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La Clave | El diseño en la obra pública 3
Diseñar sobre lo construido
El caso particular de las infraestructuras y su repercusión en el entorno
Xavier Font Solà
Director de Alfa Polaris.
A diferencia de otras disciplinas relacionadas con el diseño, en la ingeniería de la construcción, igual que en arquitectura, las obras se conciben en relación con un determinado entorno, el cual pasa a ser una preexistencia con la que se establecen profundas interrelaciones, el lienzo sobre el que se pinta la nueva realización. Pero ¿qué ocurre cuando la preexistencia incluye la presencia de una construcción anterior? Sin duda, este lienzo adquiere una dimensión mucho más compleja.
Con el paso del tiempo los seres humanos, de una forma casi inconsciente, asignamos determinados valores a ciertos artefactos con los que interactuamos. Esta atribución va acompañada de la creación de unos lazos, podríamos decir afectivos, que establecemos con estos objetos. Esto ocurre de forma individual, pero también a nivel de colectividad. Por este motivo, no solo los monumentos, que muy a menudo son obras concebidas con ánimo de trascender, sino también algunas construcciones pueden acabar adquiriendo significancia para las comunidades que se relacionan con ellos.
Por ello, cuando se actúa sobre una construcción preexistente no solo habría que tener en consideración el marco físico en el que se interviene, sino también los vínculos inmateriales que este puede tener con las comunidades con las que se relaciona.
En este artículo hablaré, pues, de las particularidades de intervenir en un determinado tipo de bienes a los que la sociedad les ha podido atribuir determinados valores a pesar de no disfrutar de una protección legalmente establecida. Es el caso de muchas obras públicas, que, sin duda, tienen un gran potencial para mejorar la calidad del entorno en el que se insertan.
Las obras públicas. Un patrimonio poco reconocido
Los monumentos son bienes únicos, muy importantes en la historia y la identidad de los pueblos, y que, por esa misma singularidad, son escasos. Generalmente son artefactos ajenos a nuestra vida cotidiana que vamos a visitar de forma extraordinaria. Hay otra categoría de bienes con valores patrimoniales raramente reconocidos, que tienen, en cambio, una importancia primordial en la configuración de nuestro entorno más inmediato y, por ende, en su calidad. A diferencia de los primeros, no los vamos a visitar, sino que convivimos con ellos, forman parte de nuestra cotidianidad y, por ello, pueden tener una contribución significativa en el bienestar de las comunidades con las que están relacionadas.
Dentro de este segundo grupo se encuentran muchas infraestructuras. Pero, salvo algunas excepciones que han alcanzado la categoría de monumentos, históricamente no se ha considerado las obras públicas como bienes integrantes del patrimonio cultural o arquitectónico; en ellas ha prevalecido su valor de uso. Por lo general, las actuaciones en este tipo de obras se han regido por la aplicación de criterios meramente técnicos, económicos y funcionales, pero pocas veces ha intervenido la preocupación por la defensa de sus valores patrimoniales.
Esta consideración no solo ha procedido de la sociedad, sino también de la misma profesión. Los ingenieros justificamos el interés de las obras públicas por la utilidad social que tendrán en 25, 50 o 100 años en relación a su coste. Desde esta perspectiva utilitarista, las obras públicas se consideran amortizadas terminada su vida útil, y las que no pueden seguir cumpliendo la función para la que fueron creadas, o no es posible darles otro uso, pueden derribarse. Respecto a esto último, es importante destacar que, a diferencia de los edificios, las infraestructuras por lo general se caracterizan por su poca flexibilidad para adaptarse a usos distintos para los que fueron construidas, hecho que dificulta su rehabilitación.
Hay, sin embargo, casos de éxito. Por ejemplo, la recuperación de la High Line de New York, que actualmente es un parque lineal elevado construido a lo largo del viaducto de una antigua línea de ferrocarril en desuso en el centro de Manhattan. En lugar de demoler sin más la plataforma de la vía de tren abandonada, se decidió reutilizar su estructura para crear un espacio verde público único, cuyo diseño incluye senderos, jardines y zonas de descanso que ofrecen fabulosas vistas panorámicas de la ciudad.
No hay duda de que las obras de ingeniería han sido fundamentales a la hora de configurar el territorio. No se pueden entender los paisajes rurales, urbanos o periurbanos sin las obras de ingeniería, así que no debería haber duda de que forman parte del patrimonio cultural, urbano y territorial, al igual que las obras de arquitectura histórica, los yacimientos arqueológicos, o los conjuntos históricos de las ciudades. Pero la justificación de la conservación de las obras de ingeniería con valores patrimoniales va más allá de su interés histórico, arqueológico o técnico para entrar en su capacidad de creación y definición de lugares y paisajes que no serían entendidos ni valorados sin su presencia (Nárdiz, 2007).
Por otra parte, no debe olvidarse que muchas obras públicas siguen dando servicio. El paso del tiempo comporta su progresivo envejecimiento y, a veces, también su integridad puede verse afectada por la ocurrencia de eventos accidentales. Además, las necesidades y exigencias de la sociedad hacia estas infraestructuras evolucionan. Todo ello hace que sea inevitable tener que actuar sobre muchas de ellas para mantenerlas, repararlas o ponerlas al día.
Muy a menudo estas intervenciones se han hecho con unos planteamientos en los que se ha priorizado la satisfacción de las necesidades funcionales y materiales de la sociedad, dejando de lado otras aspiraciones no tan tangibles, pero no por ello menos importantes, relacionadas con el bienestar emocional de las personas.
El entorno. Elemento esencial en el bienestar de las personas
En relación con este tema, es muy interesante la lectura del texto de la conferencia que, con el título «Construir, habitar, pensar», impartió Martin Heidegger en 1951 en Darmstadt, Alemania (Heidegger, 1954). Hacía poco que la Segunda Guerra Mundial había terminado, las ciudades habían resultado arrasadas por los ejercidos aliados, la población luchaba por sobrevivir y había una necesidad urgente de construir para paliar el importante déficit de viviendas que se estaba sufriendo. Frente a esta situación de emergencia, Heidegger desconcertó a los asistentes cuando, ante los programas de reconstrucción consistentes en la realización masiva de barrios de bloques residenciales, criticó cómo se estaba planteando la construcción como un mero acto de producción y no como un proceso para hacer un mundo más habitable que facilitara que los seres humanos pudieran alcanzar su plenitud personal y, a la vez, tuviera un máximo respeto por los lugares afectados por las transformaciones. Una curiosidad de ese acto es que para argumentar sus ideas Heidegger utilizó como ejemplo el puente y no el edificio residencial.
Pese al gran impacto que ha tenido ese texto en medios académicos, al cabo de 70 años sus ideas no han sido asumidas de forma generalizada. Sin embargo, a menudo han ayudado a despertar sensibilidades y reconsiderar las maneras cómo intervenimos en nuestro entorno, cuya transformación debería contribuir a la mejora del marco vital de los individuos y, de esta forma, facilitar que tuvieran una existencia más plena. Manteniendo su carácter y singularidad se consigue que los espacios se conviertan en lugares, sitios donde las personas no se vean perdidas ni desarraigadas y perciban que tienen una significancia para ellas. Vivir en espacios de calidad contribuye a que los ciudadanos se sientan más identificados y también más comprometidos con el lugar en el que viven; este compromiso incrementa el capital social de las comunidades y, por tanto, el potencial para mejorar su bienestar.
¿A qué nos referimos cuando hablamos de valores patrimoniales?
Los valores patrimoniales de un bien se refieren a las características que lo hacen merecedor de conservación y protección en cuanto que patrimonio cultural. Estos valores pueden ser tangibles e intangibles y se basan en el significado histórico, cultural, social, estético, técnico o científico de la obra.
Los valores tangibles son aquellos que pueden ser medidos o evaluados en términos físicos y materiales como la calidad y la autenticidad de los materiales, la técnica de construcción, la escala, la dimensión y el diseño arquitectónico de la obra.
Los valores intangibles, en cambio, son aquellos que no se pueden medir en términos materiales, sino que se basan en la percepción subjetiva del significado cultural, histórico o simbólico de la obra. Estos valores incluyen el significado cultural y simbólico, la asociación con eventos históricos o culturales, la importancia para la identidad de una comunidad o sociedad, el valor artístico y estético, la influencia en el desarrollo de la arquitectura o el diseño, o su valor educativo y didáctico.
Aunque existe una cierta tendencia a identificar el valor patrimonial con la antigüedad, no siempre las obras con interés cultural deben ser antiguas. Construcciones recientes pueden tener reconocidos intereses culturales y, por tanto, ser merecedoras de una protección especial; aunque es verdad que el paso del tiempo es un buen juez a la hora de dictaminar la valía de un bien.
También hay que tener en cuenta que estos valores no tienen un carácter universal, sino que pueden cambiar a lo largo del tiempo, o de una comunidad a otra.
Las intervenciones que reconocen y aceptan el inexorable paso del tiempo posiblemente respetan mejor la significación de la obra hacia sus coetáneos
Elementos susceptibles de protección
Muy habitualmente, la atención a la dimensión patrimonial de las obras públicas se ha centrado en los elementos singulares, como puentes y viaductos, estaciones de tren, presas, faros, etc. Este podría ser considerado un nivel intermedio, por debajo del cual estaría el nivel de los componentes de la obra (tableros, contenciones, escaleras, barandillas, compuertas, válvulas, pilas, cimentaciones, etc..); por encima estaría el sistema del que forman parte los elementos de estas dos primeras categorías.
Generalmente se ha puesto muy poca atención en el valor patrimonial de este tercer nivel, el de las infraestructuras concebidas como sistemas, configuradas como ejes o redes, que son las que vertebran más intensamente el patrimonio territorial (Ruíz et al., 2013).
Esta aproximación más habitual, centrada en los nodos más que en las redes, ha dejado a un lado la dimensión territorial de este patrimonio y, al mismo tiempo, ha llevado a una situación generalizada de poca protección de otros elementos que no han llegado a alcanzar la consideración de monumentos. Estos, además, al formar parte de sistemas que todavía están en uso, a menudo han sufrido fuertes presiones de transformación para ponerlos al día y así poder atender las cambiantes necesidades a lo largo del tiempo. Por ello es tan importante reconocer el valor patrimonial de las obras y sus componentes y extender esta mirada hasta este tercer nivel.
Criterios de intervención. Una diversidad de enfoques
Las primeras teorías sobre la restauración nacen en Francia e Inglaterra en el siglo XIX. Viollet-le-Duc (1814-1879) apostaba por conservar el estilo originario de la obra borrando toda huella de las intervenciones realizadas a lo largo de su existencia y, cuando no tenía suficiente información sobre su estado inicial, no dudaba en recrearlo con poco rigor histórico. El resultado es una obra que puede ser poco parecida a la original, pero que crea una falsa sensación de similitud con aquella. Así lo hizo, por ejemplo, en su intervención en la catedral de Notre Dame de París, donde, por ejemplo, no dudó en reponer la aguja que había habido sobre el crucero de la nave con un diseño que poco tenía que ver con el de la flecha original, que había sido retirada por su mal estado hacía más de 150 años.
Antagonista de Viollet-le-Duc, el británico John Ruskin (1819-1900) consideraba que un buen mantenimiento de los edificios podía evitar la necesidad de restaurarlos y, en caso de degradación, defendía la consolidación de la ruina para evitar su progresión, pero no efectuar ningún tipo de restitución.
Otra actitud extrema es la que Javier Rivera Blanco designa como creadora, defendida sobre todo por «arquitectos estrella que no quieren saber nada de la preexistencia y hacen dominante y protagonista su aportación» (Rivera Blanco, 2015).
Una posición intermedia respecto a las anteriores es la que tiene su origen en las ideas de Camillo Boito (1836-1914). Este defendía la postura de que «cuando sea inevitable la intervención (en un edificio), este deberá ser consolidado antes que reparado, y reparado antes que restaurado», de manera que la restauración sería el último recurso de la actuación en un bien (Rivera Blanco, 2015). Abominaba del intervencionismo de Viollet-le-Duc y abogaba por la diferenciación entre lo antiguo y lo nuevo. Si, llegado el momento, los añadidos fueran inevitables, proponía un método basado en ocho procedimientos en el que las intervenciones deberían caracterizarse por una diferenciación entre lo viejo y lo añadido nuevo, tanto en el estilo como en los materiales, con un claro contraste visual, material y táctil entre las partes antiguas y nuevas, simplificando además los ornamentos de los elementos añadidos.
Aunque estos criterios se centran mucho más en la intervención sobre bienes que han adquirido un carácter monumental, también pueden ser de aplicación a estas otras obras a las que nos referimos aquí y que, aunque sin un reconocimiento explícito, son poseedoras de valores patrimoniales merecedores de protección.
En cualquier caso, esta diversidad de enfoques pone de manifiesto el hecho de que seguramente no hay recetas generales de intervención, sino que, como en todo proceso de diseño, hay una búsqueda de un cierto balance en la satisfacción de los requerimientos que cada caso presenta, muy dependientes de sus circunstancias particulares.
Por ejemplo, en la intervención sobre bienes destruidos en acciones bélicas no es insólito acudir a la reconstrucción mimética. Así se hizo en el Puente Viejo sobre el río Neretva, en Mostar (2004), destruido durante las guerras yugoslavas. En este caso, con objeto de superar las secuelas de las atrocidades de la contienda, se optó por una reconstrucción completa de la apariencia del puente antes de la destrucción de la guerra. Esta parecía ser la mejor manera de ayudar a reconstruir una comunidad rota. Al borrar las huellas de un período de la historia del puente se dejaron de lado la autenticidad y la honestidad de la intervención para cumplir una tarea que se consideró socialmente más relevante (Capdevila-Werning, 2013).
Para acabar
La no universalidad de los valores patrimoniales y la diversidad de criterios a la hora de intervenir hacen que sea muy difícil establecer recetas generales de actuación.
De todas maneras, el resultado de actuar sobre preexistencias, por mucho que se adopte una postura muy conservacionista, siempre será algo nuevo y distinto, en el que la huella de la intervención, aunque pueda quedar oculta para el neófito, permanece en la materialidad transformada. Por esta razón, intentar borrar las huellas del paso del tiempo, o querer retroceder a un estado pretérito, seguramente es una quimera.
Por ello, las intervenciones que reconocen y aceptan el inexorable paso del tiempo posiblemente respetan mejor la significación de la obra hacia sus coetáneos y la transmiten con más honestidad a las generaciones futuras.
Referencias
1
Capdevila-Werning, R. (2013). Constructing the Absent. Preservation and Restoration of Architecture. Proceedings of the European Society for Aesthetics, Friburgo (Suiza). Pp. 163-177.
2
Heidegger, M. (1954). Bauen, Wohnen, Denken: Vorträge und Aufsätze. Traducción al castellano por Jesús Adrián Escudero (2015) Construir, Habitar, Pensar. Madrid, Oficina de Arte y Ediciones, S.L.
3
Nárdiz, C. (2007). Obras de ingeniería y creación de paisajes. Madrid, Revista de Obras Públicas (n.º 3474). Pp. 19-32.
4
Rivera Blanco J. (2015). La autenticidad en la restauración de la arquitectura: Un debate permanente desde Viollet hasta después de Nara. Arquitectura, patrimonio y Ciudad, Madrid, Universidad Complutense de Madrid, pp. 15-34.
5
Ruiz Fernández, R.; Coronado Tordesillas, J.; Rodríguez Lázaro, F. (2013). La recuperación del patrimonio de las carreteras históricas. Madrid, Revista de Obras Públicas (n. º 3540), pp. 51-58.