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El diseño en la obra pública 2 | Experiencias
Reflexiones sobre industria, diseño, arquitectura e ingeniería
F. Javier Fernández Pozuelo
Ingeniero industrial. Director de I+D+i. FHECOR Ingenieros Consultores, S.A.
“Lo obvio suele pasar desapercibido, precisamente por obvio”
Jacques Lacan
Si por diseño entendemos un proceso creativo que integra la ingeniería, la tecnología, los materiales y la estética en objetos o procesos que pueden fabricarse o implementarse, y que son capaces de hallar un equilibrio entre las necesidades y los deseos de los usuarios y las limitaciones técnicas y sociales, no hay más remedio que reconocer que la industria, sea de la especialidad que sea, ha sido uno de los sectores en los que el diseño, bien entendido, ha desempeñado un papel crucial en su desarrollo. Esta simbiosis entre la industria y el diseño hace que nuestra vida sea como es en las sociedades industrializadas, en las que no es extraño disponer de agua potable, energía eléctrica, alimentos de todas clases y medicamentos que, en general, hacen nuestra vida más agradable.
Y podría parecer lo contrario, porque poco hay de agradable a la vista en la mayoría de los grandes polígonos industriales en los que se procesan y generan la mayoría de las sustancias y entes (materiales o inmateriales) que nos permiten tener una vida digna de ser vivida. Tuberías y más tuberías, depósitos y más depósitos, cables y más cables, equipos mecánicos con funciones ignotas y más equipos mecánicos de apariencia siniestra, estructuras que soportan y dan cobijo a todo ello; casi todas metálicas, algunas de hormigón; todas anónimas.
Cualquier planta industrial de proceso de cierto porte es más adecuada para servir de escenario a una película de Mad Max o a una novela de Stanislaw Lem (es decir, un escenario apocalíptico o, cuando menos, deprimente) que para adornar la portada de una revista de diseño. Y, sin embargo, el diseño está en la médula ósea de cualquiera de estas plantas, comenzando por su propia génesis, por su organización general en planta (los anglosajones llaman a esto el layout) que, en sí misma, es un ejercicio de ingeniería de diseño de primer orden.
Y, claro, empiezo a introducirme en terreno pantanoso, porque acabo de hablar de ingeniería de diseño, no solo de diseño. Y, como veremos inmediatamente, resulta difícil entrar en el campo de las definiciones de la ingeniería y el diseño sin recurrir recursivamente a ambos conceptos, con lo que acecha el peligro de la tautología o, simplemente, de la confusión de ideas a secas.
La ingeniería es ciencia aplicada, es la aplicación de principios científicos al diseño y la construcción de estructuras, máquinas, aparatos o sistemas de fabricación. Los teóricos del diseño siempre han considerado la ingeniería una disciplina crucial del proceso creativo que implica la tarea de diseñar algo, pero sorprendentemente, los diseñadores generalmente han tratado a la ingeniería como una herramienta para sus propósitos, no como una parte de su organismo, como algo que permite que el diseño sea lo que es, sea el diseño lo que sea.
También es justo reconocer que, aunque ambas disciplinas (diseño e ingeniería) buscan soluciones óptimas para problemas específicos, desde el mundo de la ingeniería habitualmente se piensa que el rasgo que distingue al diseño es su preocupación por la estética (de ahí el habitual desprecio por las soluciones ingenieriles contaminadas por el diseño, ergo, contaminadas por arquitectos, diseñadores o profesionales ajenos a la ingeniería). Parece mentira, al menos a mí me lo parece, pero es así.
Y es que, en general, el diseño siempre ha sido visto con recelo desde la ingeniería civil y estructural, y solo muy recientemente, y por voces tan conspicuas como escasas, ha sido reivindicado como una disciplina que puede aportar un valor innegable al proyecto de estructuras y obras públicas.
Por otra parte, resulta curioso como el diseño ha sido capaz de hacer que la arquitectura, que aparentemente es algo muy alejado de los procesos industriales, sienta una fascinación tal por la industria que haya hecho surgir una rama de su tronco principal, específicamente dedicada a los edificios industriales: la arquitectura industrial. Y digo que ha sido el diseño el inductor de esa fascinación porque en el binomio diseño-industria, la arquitectura asoció la vertiente creativa, lo artístico, al diseño; y la vertiente automática, lo repetitivo, a la industria. Y es cierto que la esencia de lo industrial es la repetición. Los objetos únicos e irrepetibles suelen estar en los museos. Pero también hay productos industriales que terminan sus días en un museo; y si es así, es seguro que el diseño ha tenido algún papel en ese destino final honorable.
Ya a principios del siglo XX comenzó a quedar claro que con el crecimiento demográfico sostenido que se estaba produciendo en las sociedades industrializadas y las necesidades de todo tipo vinculadas a este crecimiento, los problemas que tenían que afrontar dichas sociedades eran de orden superior. Sería necesario alimentar a millones de personas, transportarlas a miles de kilómetros de distancia, desplazar miles de toneladas de mercancías entre continentes. La solución a dichos problemas solo podía proceder de la producción industrial. La industria se identificó con el progreso, pero no, obviamente, con el arte. Fue el diseño el que le dio la pátina artística que necesitaba para que la arquitectura, que ya sentía interés por toda esa automatización y producción seriada de productos, la acogiese definitivamente en su círculo más íntimo de amistades. No es casual que esta simbiosis fuese especialmente fructífera en uno de los países bandera de la industrialización: Alemania.
Es paradigmático el caso de Peter Behrens, figura central de la arquitectura en Alemania a principios del siglo pasado. Behrens fue contratado por la empresa AEG, entonces una de las empresas de productos y equipos eléctricos más importantes de Alemania, no solo para proyectar los edificios de sus fábricas, sino también como asesor para el diseño de sus productos. Contratar a un arquitecto para este trabajo de diseñador de productos era algo completamente nuevo entonces, y este hecho, aparentemente irrelevante, tuvo una enorme influencia a diferentes niveles. Behrens diseñó para AEG farolas, teteras y hasta el papel corporativo y las facturas que emitía la empresa. También se ocupó del interior de las tiendas de venta de los productos propiedad de AEG, a las que trasladó la claridad en los planteamientos funcionales que ya había plasmado en sus fábricas (la fábrica de turbinas de AEG en Berlín es un ejemplo excepcional, figura de arriba a la derecha).
Con este trabajo para AEG, Behrens enterraba el Jugendstil (Art Nouveau en Francia y Bélgica, y Modernismo en España), que había sido su manantial de ideas hacia 1900, solo algunos años antes. Es en este momento cuando se dan los primeros pasos hacia el estilo y el Zeitgeist del siglo XX.
No me resisto a incluir una cita del propio Behrens (de una conferencia que dictó con ocasión del decimoctavo congreso anual de la Verband Deutscher Elektrotechniker en Nraunschweig en 1910, publicada como “Kunst und Technik”, Elektrotechnische Zeitschrift, n. 31, (2 junio 1910), pp. 552-555.). Dice así:
Es verdad que las obras de los ingenieros no carecen de cierta belleza. Solo hay que pensar en las grandes naves y hangares de hierro, las cubiertas de grandes luces que dan una impresión inequívoca de grandeza. No podemos negar que los edificios simplemente utilitarios, construidos por los ingenieros, e incluso más sus máquinas, logran una cierta impresión estética a través de su construcción muchas veces atrevida y lógica. Este efecto se consigue a pesar de que no haya una concepción que se derive de sus principios artísticos que prevalezca en estos ejemplos, y de que el resultado estético sea accidental.
Este fenómeno se puede explicar debido a que estas obras poseen una seudoestética plasmada en una cierta licitud de la construcción mecánica. Es esta licitud del desarrollo orgánico la que la naturaleza asimismo desvela en todas sus obras. Pero así como la naturaleza no es Kultur, el cumplimiento meramente humano de las necesidades funcionales y materiales tampoco puede crear Kultur.
Si se es ingeniero, después de leer lo anterior, uno corre el peligro de indignarse o deprimirse. Y, sin embargo, hay que reconocer, por más que nos irrite, que un entendimiento superior como el de Behrens estaba poniendo el dedo en la llaga. Para él, los ingenieros eran capaces de alcanzar logros “seudoestéticos”, pero tenía claro que esos logros no eran arte. Y el lector de estas líneas, ingeniero casi con toda seguridad, dirá: “Pues claro, el arte es el arte, y la ingeniería es la ingeniería, no vayamos a confundirnos”. Efectivamente, no nos confundamos, cada mochuelo a su olivo. Pero tampoco nos engañemos a nosotros mismos, desdeñemos disciplinas que pueden enriquecer nuestro quehacer, ni levantemos barricadas frente a otras profesiones, solo por el hecho de que, según parece, tienen un mayor reconocimiento social o perciben mayores honorarios. Pero me estoy desviando de lo esencial.
Lo que es innegable es que el diseño enriqueció la arquitectura y enriquece la ingeniería cuando es aplicado por personas con suficiente talento y capacidad creativa. Ocurre que estas personas, como todo lo excepcional, no abundan; y, por tanto, los ejemplos de simbiosis cuasi perfecta entre diseño e ingeniería, pues tampoco abundan. El iPhone lo es, los trenes Shinkansen de la serie 500 lo fueron (por cierto, con diseño alemán, no japonés), el puente de Normandía lo es, el Concorde lo fue…
El diseño enriquece la ingeniería cuando es aplicado por personas con talento y capacidad creativa
Como he dicho antes, las plantas industriales no parecen el terreno más idóneo para que la semilla del diseño germine y, sin embargo, lo hace y de muy diferentes maneras. Lo hace, en primer lugar, en la organización general de la planta (ya se ha dicho); lo hace en todos y cada uno de los equipos mecánicos y recipientes que la constituyen (sometidos a tales controles de calidad y a tales exigencias técnicas de utilización que incluso hacen dudar de que, efectivamente, los satisfagan); lo hace en la extremadamente rigurosa (y necesaria) señalética que avisa de todos los riesgos (muchos, y serios dependiendo del tipo de planta) que afronta una persona que trabaje allí o que, simplemente, la visite por curiosidad. Y ni siquiera hemos hablado de los procesos, que son el alma de las plantas industriales.
Los procesos son los elementos diferenciadores de lo industrial frente a lo arquitectónico o lo civil (hablo de ingeniería civil, claro). Y me explico.
Un puente tiene una función primordial: resistir las cargas que actúan sobre él y, si se tiene un pensamiento de más alcance, funciones secundarias pero muy importantes, como hacer que sus usuarios tengan una experiencia agradable cuando lo cruzan, impedir que las personas que lo ven a diario como un objeto más del paisaje urbano o periurbano se depriman más de lo habitual, constituir gérmenes urbanos generadores de nuevas y mejores espacios habitables…Pero su realidad material es el espejo de su esencia funcional, o debe serlo, si su diseñador sabe lo que hace. Los procesos son algo bastante ajeno a las estructuras puras, como los puentes, las presas o los muros de contención. Evidentemente existe un proceso de diseño previo, asociado a su concepción, y existe un proceso constructivo de todas ellas, pero una vez que la estructura se hace realidad material, su existencia no necesita de más aditivos. Creo que de ahí procede su pureza y de ahí que sea tan difícil resultar innovador en el diseño y la ingeniería estructural.
De igual forma, un edificio, sobre todo algunos de ellos (como aeropuertos, intercambiadores de transporte u hospitales), puede tener una complejidad enorme en lo que se refiere a los usos de los espacios individuales que lo conforman, o a los flujos de personas y mercancías que circulan por dichos espacios. Pero si en un edificio entran personas, generalmente salen personas; y si entran mercancías, también salen mercancías (con poca o ninguna transformación fundamental en sus atributos). Esta permanencia en la esencia de los atributos indica la ausencia de procesos transformadores. Y es normal que sea así. El objetivo de la arquitectura es crear espacios habitables, no transformar a los habitantes u objetos almacenados en esos espacios.
En contraste, cualquier planta industrial (quizá no todas, pero la mayoría de ellas) es un organismo transformador de unos productos en otros o, en un ámbito más general, de una forma de energía en otra. Y estas transformaciones implican inevitablemente procesos, en los que el diseño lo impregna todo, desde la forma de representar las operaciones que se llevan a cabo en la planta (los llamados diagramas de tuberías e instrumentos, P&IDs, figura 5) hasta la forma de las válvulas de seguridad o la paleta de colores de las tuberías. Nada es arbitrario, porque los procesos son demasiado complejos como para dejar espacio libre a la improvisación. Y quizá este sea uno de los motivos por los que las estructuras en las plantas industriales son eminentemente servidoras del proceso. Su función es servir de soporte a los equipos mecánicos que se encargan de los procesos de transformación y de guía a los innumerables metros de tuberías que trasladan las materias primas y los productos a donde es necesario (a veces a kilómetros de distancia). No hay nada malo en ser servidor de un fin superior. Lo importante es hacerlo con dignidad, y que quien tiene que valorarlo o agradecerlo lo haga. A este respecto, la inmensa mayoría de las estructuras industriales ejercen su función con una dignidad más que envidiable y, mientras no se vengan abajo, sus dueños (sin ni siquiera ser conscientes de que están ahí) les agradecen tácitamente su existencia. La estructura siempre es imprescindible, desde el esqueleto de los vertebrados hasta la concha de los moluscos. Y esa esencialidad, que es verdadera, probablemente ha convertido a los ingenieros de estructuras en individuos con una eterna sensación de que la sociedad en general no reconoce la enorme importancia de su papel en este mundo que nos ha tocado vivir, sufrir y disfrutar. Hay más motivos para este sentimiento de agravio, pero no es este el lugar ni el momento de analizar sus causas y su existencia.
Pero ya en el siglo de la imparable digitalización hay que sobreponerse a estos traumas un poco infantiles. El diseño puede ayudar a ello, puesto que su naturaleza adaptable a cualquier entorno y circunstancia, y su indudable capacidad de captar la atención de los agentes económicos (individuales, empresariales o gubernamentales), lo convierten en un aditivo capaz de convertir en actuales productos y servicios que, evidentemente, no lo son.
No obstante, resulta frustrante asistir todavía en 2022 a situaciones en las que se juzgan como frívolas, o directamente se rechazan, soluciones estructurales en las que el resultado final procede de la consideración y aplicación de más disciplinas que la pura resistencia de materiales y los códigos normativos vigentes. Y no pretendemos aquí, volviendo al ámbito industrial, que todas las plantas de producción tengan el aspecto del Centro Pompidou o, si hablamos de obras públicas, que todos los puentes tengan que ser como El Alamillo. Como dijo Ortega de la República, “no es esto, no es esto”.
Acabo con una cita de Nikolaus Pevsner, historiador de la arquitectura, que escribía en 1960: La importancia de Alemania en los primeros años del siglo XX se encuentra en el cambio brusco que se produce desde el oficio artesanal hasta el diseño industrial y a la vez en el descubrimiento, por parte de los arquitectos (e ingenieros), de las posibilidades estéticas de la arquitectura industrial (Nikolaus Pevsner in Paris, Musée National d’Art Moderne, The Sources of the XXth Century, Musée National d’Art Moderne, París, 1960, p. 53).
Nótese que Pevsner considera que los ingenieros también estaban interesados por la estética, pero entre paréntesis. Hoy, sesenta años después, los ingenieros debemos aspirar a salir de ese paréntesis, y el diseño puede y debe ayudarnos, sin que ello implique caer en la impostura y el artificio.