgos que definieran e identificaran esa Escuela. La Escuela de Madrid era obviamente su referencia inmediata, pero también lo era la extraordinaria trayectoria profesional, académica e investigadora, y las capacidades organizativas de su padre, Eduardo Torroja. 

La decisión estratégica que marcó el futuro de la Escuela fue la resolución que adoptó el Patronato frente a las tres alternativas de modelo de escuela que José Antonio sometió a su consideración. En primer lugar, crear un Centro de formación de profesionales por medio de profesores dedicados fundamentalmente a sus ocupaciones laborales y que impartieran clases como una más de sus actividades; como consecuencia, se obtendrían, en términos generales, añadía José Antonio, unos profesionales mediocres.

Una segunda opción era la creación de un Centro de formación de buenos técnicos con profesores que alternaran la enseñanza con otras actividades profesionales, dando cierta importancia a la labor docente, pero sin que esta constituyese la más importante de sus ocupaciones, fundamentalmente sin labor investigadora ni de formación de postgraduados. 

Por último, se planteaba la creación de un Centro en el que una buena parte de los profesores dedicaran una amplia proporción de su tiempo a la enseñanza, que fueran capaces de crear escuela en diferentes especialidades y de articular equipos de investigación, así como de asegurar la formación de postgraduados. Serían los futuros cuadros de la Escuela y de un Instituto de la Construcción, asociado a la Escuela, que también se proponía. De esta forma, la Escuela podía servir al país en actividades relacionadas con la docencia y la investigación en activa colaboración con la industria. 

Consiguió inculcar la noción de que una institución universitaria moderna era posible si existía determinación para conseguirlo

Llama la atención la contundencia de José Antonio para expresar su pensamiento. Estaba clara su opinión. La tercera opción fue la escogida, si bien se hizo presente en algunos miembros del Patronato la preocupación por incorporar la experiencia práctica a la enseñanza y las dificultades para conseguirlo. 

En todos los argumentos que se habían utilizado para justificar la creación de la Escuela desde los primeros artículos de Serratosa, se manifestaba siempre la escasez de ingenieros de caminos en Cataluña y las limitaciones al crecimiento armónico de la sociedad que ello suponía. Pero no se aludía a la generación del conocimiento. 

En su ensayo El valor de elegir, que viene aquí a cuento, Fernando Savater cita a Erich Fromm: “No debemos confiar en que nadie nos salve, sino conocer bien el hecho de que las elecciones erróneas nos hacen incapaces de salvarnos”. José Antonio supo acertar. 

El resto, a partir del comienzo de los dos primeros cursos en enero de 1974, es historia. Todo empezó en un aula cedida por las monjas del Colegio de la Asunción en la planta baja de un ala del convento: quince alumnos, cinco profesores a tiempo parcial, unos pocos miembros del Patronato y José Antonio Torroja. Tuvo que ser emocionante. Un acto minúsculo, en un entorno incierto y frágil. Era el nacimiento de una Escuela de Ingenieros de Caminos, una profesión de enorme prestigio y heredera de una excelencia, rigor y servicio a la sociedad que todos conocían bien. 

José Antonio se hizo querer y admirar por todos los profesores, muy jóvenes la mayoría, que se incorporaron a su modelo de escuela en los años que duró su mandato (1974-1978). Su afabilidad, educación e inteligencia fueron un enorme activo para la Escuela. Era una persona “entrenada” para resolver problemas. Entre tantas conversaciones y vivencias que pudimos tener sobresalen algunos recuerdos, que nunca sabes por qué perduran, a diferencia de otros. En una ocasión me confesaba la escasa importancia que daba a los detalles del “nuevo” plan de estudios (siempre tenemos uno nuevo a la vista y varios en la memoria). Lo importante, decía, era la exigencia y el esfuerzo. Eso era lo que te preparaba para todo lo que pudiera venir.

Si le daban algún disgusto, para “desconectar” de la Escuela se autorregalaba algo; recuerdo, por ejemplo, la adquisición de una máquina fotográfica magnífica, pero no recuerdo el disgusto. Nos unió también en aquellos años la devoción por la navegación. Pude comprobar entonces esa capacidad suya para resolver incidentes de cualquier tipo. Años más tarde, cuando conocí su naufragio en aguas de Menorca mientras remontaba el Cabo de Cavallería en contra de un temporal del norte, insistí hasta que me explicó cada detalle de aquella navegación. Fue un triste final para el barco, pero la tripulación no sufrió daños. José Antonio se encargó de ponerla a salvo. Si bien solo pude imaginar la situación límite del naufragio, viví el drama junto a él al escuchar su relato. 

La actividad académica de la Escuela creció rápidamente bajo la dirección de José Antonio. El reto de preparar cada año un nuevo curso y atender a la entrada creciente de alumnos se resolvió con la razonable asignación de plazas y contratos que proporcionó la UPB. No hubo, sin embargo, una partida de “primera instalación” que permitiera la dotación de laboratorios. Para ser sincero, tampoco se disponía de espacio para ello. Una tarea fundamental de José Antonio fue la búsqueda de profesores permanentes que aceptaran la inseguridad de las plazas interinas. Su mérito fue doble: buscar la excelencia de los aspirantes y convencerles para que se integraran en un proyecto lejos de estar consolidado.

Las monjas del convento aceptaron con la mayor cordialidad la invasión de sus instalaciones. Finalmente, la UPB se hizo con el convento, con su iglesia neorrománica, con la hermosa Torre Girona y con su romántico jardín. No fue hasta 25 años después del primer curso impartido en el Convento de la Asunción que la Escuela de Barcelona ocupara su nueva sede en los edificios del Campus Nord de la UPC.

José Antonio consiguió inculcar la noción de que la Escuela sería lo que dieran de sí sus profesores e investigadores. Una institución universitaria moderna era posible si existía la determinación para conseguirlo. Ese espíritu, que se ha mantenido, es su herencia más apreciada.

José Antonio Torroja, Doctor Honoris Causa con Eugenio Oñate, padrino del nuevo Doctor.
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