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Mirador al Arte

El 'paragone' entre arte e ingeniería

María Jesús Rosado-García

Ingeniera de caminos, canales y puertos. Universidad Politécnica de Madrid.

El Puente de la Bahía de Sídney contemplado en la lejanía.

Christian Huygens, al mirar por una camera obscura en 1622, afirmó que el arte pictórico había muerto y que se encontraba ante algo incluso más elevado (Pradel, 2005). Este paragone entre la pintura y la fotografía no puede ser el último en la historia del arte, ya que, más que la comparación entre dos formas de arte, puso de manifiesto, incluso con afirmaciones como la anterior, la resistencia a clasificar la fotografía como arte. Si después de 300 años de la apreciación de Huygens, se consideró la fotografía un caso límite filosófico de obras de arte (Kennick, 1958), parece acertado aseverar que acaba de comenzar un nuevo paragone entre arte e ingeniería.

«La encarnación de ideas, diría yo, de significados, es tal vez todo lo que necesitamos como teoría filosófica de lo que es el arte» (Danto, 2013, p. 110).

Lo anterior sienta la base teórica que da lugar a la reflexión que se busca acerca de la ingeniería y su valor significativo en el arte. Sirva para encuadrar la problemática introducir las preguntas sobre qué es una obra de arte y si una obra de ingeniería lo es, cuya aproximación resulta más fácil que la comúnmente planteada sobre qué es el arte, o si la ingeniería lo es.

La obra de ingeniería, a partir de su estricto ámbito originario y de actuación, permite extraer formas significativas (Martínez-Calzón, 2008), aquellas que traducen el corpus científico-técnico-constructivo-funcional en nuevas formas que responden, fundamentan y codifican el campo desde las cuales son creadas para la consecución de sus objetivos sociales. Han de ser puestas en acto desde la potencia, en el sentido de que el ser no solo se toma como sustancia y sus categorías (cualidad, cantidad…), sino que implican también el ser en potencia y el ser en acto: el ser relativo a la acción. Por ser en acto se refiere Aristóteles a la sustancia tal como en un momento determinado se nos presenta y la conocemos; por ser en potencia entiende el conjunto de capacidades o posibilidades de la sustancia para llegar a ser algo distinto de lo que actualmente es. Así, ese territorio en el que se producen y crean, determinan una aparición, una revelación creativa (ex novo) y consistente con las consideraciones de carácter estético-sensibles, como la belleza, sorpresa, emoción, armonía y coherencia, plenitud, materialidad (en relación a su sustancia matérica, esto es, madera, hormigón, acero…), texturas, colores, etc.

La ingeniería es posibilitadora y es preciso recorrer escalones de aproximación a las categorías artísticas que permitan sobrepasar la frontera de lo considerado arte. El análisis del artefacto aislado según el rigor de la técnica ingenieril, en lo que comparte con la ciencia, podría corresponderse con lo que se ha llamado la belleza de la obra en sí misma, la belleza natural o kantiana. Pero, igual como en el arte, la belleza es una opción, no una condición necesaria (Danto, 2013); así, este primer escalón no sería suficiente y es preciso reflexionar sobre si lo construido trasciende el uso para el que fue proyectado y, superando positivamente la obra en conjunto con el entorno, se eleva a un nuevo escalón de aceptación y se hace cultura, obra de arte.

El puente no solo acerca dos orillas, sino que las significa; solo pasando por él aparecen. Es el puente, con el río y las orillas, el que coliga el paisaje, el que descubre al hombre las orillas (Heidegger, 1996). La obra de ingeniería crea el lugar en tanto y cuanto es la puesta en acto de la materialidad, y es potencia en cuanto ha posibilitado ser otra cosa.

Se ha de apuntar que la ingeniería, en su íntima relación con la naturaleza, no ayuda a su recuperación como imagen de belleza, sino que, transformándola, la humaniza, la eleva al rango de arte (Vera, 2009). Es el valor combinado del posible arte de la obra pública y el enclave natural (véase imagen de abajo) el que puede alcanzar una categoría de trascendencia específica, significativa o reveladora, de la aportación humana, transformando en paralelo la visión natural en algo más profundo e intelectivo.

Cabe apuntar que este intento de concreción en la línea de adjetivar («significativo») y la importancia del lenguaje sigue a autores como Torroja, que, con palabras precisas como esfuerzo, movimiento, etc. fue un referente y ha llegado hasta hoy; lo anterior se estima realmente conveniente frente a otros autores como Ortega, cuyos significados se diferenciaban según el contexto.

Nótese que, si el arte actual tiende a jugar con la distancia del espectador en cuanto a cercanía —ya que cada vez más lo aproxima a la obra—, la ingeniería se identifica con la obra clásica en lo que refiere a la distancia. Es preciso alejar el espectador para la contemplación física y también metafórica, en su intelectualidad frente a la proximidad de la experiencia primaria o anestésica.

Teleférico en la montaña amarilla Huangshan, China. Fuente: autora.

Lo anterior lleva a detectar la complejidad que encuentra la ingeniería en abonar el terreno común del arte actual, que pasa de exponerse a «ponerse» para que sea «manoseado por el espectador» (véase fotografía de la derecha), así como a una preespecialidad en demasía, tan evidente, que no hay donde llegar a través del conocimiento (Han, 2015).

Por otro lado, la obra de ingeniería se aproxima con su rudeza al arte de hoy en día para el cual la estética no tiene por qué ser su principal objetivo. Su cercanía al arte conceptual queda patente en tanto y cuanto ha lateralizado en cierto modo la belleza y la obra como algo agradable. Existen también otras perspectivas que consideran que el arte actual entiende lo bello como lo pulido, lo impecable, algo a lo que ha contribuido la tecnología. Se valora aquello que no daña al espectador, lo pulido, en el sentido de que no hay nada que descubrir (Han, 2015). La ingeniería, en el sentido de lo impecable a primera vista, se aleja del arte y por eso la sociedad no la reconoce como manifestación artística. Por lo expuesto anteriormente, algunos ingenieros (Nárdiz, 2021) reclaman el diseño y la estética como la clave para que las obras de ingeniería sean reconocidas por la sociedad. Esto no debería ser sino una primera aproximación, una condición necesaria, pero no suficiente. El diseño y la estética deberían pertenecer a los criterios de funcionalidad de la obra, como los que se exigen para que una presa pueda embalsar agua o para que por un puente pasen coches, pero está lejos de ser suficiente.

«Al trasladar al arte el doble criterio de significado y encarnación se traslada al arte una conexión con el conocimiento: con lo que es posible» (Danto, 2013, p. 131).

Esta afirmación acerca como ninguna la ingeniería al arte. El ámbito del que proviene la ingeniería tiene un bagaje de complejidad, de conocimiento, centrado en su ámbito científico-técnico; pero más allá del mismo, sus proyectos pueden expresarse a través de formas significativas (Martínez-Calzón, 2008) que, procedentes de forma única y exclusiva de su territorio de origen, consiguen proporcionar aspectos que llegan a ofrecer al sentir social entidades de mucho mayor alcance, y sus resultados finales podrían llegar a ser considerados absolutamente como obras de arte.

Se considera fundamental que el arte de los ingenieros, con su historia y su lenguaje imaginativo, se introduzca en la cultura general. Ciertamente es en esa trascendencia de los lenguajes en la que la visual no es más que una primera aproximación, donde se encuentra la clave. Se ha de trascender que la apreciación estética se reduzca a saber ver la ingeniería y superar lo apuntado por algunos autores en cuanto a encasillarla en un arte clásico de belleza natural próximo a lo visual y figurativo (Manterola & Aguiló, 2009). Se ha de acercar al arte actual, abstracto y conceptual, con el que sin duda comparte su valor significativo. La materialidad o encarnación de la obra de ingeniería ha sido superado. Como espectador no se necesita estudiar solfeo para valorar una composición musical. Precisamente esa es la «magia» de lo que se considera arte y de la que, sin duda, la ingeniería participa. Salta a la vista que el lenguaje con el que se expresan artistas e ingenieros es universal, independientemente de los estilos.

Se podría plantear que la gran ingeniería es, de hecho, una categoría que comporta aspectos que incluso pueden entenderse superiores al arte. Así, el Golden Gate de San Francisco (véase fotografía de la derecha) ofrece un mundo de relaciones que en cierta medida pueden ser superiores al arte que defiende exclusivamente la belleza. Su forma especial, derivada del concepto técnico «colgante» que los cables principales asumen, resulta significativa en lo que atañe a la manera específica de comportarse para superar ese espacio entre orillas; pero a la vez se sitúa en un ámbito de presencia superior, y en su situarse en y con la naturaleza, alcanza de forma ejemplar eso que se podría definir como «Super arte», en una escala ideal de potencias de lo formal y lo mistérico, ¿lo sublime romántico, tal vez?

Cabe apuntar que la forma ingenieril salió de un universo que no había participado en el hecho formal, era ajeno a la creación anterior de la humanidad porque las estructuras, por ejemplo, no han sido un ámbito de actuación del hombre hasta hace relativamente poco tiempo; y lo que hemos extraído de ese ámbito es significativo dentro de este y, por tanto, no estaba en nada de lo que se había hablado hasta entonces. ¿Quién había hablado de una cercha o de un cable? Nadie. No existía. Y el hecho del puente atirantado, por ejemplo, aunque hubiera existido algo como unas lianas, es un concepto de ahora; es significativo de donde ha salido, de la intensidad de esos materiales.

Llegados a este punto, la ingeniería plantea y refuerza la cuestión en torno a la que gira la filosofía contemporánea del arte, que no es otra sino cómo distinguir entre el arte y el resto de las cosas. Si «el arte es arte, y todo lo demás es todo lo demás» (Reinhardt, 1991), la obra de ingeniería, como objeto cargado de significado, es incluso mucho más de lo que podría llegar a ser la pintura al óleo.

La ingeniería, por tanto, se eleva sobre la actual concepción del arte, como, en su momento, el trabajo de Duchamp o las performances. La obra de ingeniería o una instalación de Joseph Beuys llevan la realidad al arte y han de hacer entender el arte desde otra forma, más allá de concebirlo como una representación de la realidad, definición igualmente ya superada.

Vista de los cables del Puente Golden Gate en San Francisco. © Gabriel Barranco

La respuesta a las preguntas sobre qué se precisa para definir una obra de ingeniería como obra de arte, o cómo conseguir que la ingeniería empiece a formar parte del mundo del arte se encuentra, en primer lugar, en el «Mundo del Arte», la red social de actores que determinan hoy en día qué es arte y hacen creer a la sociedad tal definición, autónoma, institucionalizada y claramente sesgada por sus intereses (Dickie, 2005). La obra de ingeniería se considerará una obra de arte cuando un grupo de expertos decida concederle dicho estatus, al igual que la autoridad de Platón fijó la teoría del arte como imitación en todo el mundo y se convirtió en la opinión admitida sobre la naturaleza del arte durante 2000 años.

Si la escultura se ha definido como aquello con lo que te tropiezas cuando te alejas para mejorar la visión de un cuadro (Krauss, 1985), la definición de obra de ingeniería pudiera ser lo que se encuentra al elevar el significado de una escultura.

Así pues, se puede afirmar que, si no se encuentran propiedades que comparten el arte y la ingeniería, es por el hecho de buscar solo las visibles. Son las propiedades invisibles las que dan forma a lo significativo de la obra de ingeniería, las que la convierten en arte.

Por todo lo expuesto, la ingeniería no debe ceñirse de manera exclusiva y sobrevolar continuamente el concepto de estética, ya que eso no es más que el reduccionismo de todos los discursos actuales, que tratan de aproximar la problemática a cómo la ingeniería se alejó de ella en su cesión a la arquitectura. Si, tal y como se instauró ya en el siglo pasado, el arte es filosóficamente independiente de la estética, basta con identificar las condiciones que son necesarias para que una obra de ingeniería sea una obra de arte. Se puede aseverar que la condición necesaria y suficiente, más allá de la estética, de la que pudiera ser la belleza natural, es la belleza artística, la que tiene un significado, la que trata de algo. La ingeniería ha de preocuparse de la belleza significativa en sus proyectos además de la estética si quiere ser reconocida como arte, lo que no equivale a negar que la estética forma parte de la obra e indudablemente del arte.

Es en la educación donde se puede encontrar la solución, tanto de la sociedad en general como de los propios actores, artistas, ingenieros, críticos etc. Basta con eliminar lo que los lleva a pensar que algo no puede ser arte, plantear que en cada época otras obras humanas pueden alcanzar tal consideración, como fue el ejemplo del paragone entre pintura y fotografía, o simplemente ampliar la visión de dónde hay arte, ya que la propia historia lo ha cuestionado.

Si el arte estaba destinado a ser conservado en los museos y es esencialmente historia, la ingeniería no parece encontrar más dificultad que no caber materialmente en dicho destino. Es su espíritu, lo significativo de la obra de ingeniería, lo que puede aprovecharse de otros soportes para que a modo de collage rellenen un futuro Museo de la Ingeniería.

Referencias

1

Danto, A. C. (2013). What art is. Yale University Press.

2

Dickie, G. (2005). El círculo del arte. Paidós.

3

Han, B.-C. (2015). La salvación de lo bello. Herder Editorial.

4

Heidegger, M. (1996). El Origen De La Obra De Arte (1935/1936). Caminos de Bosque, pp. 11-62.

5

Kennick, W. E. (1958). Does Traditional Aesthetics Rest on a Mistake ? Mind, New Series, 67 (267), pp. 317–334.

6

Krauss, R. (1985). La escultura en el campo expandido. En La Posmodernidad (Vol. 1, Issue 1, pp. 57–66). Kairós. Disponible en: http://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=4005717 [Consulta: 20 junio 2022]

7

Manterola, J., & Aguiló, M. (2009). Saber ver la ingeniería. Revista de Obras Públicas, 3497, pp. 7–28.

8

Martínez-Calzón, J. (2008). Las formas de la cultura. Ingeniería-(es) cultura. Ingeniería y Territorio, 81, pp 20–29.

9

Nárdiz, C. (2021). El Diseño en la Obra Pública. Revista de Obras Publicas, 3628.

10

Pradel, A. (2005). En torno a la posibilidad de rastrear una Escuela Escéptica de Pintura. Arte, Individuo y Sociedad, 17, 87–115. https://doi.org/10.5209/ARIS.6652

11

Reinhardt, A. (1991). Art as art: The selected writings of Ad Reinhardt. University of California Press.

12

Vera, J. R. N. (2009). Pensar la ingeniería: antología de textos de José Antonio Fernández Ordóñez. Colegio de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos.

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