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Especial José Antonio Torroja

Un aplauso, por favor

Ana, Celia, Yago, Laura, Javier y Carlos Torroja Fungairiño

Hijos de José Antonio Torroja

José Antonio Torroja, rodeado por Yago, Javier, Carlos y su nieto Mateo en Rucandio (Cantabria, 2020).

Hablar de nuestro padre es hablar de alguien a quien con el paso de los años hemos llegado a ver como un ser excepcional. De pequeño no tienes perspectiva, es tu padre y crees que todos los padres son iguales. En este caso era un padre muy trabajador, que solía quedarse en su despacho hasta altas horas de la madrugada con su calculadora Hewlett Packard, emborronando con el portaminas las hojas de cuadrícula azul pálido de su Oficina Técnica. Sabíamos que llegaba una época de trabajo duro porque la nevera de casa se llenaba de botes de leche condensada La Lechera, que eran cocidos al punto y con los que endulzaba esas horas nocturnas. Y por trabajador fue también un padre ausente al que esperábamos entusiasmados los fines de semana para comer todos juntos, mientras el resto de los días la vida discurría casi siempre sin él. Lo que a veces era deseable, porque si coincidía que tenías algún examen de mates y le pedías que te explicara algo, a lo mejor ese día no tenía paciencia para soportar la torpeza de algunas de nuestras cabezas. 

Pero cuando él estaba, la casa se llenaba de música y le oíamos tocar el piano en el salón o escuchar a Beethoven o a Mahler a todo volumen mientras se relajaba tumbado en el sofá en una buscada semioscuridad. Ahí estaba el padre melómano que ha sido hasta sus últimos días, un apasionado de la música clásica que también trajo a casa de sus viajes los primeros discos de los Beatles, los Monkees, de Miriam Makeba, las Cuatro brujas, de Queen o de Pink Floyd. Ocurría a veces que alguno de nosotros tenía la suerte de dormitar a su lado en el sofá mientras escuchaba música, y si ese día tocaba Wagner, podíamos sentir todo el terror del anillo de los nibelungos subir como un escalofrío por nuestra espina dorsal mientras la música inundaba la sala y se desparramaba por toda la casa. 

Podía ser también que ese día, o cualquier otro, nuestro padre te pillase por el pasillo y de pronto, tras un rugido leonino, adquiriera la postura de un monstruoso simio con garras y decidiera perseguirte para comerte y hacerte cosquillas.

Entonces huíamos como locos porque sus cosquillas eran de esas que producen carcajadas histéricas imposibles de aguantar; aunque eso fuera, claro, lo que él buscaba. También podía pasar que, si se cruzaba con nuestra madre, le diera un cachete en el culo y ella se sobresaltase, tímida y ruborizada, ¡José, por Dios!, aunque claramente encantada. 

Luego estaba el padre de los veranos, el de las aguadillas en la piscina de la casa de Boadilla y las excursiones de buceo en Mallorca, en la finca de Portals. Cuando él estaba, todos los hermanos acudíamos como patitos a bucear por las aguas con y tras él, sintiéndonos muy valientes a su lado frente a las peligrosas morenas y los misterios que escondían los campos de anémonas y algas. Y allí aparecía el perfecto cazador de pulpos, que buceaba tan profundo y tan lento y tanto rato que los que estábamos arriba mirándolo con nuestras gafas y patos siempre pensábamos que si seguía un poco más, seguro que se iba a ahogar. Pero luego de pronto se quedaba quieto, atento a algo, lanzaba el tridente contra lo que parecía una roca y subía a la superficie con un pulpo enroscado en el palo, que luego nuestra yaya cocinaba y todos comíamos encantados. 

Los veranos eran también los del padre marinero, que nos enseñó a navegar en Optimist y con el que surcábamos la bahía de Palma en el 350. Más adelante, cuando ya los mayores entrábamos en la preadolescencia, nos metió en un velero cutre de 9 metros y, sin título alguno de patrón o capitán (eso vendría después), puso rumbo a una de las más fascinantes aventuras de nuestra infancia. Era el verano del 72 y llegar a Formentera fue llegar al paraíso. La isla era una isla de pescadores con carreteras polvorientas de arena, salinas rosadas y playas vacías y salvajes. En el puerto había que abarloarse a los barcos pesqueros y saltar de uno a otro para alcanzar el muelle. En su capital, San Francisco, animados por nuestro padre, probamos por primera vez la cerveza en una taberna junto a pescadores curtidos y desdentados, y en las playas de Espalmador, donde dormíamos fondeados junto a veleros gobernados por mujeres pirata con patas de palo, nadamos a placer por sus aguas turquesa entre gente que siempre estaba desnuda. Fue nuestro primer contacto con el paraíso. A partir de ahí todos los años volveríamos a hacer de salvajes por las islas baleares con nuestro padre el capitán, que trazaba rumbos sobre las cartas náuticas con la escuadra y el cartabón, hablaba muy serio por radio para confirmar nuestra posición o emergía de la sentina lleno de sudor y grasa tras reparar el motor. Con él aprendimos a orientarnos por las estrellas y escudriñar el horizonte, hasta que un aparatoso naufragio cambió nuestro rumbo. 

Era además el padre que fumaba en pipa, el padre despistado que perdía coches, el padre carpintero y el cocinero de plátanos flambée, o el que, concluido un arduo proyecto, dormía 36 horas seguidas y se presentaba a la mañana siguiente a una reunión que resulta que había sido ayer. También estaba el padre hacedor de maquetas, del Apolo 11, de coches o sofisticados aviones, y el meticuloso constructor de amplificadores, con su mesa de despacho atiborrada de transistores de colores, placas, cables, hilos de cobre y estaño y, por supuesto, el imprescindible soldador.

José Antonio Torroja, con sus hijos (2013).

Y por encima de todos flotaba siempre el eterno padre fotógrafo, que jugando con sus mimadas cámaras y objetivos, nos retrató a todos y a todas las edades en sesiones improvisadas y divertidas, y hacía reportajes de los viajes, que luego revelábamos por las noches con él, bajo la luz roja del cuarto de revelado, contemplando hasta altas horas de la madrugada cómo iban surgiendo las figuras sobre el papel fotográfico. Es otro de los recuerdos más bonitos y relajantes, porque allí estaban su curiosidad, su acción metódica, su perfeccionismo y su calma.

Todo eso fue quedando atrás cuando fuimos creciendo y nos independizamos, pero entonces surgió el padre consejero, el padre amigo, el padre abuelo, el padre que está ahí para lo que sea. Y con su enfermedad, o sus enfermedades, porque en sus últimos años tuvo bastantes achaques, apareció el mejor padre del mundo, el que no se queja, el que aguanta todo lo que le va pasando sin rechistar, manteniéndose casi hasta el final en su compromiso profesional y familiar, sacando fuerzas para hablar y contar anécdotas cuando casi ya no podía hablar, haciendo chistes y gracias y riéndose siempre a la mínima de cualquier detalle y de sí mismo. El padre que, sentado en su silla de ruedas frente al ordenador, se vio cien mil veces, y las cien mil sin pestañear, las películas Marte y Mi amigo el gigante, lo que dice todo sobre él y su capacidad de atención, su espíritu observador, su interés por los avances de la ciencia y el más allá astronómico, pero también sobre su sensibilidad y su ternura y su manera de disfrutar la inocencia de la infancia y los cuentos con final feliz.

Con los años y los avatares de la vida, fue aumentando nuestro conocimiento y la admiración por alguien que tuvo una fortaleza y una humildad excepcionales, que nunca se vanaglorió ni compadeció de su suerte, que estuvo claramente presente en cada uno de los segundos que vivió, escuchando atento a su interlocutor, siempre con algo que aportar, aunque solo fuera esa atención dulce que ofrecía su mirada. Alguien amable y discreto, de espíritu bohemio y aventurero, hedonista, vital, cariñoso, alegre y risueño, un amante de la vida, un buscador de la belleza y la perfección, un sabio tranquilo y cercano, un ser muy muy amado.

Por algo uno de nosotros, sus hijos, dijo cuando él murió: “No sé cómo explicarlo, pero a mí lo único que me apetece ahora es levantarme y aplaudir”.

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