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Especial José Antonio Torroja

En el Colegio de Ingenieros de Caminos

Enrique Pérez-Galdós

Exvicepresidente
del Colegio de Ingenieros
de Caminos

Cuando los jóvenes estudiantes aspirantes a graduarse como ingenieros de caminos, ya terminado el bachillerato, se incorporaban a las insustituibles y nunca del todo reconocidas “academias de preparación”, el apellido Torroja les resultaba muy lejano; a sus oídos sonaba solo como un nombre perteneciente a una importante familia de grandes matemáticos e ingenieros. Sin embargo, una vez realizado el esfuerzo de preparación para el ingreso en la Escuela, la figura de don Eduardo Torroja Miret se engrandecía rápidamente y, con los días, acababa por convertirse en una auténtica leyenda para los estudiantes de la Escuela. Ejercía por aquel entonces como catedrático de Estructuras y, afortunadamente para nuestra promoción, pudimos asistir al último curso que impartió durante el año 1960. Todos los alumnos atesorábamos su libro Razón y ser de las estructuras, que se convirtió en el catecismo estructural para muchas generaciones posteriores de ingenieros.

Don Eduardo, lamentablemente, falleció al poco tiempo y su hijo José Antonio Torroja Cavanillas, que ya por aquel entonces era ingeniero —promoción del 1957—, se ocupó en presidir y dirigir la empresa de ingeniería fundada por su padre. También ganó la cátedra de Estructuras de la Escuela de Ingenieros de Caminos de Barcelona, que ocupó durante varios años y, posteriormente, la cátedra de la Escuela de Madrid, que compaginó con una rejuvenecedora dirección de la misma.

Yo tuve la oportunidad de conocerle cuando desempeñaba el cargo de presidente de la Caja Caminos, que había sido fundada bajo la presidencia de José Antonio Fernández Ordóñez a iniciativa de Clemente Solé. Como socio fundador compartí con ellos la primera infancia de la institución. Anecdóticamente, mencionaré que conocí bastante tiempo antes que a José Antonio a su primera esposa, Carmen Fungairiño, creadora junto a otras personas de una de las primeras asociaciones feministas españolas, APEC, de la que fui socio hasta su desaparición. Gran mujer, Carmen, fallecida prematuramente. 

Tras la presidencia del Colegio ejercida por José Antonio Fernández Ordoñez (1974-79), me incorporé como vocal en la candidatura de Enrique Balaguer, que ganó las elecciones y gobernó el Colegio (1979-1987) con gran inteligencia, superando las tendencias que por aquel entonces pretendían la supresión de los colegios profesionales, así como la polémica legislación sobre las atribuciones técnicas de los ingenieros. 

En la siguiente convocatoria para la presidencia del Colegio, José Antonio Torroja presentó su candidatura y consiguió ganar las elecciones con facilidad, dado su prestigio constantemente al alza. Uno de los vocales de la Junta fue Pablo García Arenal, director de la Cía. MZOV, que por desgracia falleció repentinamente poco después de incorporarse al Colegio. José Antonio me ofreció una de las vocalías y así participé por segunda vez en la junta de gobierno del Colegio junto con otros valiosos compañeros. En la legislatura siguiente (1992-1996) continué siendo vocal. Ambos mandatos culminaron con éxito, pero en las siguientes elecciones José Antonio y yo nos presentamos en candidaturas distintas. El resultado fue el de José Antonio como presidente y yo como vicepresidente en una junta de gobierno mixta. Dada la calidad de los vocales y la sabiduría de José Antonio para conducir cualquier situación delicada, la legislatura transcurrió positivamente con algunos éxitos importantes, como la distribución de las atribuciones técnicas entre ingenieros de caminos y arquitectos técnicos que quedaron reflejadas en la Ley de la Edificación. La negociación fue larga, pero concluyó con la consecución de importantes acuerdos para nuestra profesión. También se consiguió, con la inestimable participación del por aquel entonces secretario general del CICCP, Alfredo San Feliz, la recuperación vía judicial de los fondos —entonces un gran capital— de nuestros asegurados, que entonces gestionaba AMIC. 

Otro aspecto destacable del buen hacer de José Antonio fue la consolidación de la junta de demarcaciones, que inició su funcionamiento con éxito en unas circunstancias de tensiones autonómicas importantes. Nuestro objetivo fundamental fue el conservar la unidad del Colegio en toda España, cuestión que se ha conseguido hasta la fecha, así como el mantenimiento y promoción, en la medida de lo posible, del visado de trabajos profesionales que procuraban un ingreso muy importante para el Colegio.

Pero no todo fueron esfuerzos estrictamente relacionados con lo meramente profesional. A lo largo de todos esos años, bajo la presidencia de José Antonio y con nuestra colaboración se realizaron actividades culturales como exposiciones, patrocinio de donaciones de antiguos colegiados o la organización de diverso tipo de actos. A este respecto, evoco con mucha emoción el que se llevó a cabo con motivo del fallecimiento de nuestro querido amigo Juan Benet en enero de 1993. Recuerdo que participaron un buen número de escritores, allegados y amigos, y que tuvo mucha repercusión pública. Así mismo, se celebró en su memoria un concierto de órgano a cargo de su amigo Antonio Baciero en la iglesia de san Manuel y san Benito que a todos nos conmovió enormemente. Viajes, reuniones, comidas, cafés compartidos con Torroja… Estampas dispersas difíciles de verter aquí con precisión vienen a mi memoria, como aquel concierto de piano con piezas de Chopin en la Cartuja de Valldemosa.

En estas palabras sobre José Antonio y su larga relación con el CICCP (1988-2000) no puedo sino afirmar que siempre fue un ingeniero enormemente colegial y solidario con la institución. Quizá no hay mejor resumen de su talante y quehacer en el Colegio que sus propias palabras: “El establecimiento del Camino (de Santiago) a lo largo de varios siglos constituye una magnífica muestra de la labor de los ingenieros de caminos: la del callado servicio a la sociedad. Tanto entonces como ahora, el camino es el fruto del trabajo de un gran equipo de personas, en su mayoría anónimas, al servicio de una idea de progreso social”.

Acto de donación de la biblioteca de un excolegiado. Alfio Martín Olarte, José Antonio Torroja y Enrique Pérez-Galdós escuchan a una invitada.
Entrega de medallas. De izquierda a derecha: Enrique Pérez-Galdós, José Antonio Torroja y Javier Anitua.

Además de sus muchas y sobradamente conocidas virtudes ingenieriles, el rasgo más conspicuo de José Antonio Torroja fue su rapidez a la hora de hacerse cargo y comprender la naturaleza de los problemas junto a su capacidad para el consenso y el diálogo. Por último, cabe recordar que la relación que bajo su presidencia el CICCP mantuvo con la Caja Caminos, luego transformada en el Banco Caminos, siempre fue excelente y colaborativa. En suma, solo puedo afirmar que fue un gran presidente de nuestro Colegio durante tres ejercicios, que no es tarea sencilla, pero sobre todo ello, una persona digna del respeto y cariño que le profesamos. Tras tantos años de estrecho trato y colaboración con José Antonio puedo quizá compartir aquí que la mayoría de las veces bastaba una mirada para saber que coincidíamos en la posición sobre cualquier debate.

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