[pms-logout text="Bienvenido, {{meta_user_name}}" link_text="Salir"]
[pms-logout text="Bienvenido, {{meta_user_name}}" link_text="Salir"]

Monográfico | Agustín de Betancourt

Ingenio, ingeniería, ingeniero

Los orígenes de una profesión

Inmaculada Aguilar Civera

Fundación Juanelo Turriano

Catedrática de H.ª del Arte, Universidad de Valencia.

Traza de la Ciudadela de Pamplona, Fuente: Bibliothèque Nationale de France.

Definir una profesión, definir una disciplina, su significado, sus objetivos, sus funciones, sus habilidades, competencias y atribuciones, su formación, etc. es un proceso que ha dependido, a lo largo de la historia, de la implicación de unos profesionales a las políticas militares y de fomento, y a su relación con las necesidades de la sociedad.

La definición de ingenio como máquina de guerra, la singular figura del ingeniero del rey o del ingeniero militar del siglo XVIII, la ambivalente definición de obra pública en el período comprendido entre el periodo romano y el siglo XX según Lucio del Valle, e incluso la polémica sobre la definición de ingeniería e ingeniero entre la Academia de la Lengua y las nuevas voces de ingenieros de caminos como Eduardo Saavedra y Pelayo Clairac son trazos de un camino. Un interesante relato histórico que va conformando la figura del ingeniero de caminos, un proceso que tiene su punto de inflexión en la creación de la Escuela de Caminos y Canales de Agustín de Betancourt.

Es sabido que la etimología del término ingeniero procede del latín ingenium; sin embargo, esta unanimidad se diluye pues su interpretación ha suscitado más de un debate a lo largo de la historia. Ingenium tiene varios sentidos, entre ellos: «disposición natural del espíritu, genio», «invención»… En latín medieval, engignour, enghinart significa «objeto inventado» o se refiere a aquel que dispone de ingenio, inteligencia inventiva, que ejerce su ingenio en una invención práctica, o también a quien produce ingenios, es decir, máquinas o instrumentos de guerra. En ocasiones el término se asocia a la ciencia matemática y, en concreto, al álgebra.

Fernando Sáenz Ridruejo e Ignacio González Tascón nos relatan la importancia de las obras públicas realizadas en la Antigüedad. Igualmente se conocen algunos de los artífices de esas imponentes obras, tales como el abastecimiento de aguas de Samos por Eupalinos de Megara; el puente sobre el Bósforo por Mandrocles de Samos; el canal sobre la península de Athos para el paso de la escuadra de Jerjes proyectado por Artequeas, etc. Y conocemos la importancia de las obras públicas romanas, muchas de las cuales nos han sido legadas, como el puente de Alcántara y su constructor Cayo Julio Lacer (1).

En 1862, Eduardo Saavedra, en su discurso de recepción como académico de número en la Academia de Historia titulado Las obras públicas en tiempos antiguos, centra su investigación en el mundo romano. Sus primeras reflexiones se dedican a la definición de obra pública. Es interesante el perfil que introduce a la obra pública como historia del transporte, historia del comercio y de las comunicaciones, un perfil que le da el punto de partida para centrarse en los tres principales ramos de la ingeniería: la navegación marítima, la navegación interior y los caminos terrestres (2). Ello refleja ya las funciones de una profesión que todavía necesitaba de un largo proceso de consolidación:

“El significado de obra pública no ha sido el mismo en todas épocas y lugares. Cuando la institución del Estado tenía en las repúblicas de Grecia y Roma tal amplitud que absorbía y anulaba la acción personal de los ciudadanos, eran obras públicas el puerto y el camino, la cloaca y el acueducto, la basílica y el foro, las termas y la naumaquia, el templo y el anfiteatro. Pero las modernas administraciones que se concretan más y más cada día al círculo de su verdadero deber, reducen al mismo compás el de los trabajos que toman á su cargo; y aunque construyen puertos y caminos, cuarteles y fortalezas, dejan por completo a la actividad privada que multiplique por do quiera los centros de comodidad, de utilidad y recreo. 

Puente de Alcántara en Extremadura (106 d. C.). Sobre la fábrica de puentes. (1769). M. Sánchez Taramas. Fuente: Fundación Juanelo Turriano.

Mas aún así es vaga la idea de obra pública, y como el asunto de mi discurso ha de ser determinado, no pienso comprender bajo este nombre sino las obras destinadas a facilitar la industria de los transportes. Modesto y reducido podrá parecer este objeto á primera vista; pero si observáis que la industria que he nombrado es la parte esencial del comercio, y recordáis que es este el único instrumento con que la inteligencia del hombre ha conseguido amontonar esa suma inmensa de progreso que la imaginación no abarca, comprenderéis que el objeto es grande, y digno de atención lo que tiende a realizarlo» (3).

En el Renacimiento se reivindica el sentido del «poder de invención» asociándose, dentro de la tradición humanista, en un arte como el de la oratoria, la poesía, o de la arquitectura. Será a través de las infraestructuras militares que los ingenieros devinieron inventores-diseñadores de la nueva fortificación, reivindicando su posición. Aparecen por primera vez los tratados de arte militar, que adquieren así su propia entidad como una nueva disciplina más técnica, una literatura propia que se desgaja del tratado de arquitectura clásico (4). En el siglo XVI el ingeniero adquiere un gran prestigio. Los primeros ingenieros del Renacimiento no formaron una profesión en el sentido moderno del término. Sus competencias eran vastas y poco definidas: abarcaban desde la arquitectura, la concepción de máquinas, la técnica hidráulica y la fortificación. Fueron individuos aislados al servicio de reyes, príncipes o comunidades, al margen de las típicas corporaciones gremiales, eran los llamados ingenieros del rey. Se distinguían de los oficios por ser hombres de proyecto, de conceptos basados en el saber geométrico y mecánico, capaces de decisiones esenciales ante un encargo constructivo. Una ambición universalista de conciliar el conocimiento teórico con el saber hacer/práctico. Desde los orígenes, la figura del ingeniero es inseparable de esta ambición intelectual: la búsqueda de un género de conocimiento nuevo donde la especulación y la acción son indisociables. Personajes como Juanelo Turriano, los Antonelli, Juan Francisco Sitoni, Juan de Herrera, Cristóbal de Rojas, Jerónimo de Ayanz y Pedro Zubiarre fueron algunos de los ingenieros que trabajaron para la Corona española (5).

Durante todo el siglo XVI y XVII en todos los reinos europeos van apareciendo numerosos ingenieros especialistas en fortificación. En Francia este proceso desemboca en 1691 en la creación de un Cuerpo de Ingenieros del Rey bajo la dirección del mariscal de Vauban (6). Este cuerpo jerarquizado, con conocimientos comunes, será un modelo para otras monarquías. Además de la fortificación, tendrán el privilegio de ejercer la hidráulica como parte de sus competencias (7). El tercer pilar será la cartografía, pues tanto en el trabajo de fortificación como en el de hidráulica es absolutamente necesario apoyarse en esta disciplina, que permite pensar en el espacio, entre el proyecto y el territorio, y que es necesaria para su organización. Al abandonar en gran medida «la construcción de máquinas», el ingeniero tiende a concentrar sus intereses en los problemas territoriales y urbanos.

En la Ilustración el protagonista era el ingeniero militar, en cuyas competencias se reunían tanto las propiamente militares como las civiles. El siglo XVIII será el siglo de oro de la ingeniería militar. En España en 1710 se crea el Real Cuerpo de Ingenieros Militares y en 1711, la Real Academia de Matemáticas de Barcelona. En ambas instituciones el primer director será el mariscal Jorge Próspero de Verboon, de origen flamenco y discípulo de Fernández de Medrano (antiguo director de la Academia Real y Militar del Ejército de los Países Bajos de Bruselas). En los años siguientes se fueron dictando ordenanzas que estructuraban el cuerpo en diferentes ramas y especialidades. La Ordenanza de 1718 define perfectamente la función del Cuerpo y de la política territorial de la nueva dinastía borbónica. 

Debemos hablar de tres funciones fundamentales: 1) adecuación defensiva del territorio; 2) reconocimiento territorial; y 3) intervención territorial, especialmente a través de obras públicas estructurales (8). Así, sus miembros, además de crear un sistema de defensa del territorio y de construir obras militares y reales, tenían la misión de conocer e informar sobre los recursos agrarios, industriales e hidráulicos de la nación, punto de partida de su actividad constructora.

Los ingenieros militares tanto españoles como franceses (ordinarios y geógrafos) gozaron de una excelente reputación durante todo el Antiguo Régimen, contribuyendo a la modernización de los países para los cuales trabajaron. En 1740 se crearon los títulos de ingenieros y delineadores. En 1768 se fundaron dos nuevas Academias, la de Orán y la de Ceuta. A finales de siglo, los ingenieros militares fueron los mejor formados y capacitados para realizar estos trabajos (9).

La aportación de la Ilustración a la realización de infraestructuras marca una etapa en la historia de la organización del territorio. La acción de los ingenieros se encuentra en un contexto amplio y no solo definido por una determinada obra: se actúa sobre un espacio, sobre un territorio del que dependerá su aprovechamiento económico. Las obras públicas adquieren una clara dimensión espacial y territorial. Este interés se manifiesta por la importancia que toma la cuestión de intensificar los cambios económicos. Desde los escritos del abad Saint-Pierre a las memorias de los fisiócratas se contempla la exigencia de poner en circulación hombres y mercancías. Al antiguo ideal de hegemonía militar, el nuevo pensamiento económico se sustituye por la búsqueda de una pujanza agrícola, comercial y manufacturera fundada en las comunicaciones más fáciles entre las ciudades y sus puertos.

El progreso del álgebra y la geometría será también parte de las artes del ingeniero en relación con la técnica y sus aplicaciones. Los avances en el estudio analítico crean nuevas expectativas, la más importante de las cuales será dar la clave y un discurso que puede transmitirse a través de la enseñanza. Es el espíritu, el origen, de la creación de las escuelas de ingenieros civiles. En el Siglo de las Luces se es consciente de la importancia social y cultural de la ciencia. Nace la noción moderna del progreso, que se traduce en la fundación de toda una serie de instituciones, entre las que están las de formación del ingeniero. Y, bajo el modelo del ingeniero militar, sigue la de los ingenieros de caminos en toda Europa (10). Este movimiento de institucionalización y escolarización de las élites técnicas es un hecho europeo y Francia es, en cierta medida, el modelo. 1747 es la fecha de la creación de l’École des Ponts et Chaussées; 1783, la de l’École des Mines y 1794, el año de creación de l’École Polytechnique. El otro modelo europeo será el inglés, esto es, un ingeniero civil que trabaja en el sector privado, se forma mediante el aprendizaje en talleres y que tiene una concepción lógica de la rentabilidad económica (11).

En España, el término «obra pública» no se utilizó hasta el siglo XIX coincidiendo con la aparición del ingeniero civil gracias a la creación del Cuerpo (1799) y de la Escuela de Caminos y Canales (1802). En este punto debemos recordar la figura de Betancourt, no solo por las múltiples facetas profesionales ya reconocidas, sino también por su gran colaboración al consolidar esta profesión y crear una enseñanza científica y práctica, adecuada a las necesidades del nuevo Estado. Un profesional capaz de resolver cualquier obra de utilidad pública, cualquier equipamiento técnico colectivo. Su estancia como pensionado en París y su conocimiento de las políticas territoriales y económicas de la nación vecina indujeron a Betancourt a aplicar la experiencia francesa en España. 

Jefes y oficiales de ingenieros. Memorial de Ingenieros, 1860.

En este momento ya se puede observar que el ingeniero militar veía cercenadas sus competencias. Será la Real Orden de 26 de julio de 1803 la que, refrendando las propuestas de Betancourt, desarrolladas en su informe «Noticia del estado actual de los caminos y canales de España» escrito el 26 de julio de 1803, se reorganizaba la plantilla técnica de la Inspección de Caminos. En ella se definía por primera vez y de manera oficial la titulación de «Ingeniero de Caminos y Canales» al anotar: «Todos estos individuos, en sus respectivas clases, se denominarán ingenieros de caminos y canales, iniciándose con este nombre una carrera de honor y de personas facultativas que dedican sus tareas al servicio del rey y del público en un ramo tan importante a la prosperidad del estado» (12). Progreso y utilidad pública son dos discursos propios del ingeniero.

Planta, corte y frontispicio de la entrada del río Júcar en la Real Acequia. España Fuente: Ministerio de Cultura. Archivo Histórico Nacional.

Es cierto que con la creación de la Inspección de Caminos y de la Escuela se configuraba la figura y profesión del ingeniero separándolo del ramo militar. No fue tan clara la determinación de competencias, así como la propia definición de ingeniería (13).

Volviendo al inicio de este breve discurso y penetrando en la definición académica de la disciplina, se observa que, como concepto, en el siglo XIX no estuvo actualizado ni reflejaba una profesión. Es curiosa la polémica de Pelayo Clairac y Eduardo Saavedra al enfrentarse a la Academia de la Lengua a finales del siglo XIX. En 1888, cuando se publica el IV tomo del Diccionario de Arquitectura e Ingeniería, Clairac critica a la Academia por depurar palabras que están en uso y la necesidad de definir este término que «nombra» la profesión del ingeniero. Así, remarca que esta profesión es: «La persona instruida en los diversos ramos de la construcción. La autorizada por sus estudios especiales y título recibido para dirigir ciertas construcciones civiles, militares, navales, etc., según el ramo á que se circunscriben sus conocimientos», frente a la definición de la Academia de la Lengua que solo se refería al «arte que enseña á hacer y usar las máquinas y trazas de guerra» (14).

Las referencias a las objeciones del término ingeniería se encuentran también en las páginas de la Introducción de este Diccionario redactadas por Eduardo Saavedra, que incide de nuevo en el uso extensivo del término y no solo exclusivo del militar:

Encarte publicitario del Diccionario General de Arquitectura e Ingeniería, de Pelayo Clairac (1877-1908)

“Menos nueva es la palabra ingeniería para expresar la profesión del ingeniero, y sin embargo, antes de nacer la obra ha sido ya censurada por personas doctas que han arqueado las cejas al oírla en la lectura del prospecto, aunque á mi ver, nada hay más castizo y legítimo que decir ingeniería á la profesión del ingeniero, como se dice caballería al instituto de los caballeros, artillería á la facultad de los artilleros, arriería al oficio de los arrieros é ingeniería, por fin, llama el mismo Diccionario de la Academia al arte del ingeniero en su acepción militar, única que antiguamente se concedía á nuestro honrosísimo título. Y si en todas las lenguas europeas los dos sustantivos se han extendido de lo militar á lo civil, y en España no se repugna que se haya igualmente extendido uno de ellos, ¿por qué rehusar al otro el mismo útil privilegio? Claro es, que para esta apropiación ó derivación de palabras en el seno mismo de nuestra lengua, buscando en ella los elementos de vitalidad y de flexión que es demasiado común desconocer, se necesita criterio apropiado y cierto hábito de buen gusto» (15).

Tanto Clairac como Saavedra defendieron siempre el término extensivo de ingeniería como la de la profesión del ingeniero: un profesional cuya formación especializada y científica le distanciaba y marcaba diferencias con otras profesiones. Unos términos que procedían claramente de los objetivos de la Escuela de Caminos cuando fue creada por Betancourt.

Notas

1

Sáenz Ridruejo, Fernando. (2005). Los ingenieros de Caminos, Madrid, Colegio de Caminos, Canales y Puertos, 1996; González Tascón, Ignacio, Historia del Transporte en España, Ineco-Tifsa.

2

Aguilar Civera, Inmaculada, El discurso del ingeniero en el siglo XIX. Aportaciones a la Historia de las Obras Públicas, (2012), Madrid, Fundación Juanelo Turriano, Generalitat Valenciana, pp. 76-77.

3

Saavedra, Eduardo, «Discursos leídos ante la Real Academia de la Historia en la recepción pública de Don Eduardo Saavedra, el día 28 de Diciembre de 1862». (1863). Revista de Obras Públicas, Colección Memorias y Documentos, Madrid, Imprenta de Manuel Galiano, pp. 6 y 7.

4

El tratado de Gian Battista Bellucci (Il trattato delle fortificazoni di terra, 1545) es el primer trabajo de un ingeniero especializado en fortificaciones que pone en duda la imagen del arquitecto universal.

5

García Tapia, Nicolás, Ingeniería y arquitectura en el renacimiento español. (1990). Secretariado de publicaciones de la Universidad de Valladolid; Cámara Muñoz, Alicia, «La profesión de ingeniero: los ingenieros del rey», en Silva Suarez, Manuel, (ed.), El Renacimiento: de la técnica imperial y la popular, Zaragoza, Real Academia de Ingeniería, 2004, pp. 125-164.

6

En 1668, bajo el reinado de Luis XIV y la dirección de Vauban, se creó el «Dépôt» de la Guerra con la finalidad de organizar los ingenieros militares.

7

La literatura técnica sobre hidráulica fue importante en el siglo XVII: Della misura dell’acque correnti, de Benedetto Castelli, 1628; Della natura dei fiumi, de Domenico Giuglielmini, 1697. Ver: Lanza, César El agua y los signos de la razón, (2023), Madrid, Ciencia y cultura de la técnica, pp. 161-184.

8

J. E. Sánchez, «Los ingenieros militares y las obras públicas del siglo XVIII» en Cuatro conferencias sobre historia de la ingeniería de obras públicas en España (1987)., CEHOPU, Madrid, pp. 48-53.

9

A. Bonet Correa, Cartografía Militar de Plazas Fuertes y Ciudades Españolas, siglos XVII-XIX, 1991, Instituto de Conservación Restauración de Bienes Culturales, Madrid, pp. XXVIII-XXIX.

10

Este discurso técnico de construcciones modernas se contempla en numerosos tratados: el Traité des ponts y el Traité des chemins, de Hubert Gautier, 1715 y 1716; L’Architecture hydraulique, de Bernard Forest de Belidor, 1737-1753. Obras que fueron referentes en toda Europa. Otros autores como Jean Rodolphe Perronet, Pierre-Simon Girad a finales del XVIII o el de Louis-Joseph Vicat de inicios del siglo XIX, tuvieron igualmente una gran difusión.

11

Su identidad se afirma a través de asociaciones profesionales como Society of Civil Engineers, fundada en 1771, o la Institution of Civil Engineers, creada en 1818.

12

Citado por Sáenz Ridruejo, Fernando, Los ingenieros de Caminos. (1996), Colegio de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos, Madrid, p.52.

13

De gran interés es el desarrollo del término «obra pública». Ver: Aguilar Civera, Inmaculada, El discurso del ingeniero en el siglo XIX. Aportaciones a la historia de las obras públicas en España, 2012, Fundación Juanelo Turriano-Generalitat Valenciana, Madrid.

14

Clairac y Saenz, Pelayo. «Ingeniero». Diccionario General de Arquitectura e Ingeniería. (1888). Imprenta de A. Pérez Dubrull, tomo IV, p. 91.

15

Saavedra, Eduardo «Introducción», Diccionario General de Arquitectura e Ingeniería, 1877, Talleres de impresión y reproducción. Zaragozano y Jayme, tomo I, pp. VII-VIII.

Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.