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Extraordinario | Javier Manterola

Javier Manterola: invariantes y transiciones

Javier Manterola fue, como todos los ingenieros, un hombre de transición. En este artículo se observa la evolución de su obra a la luz de un conjunto de rasgos de su personalidad y quehacer profesional que permanecieron esencialmente inalterados durante toda su carrera, así como de otros que variaron a consecuencia de su propia evolución personal y de las transformaciones en el entorno de la ingeniería estructural de finales del siglo XX, tales como el sobredominio técnico para los puentes de luces cortas y medias.

Juan José Jorquera Lucerga

Dr. Ingeniero de caminos, canales y puertos. Profesor titular de la Universidad Politécnica de Cartagena.

La historia: Puente de Alcántara .©Adobe Stock

Es imposible entender la ingeniería estructural española reciente sin la aportación, especialmente al mundo de los puentes, de Javier Manterola. Este mismo número especial ilustra lo amplio y contundente de su contribución, y cómo se puede encontrar inspiración suficiente en cada una de las muchas facetas de su magisterio. Este artículo solo es, pues, uno de los muchos posibles, y quizá su leitmotiv sea trivial: Manterola fue un hombre de transición porque fue ingeniero. Ciertamente, los ingenieros descubren en su madurez que el mundo que esperaron heredar de jóvenes ya ha desaparecido, en parte debido, irónicamente, a su propia labor transformadora. Esto les obliga, para no verse desfasados, a adaptarse al mundo que han alterado, tanto más frenéticamente cuanto más profundas son sus transformaciones. No se puede, pues, ser ingeniero sin cambiar el mundo ni sin aceptar, a su vez, ser cambiado por este.

Pero, a la vez, en todos nosotros pervive un núcleo, invariante con el tiempo o con las adversidades, en el que nos reconocemos y que configura nuestro modo de habitar el mundo. Esta combinación de rasgos invariantes y transiciones nos asemeja a una chacona, la danza barroca construida a partir de unos pocos compases en la voz grave, continuamente repetidos e inalterados durante toda la pieza —el llamado bajo obstinado—, sobre el que suenan las voces superiores con sus variaciones melódicas.

Este artículo describe cómo en Manterola, al igual que en todos nosotros, conviven rasgos que permanecieron numantinamente constantes con otros —acaso los de mayor aliciente— que hacen de él un hombre de transición. Sin embargo, al igual que las voces superiores de la chacona no pueden evolucionar con independencia, sino en consonancia con el bajo obstinado, Manterola evolucionó solo hasta donde se lo permitió su personalidad y su concepción de la ingeniería. Como veremos, no reaccionaría de la misma manera que sus contemporáneos a las mismas variaciones del entorno, como ocurrió, por ejemplo, con la generalización de la informática, las particularidades de las empresas consultoras o el sobredominio técnico para los puentes de luces cortas y medias de finales del siglo XX. Confío en que este artículo contribuya a la comprensión de su figura y a apreciar mejor la evolución de su obra.

Algunos invariantes (o quizá no tanto)

La entrega. Manterola trabajó incansablemente durante una carrera que se prolongó hasta una edad muy avanzada. Aceptó que la entrega total era un peaje justo por ejercer una vocación que exige mucho más de lo que da. En algún texto reconoció su adicción al trabajo, para el cual la ya exigente jornada habitual resultaba insuficiente, hasta confesar que sus hijos no le siguieron por no vivir como él. Pero también declaró que el único acercamiento posible a su profesión es amarla. Y ya se sabe que el que ama no escatima.

La artesanía. Consideraba la ingeniería como una suerte de artesanía, y reprodujo en su entorno de trabajo la estructura con la que un artesano —o un artista— habría organizado su taller. Al contrario que otros contemporáneos suyos, que crearon equipos en continua rotación y de tamaño oscilante al compás de los ciclos económicos, Manterola trabajó en la misma empresa durante décadas y con el mismo grupo de colaboradores —altamente cualificados y en un número deliberadamente reducido—, quizá por conjurar el riesgo de perder el control creativo de sus proyectos. Conservó la mentalidad de artesano hasta el final de su carrera, cuando la ingeniería de autor —donde el mérito es personal— ya había sido destronada por la ingeniería coral y anónima de los grandes equipos, en unos años en que las pequeñas oficinas estaban siendo fagocitadas por empresas generalistas.

La excelencia. Este planteamiento empresarial, intrínsecamente menos rentable (algún año hubo de carestía), le desvió a un nicho de mercado especializado entre los ya especialistas. Antes que competir por el puente convencional, abaratado al límite en un mercado cada vez más saturado y cainita, Manterola se ladeó y optó por la excelencia como sello. Lo frecuente para él fue lo singular para los demás. Encontró su camino en los puentes de grandes luces, como el de Cádiz; en los puentes de luces moderadas pero de gran complejidad técnica, como el del río Galindo; en las innovaciones tipológicas, como en el Euskalduna; en los puentes en entornos urbanos, como en Logroño; o incluso en las pasarelas intencionadamente icónicas, como la del Voluntariado de Zaragoza, que además le servirían como campo de pruebas para sus puentes. Trabajó sobre todo en España, hasta que la falta de inversiones le impuso la internacionalización, al igual que a tantas empresas españolas mayores a las que acompañó con frecuencia.

La técnica. Como el artesano competente o el artista en busca de la libertad creativa, el concepto que Manterola tenía de su trabajo solo es posible cuando los aspectos técnicos no son el objetivo, sino la herramienta. Dominar el cálculo para que no le domine a uno. La técnica, que casi monopolizó su obra escrita de juventud, acabó relegada en sus textos de madurez, pues como escribió George Blond, para el artista llegado a la plena posesión de la técnica, el detalle no cuenta: es algo natural. Con este fin, recurriría al seguimiento incansable de las novedades técnicas internacionales, a una biblioteca singularmente bien provista, a la presencia en foros profesionales y al uso pionero e intensivo de la informática.

Durante el periodo de transición entre ‘lo estricto’ y ‘lo barroco’, Manterola nunca dejaría de ser un ingeniero ortodoxo

El cálculo. A este respecto, Manterola perteneció a la generación de transición entre el cálculo casi manual —la última edición del libro de don Carlos sobre el método de Cross es de 1967— y los sofisticadísimos programas modernos, anticipando el famoso aforismo de Rui-Wamba que afirma que no se debe dimensionar con ordenador una estructura que no se sepa calcular manualmente. Su generación hizo de la necesidad virtud, y, gracias a verse obligada a desarrollar programas propios ante la ausencia de software especializado, adquirió un profundo conocimiento del cálculo, hoy irrepetible por antieconómico. Este proceso es implacable, pues no se puede programar nada que no se comprenda en todas sus sutilezas y bifurcaciones, y establece un criterio binario (algo muy informático) que segrega al que sabe del que no. Sin embargo, la informática no deja de ser un exoesqueleto que amplifica virtudes y defectos: la misma automatización que permite a otros reincidir en las mismas soluciones estereotipadas, permitió a Manterola abstraerse de las tareas repetitivas y concentrarse en lo conceptual.

La audacia. Manterola se referiría constantemente al concepto de atreverse. «Para hacer buenos puentes hay que arriesgarse», afirmaba siempre, incluso en la que sería su última charla (Colegio de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos, 2025). Ya al inicio de su trayectoria, don Carlos Fernández Casado le confiaba puentes —siempre de hormigón; los metálicos y mixtos no llegarían hasta más tarde— que iban más allá de su experiencia. Y se acostumbró a afrontar retos profesionales para los que no se sentía capacitado. Ese rodaje le preparó para el gran atrevimiento de su carrera: el puente de Barrios de Luna, récord mundial. En este proyecto el camino resultó casi más importante que la posada, pues, tras tres años de insomnio, emergería con una enorme reputación, con aún más querencia por la novedad, y con la combinación de humildad y autoconciencia de la propia valía que distingue a los genuinamente grandes.

Los puentes. Aunque proyectó estructuras para edificios muy relevantes —como Torres Blancas, el Banco de Bilbao o el Kursaal—, optó por mudarse de la edificación a los puentes, una decisión nada banal. La autoría de un puente era entonces un patrimonio exclusivo de los ingenieros, mientras que la del edificio lo era de los arquitectos. Trabajar para ellos le habría relegado a ser el posibilitador anónimo de ideas ajenas, algo que no podía aceptar, a diferencia de otros contemporáneos suyos, como Martínez Calzón, que sí aceptaron esa subordinación. Por otra parte, al contrario de lo que sucede en los puentes, el problema estructural en la edificación es secundario comparado con el funcional. «La gran estructura es el puente», afirmaba Manterola. Y, por último, la escala es otra: mientras que la de la arquitectura es la escala humana, la de la ingeniería es la del problema que resuelve. Por eso, en los planos de arquitectura aparecen personas y en el alzado general de un puente aparece el río o el valle sobre el que cruza. Quizá las pasarelas, donde las personas son el módulo, y los edificios altos, por lo ineludible de su estructura, habiten la tierra de nadie entre ambas disciplinas. Según Aguiló, tomó esta decisión cuando ganó la cátedra de Puentes en 1976 (Colegio de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos, 2025). Desde entonces, decidió ser protagonista del puente antes que actor secundario del edificio.

De izquierda a derecha: Puente sobre el embalse de Barrios de Luna (1983). Javier Manterola. © CFC; Puente de Bendorf sobre el Rin. Ulrich Finsterwalder (1965). ©Nicolas Janberg para stucturae.net; Puente de Castejón sobre el Ebro (1972). Carlos Fernández Casado. ©CFC; Puente del Alamillo, Sevilla (1992). Santiago Calatrava. © Galván para Wikipedia

La historia. Manterola se percibía a sí mismo como el último eslabón de la historia milenaria de los puentes, que le retrotrajo, pasando por Sejourné o los puentes metálicos del siglo XIX, hasta el mundo clásico. Hasta Alcántara, que cubre una pared de su oficina de Madrid y del que don Carlos dijo que sin conocerlo no se pueden proyectar puentes. El entusiasmo de don Carlos por la historia fue fecundo: de la misma manera que su hijo Leonardo unos años antes (Fernández Troyano, 1999), su discípulo Manterola escribiría en sus últimos años un libro sobre la historia de los puentes (Manterola, 2018). Manterola sabía que la ingeniería es continuidad o no es, y que los manifiestos que pretenden demoler la arquitectura y reconstruirla sobre sus ruinas son imposibles en ingeniería. La historia fue para él una fuente constante de aprendizaje e inspiración; y lo demostraba dedicándole las primeras clases de cada curso de puentes o incluyendo cada vez más referencias históricas en sus textos. Pero, sobre todo, lo demostró enraizando su obra en las tipologías clásicas, como los arcos y las celosías, que transformó sin adulterar (ahora debería sonar música de Brahms), explotando sus posibilidades hasta los mismos límites de la ortodoxia.

La ortodoxia. Otra invariante de su obra es que fue, durante toda su carrera, un ingeniero profundamente ortodoxo, en el sentido de que jamás extendió un cheque estructural sin fondos conceptuales. Él mismo se autodefinía como ortodoxo al asignar el carácter ortodoxo o heterodoxo de las propuestas que se realizan desde dentro o fuera, respectivamente, del mundo de los puentes (Manterola, 2023). La ortodoxia sin fisuras fue acogida inicialmente de buen grado por un Manterola que termina sus estudios en 1962. El contexto era muy propicio, pues toda la ingeniería europea occidental —de la que estaba metódicamente informado— estaba permeada por un concepto de lo estricto que surgió de modo natural entre los ingenieros encargados de reconstruir la Europa devastada por la guerra y que, siguiendo a Loos, eliminaba el ornamento de los objetos útiles. Pensemos en Finsterwalder, con esa austeridad formal, muy admirado por Manterola, y en su puente de los Nibelungos en Worms (1953), o en el de Bendorf sobre el Rin (1965).

Como consecuencia, el difuso pero inapelable concepto de verdad estructural se convertiría en el primer mandamiento de los ingenieros de puentes. Y, aunque después renegaría repetidamente de ese concepto, Manterola no se pudo sustraer a la influencia de don Carlos, epítome de lo estricto, ni a las consecuencias de trabajar principalmente para Huarte, en donde, como buena constructora, primaba la economía y la simplicidad de ejecución. Recordemos además que los medios de análisis y cálculo, los materiales o las posibilidades constructivas no eran ni de lejos las actuales. Baste mencionar las dovelas de los voladizos del puente de Castejón, limitadas a diez toneladas de peso y montadas con blondín todavía en 1972. Manterola perteneció en su juventud a esa última generación que aún pudo encontrar épica en los puentes de luces medias.

La docencia. Siempre quiso ser profesor. Enseñar le hacía ser mejor ingeniero y viceversa. Los alumnos que se acercaban a sus clases, sin duda atraídos por su reputación fuera del aula, encontraban a un docente magnífico y cercano, sin imposturas. Fue un maestro, en el sentido artesanal del término. En nuestras conversaciones después de su jubilación, manifestó a menudo añoranza de sus clases en la Escuela. Durante su vida, la docencia española de la ingeniería basculó del modelo de la Escuela del Retiro, muy entreverado con la práctica de la ingeniería, al actual, donde las asignaturas más relacionadas con la profesión a veces se encomiendan a quienes jamás la han ejercido. Hoy, con los criterios modernos, Javier Manterola no sería catedrático. Menudo disparate.

El arte. Los ingenieros no solamente apreciamos la proporción, la geometría o las texturas en las obras de ingeniería, sino que el significado estructural añade capas a nuestra percepción, del mismo modo que el pintor aprecia la composición o el color y el músico las progresiones armónicas. La percepción física de una estructura y la comprensión simultánea de su comportamiento o de su relación con el entorno excitan una especie de sinestesia estructural —a falta de mejor término—, que está vedada al profano. Sinestésicos fueron Liszt, que pedía más amarillo a sus músicos, o Klee, que pintó su Nocturno para trompa en 1921. Quiero pensar que Manterola estaría razonablemente de acuerdo con esta idea. Atraído desde joven por la música, las artes plásticas o la arquitectura, evolucionó hasta vindicar una nueva forma de ver la ingeniería —ese saber ver prestado de Zevi (Aguiló & Manterola, 2009)— que la hiciera acreedora de un lugar junto a las obras de arte. No diré más: escribir sobre arte me resulta escurridizo, como un pez en un estanque. La relación entre Manterola y el arte (véase, por ejemplo, Manterola, 2006) merece otra mirada más serena y formada que la mía.

De izquierda a derecha: Puente de Endarlatza (2008). ©opgterra.com; Puente de Galindo (2008). ©CFC; Puente de Galindo (2008): Detalle del arco. ©CFC.

Transiciones, ma non troppo

De lo estricto a lo barroco. Ya se han descrito, al paso, algunas transiciones en Manterola, como la que supuso empezar a enseñar y dejar de hacerlo, el crecimiento de su autoconfianza, la formación de su equipo, la inclusión de los puentes metálicos y mixtos en su repertorio, la internacionalización de su cartera de trabajos o la progresiva consideración de la ingeniería como arte. Pero quizá la gran transición en el mundo de los puentes para Manterola y toda su generación se produjo en la segunda mitad del siglo XX, y se resume en que en las tres décadas que van de 1962 —cuando Manterola terminó sus estudios— a la Expo de Sevilla de 1992 —cuando el puente del Alamillo de Calatrava se convierte en un icono de resonancia mundial— se pasa de lo estricto a lo barroco, en el sentido borgiano del término, entendido como la etapa final de todo arte en la que éste exhibe y dilapida sus medios.

El estudio de este proceso excedería con mucho la extensión prevista para este artículo, pero resulta ineludible para entender lo estructural en la ingeniería y arquitectura españolas contemporáneas, así como para la caracterización, todavía pendiente, de la que podría denominarse la Escuela Española de Puentes, de la que Manterola sería su figura más destacada. Todo comienza cuando los avances en materiales, medios de ejecución y herramientas informáticas vuelven las posibilidades constructivas claramente desproporcionadas respecto de los fines necesarios. Todo es calculable y construible. Lo antaño épico se vuelve rutinario. La multiplicidad de soluciones reemplaza a la solución única, y se transmite a la sociedad una aparente imagen de omnipotencia. Al igual que se da por supuesto que las sillas nos sostendrán y que los relojes serán precisos, se dan triunfalmente por superados los problemas técnicos asociados a los puentes de luces cortas y medias.

Sin embargo, el sobredominio que proporcionan los propios ingenieros degenera en un río revuelto donde la ganancia es para algunos arquitectos y escultores, ajenos al mundo de los puentes y su historia: las tipologías canónicas se desechan por trilladas y la originalidad se vuelve premisa en vez de consecuencia. En los puentes urbanos se demandan los iconos propios de una sociedad del bienestar y de la imagen. Prima lo emocional sobre lo reflexivo; la inspiración sobre la perseverancia y las decisiones se justifican en base a valores subjetivos, intangibles, políticos. Ya no se trata de convencer a ingenieros capaces de percibir la sutileza estructural, sino de seducir a los profanos y sus gobernantes, que exigen posmodernidad (quiera decir eso lo que quiera decir). Pintan bastos para la ortodoxia. Es el momento del puente garabato, producto de un rapto de inspiración antes que del estudio sereno de alternativas. Lo formal y lo estructural pasan de fases simultáneas a sucesivas aunque, irónicamente, para hacer un mal puente haya que hacer muy buena ingeniería. Aparecen los puentes de marca, asociados al starchitect de moda. Se compran Hadids o Calatravas con la esperanza de que sean el próximo Guggenheim (Moix, 2010). Es el tiempo de la seducción, del alarde técnico, de la pirotecnia.

De izquierda a derecha: Arenas: puente de la Barqueta (1992). © Michiel1972 para Wikipedia; Schlaich: pasarela de Ripshorst (1997). © Nicolas Janberg para structurae.net; Virlogeux: puente del Truc de la Fare (1993). © Mossot para Wikipedia.

Evolución. Estas circunstancias sorprenden a contrapié a toda una generación de ingenieros educados en lo estricto y, en particular, a un Manterola en su cincuentena, en plena madurez personal y profesional. La última etapa de su obra, que Aguiló describe como de «dominio tipológico y enriquecimiento formal» (Manterola, Aguiló, Onzain & Rui-Wamba, 2011), se desarrolla, pues, en este contexto. Es cierto que una parte no menor de su trabajo, los grandes puentes, no se vio afectada, pues lo estricto no se cuestiona cuando lo estructural se impone. No hay artificio (no puede haberlo) en los grandes arcos y puentes atirantados de su etapa crepuscular. Pero con respecto a los puentes de luces cortas y medias, donde sí se puede tomar partido, su actitud quedó clara al escribir: «la ortodoxia resistente permite y ha derivado en configuraciones nuevas, que no se deducen necesariamente de las optimizaciones formales alcanzadas a finales de los 60 y 70 del siglo XX. No se quiere decir con esto que las optimizaciones de los años 50 hayan dejado de tener vigencia, sino que se puede ampliar el repertorio formal dentro de la ortodoxia más exigente» (Manterola, 2023).

Es decir, la ortodoxia se convirtió en la cera con la que Manterola taponó sus oídos a los cantos de sirena que le incitaban al exceso formal y que sí seduciría, sin embargo, a otros ingenieros, desorientados, que no mencionaré. Como en la analogía de la chacona a la que nos referíamos antes, este entorno que incita al virtuosismo hueco no suena en consonancia con el bajo obstinado de Manterola. De hecho, no lo necesitó para crear el catálogo de formas nuevas que desarrollaría en este periodo, pues no cambió su modus operandi, basado en el conocimiento, el trabajo y el dominio técnico. «La complejidad aventura formas diferentes y solo las revela a los que buscan significados en profundidad» (Manterola, 2008), escribiría en 2008.

Para vencer las últimas reservas posibles, Manterola solo hubo de suavizar el concepto de lo estricto que había heredado —con un significado ascético, asimilable a lo mínimo o lo óptimo, pero relegado ya solo a las grandes luces— para sustituirlo por un concepto menos severo, compatible con el sobredominio técnico. Junto con otros destacados ingenieros coetáneos, como Arenas (Arenas de Pablo, 2003), Fernández Ordóñez (Navarro Vera, 2009), Fernández Troyano o Martínez Calzón (Martínez Calzón, 2006), entre otros, o Schlaich (Holgate, 1996) y Virlogeux, por citar dos extranjeros, Manterola no dejó de ser un ortodoxo en un tiempo barroco. Toda esta generación, cada uno con sus propios matices, se distinguiría por una exploración exhaustiva de las posibilidades de los conceptos resistentes y las tipologías estructurales canónicas (veánse fotografias en la página anterior), por la prevalencia de la ortodoxia en el diseño conceptual, el cuidado del detalle y la búsqueda estética, aunque autocontenida y esquiva al alarde formal.

De izquierda a derecha: Puente del Pilar en Zaragoza (1992). © zaragozaarquitecturasigloxx.com; Puente del Centenari en Montserrat (2003). © CFC; Puente del Escudo (1999). © CFC.

La obra de Manterola en este periodo se caracterizó, entre otras innovaciones, por la introducción deliberada de la curvatura, imposible sin la comprensión profunda del acoplamiento flexión-torsión como mecanismo resistente vertebrador de los tableros, y que está en su repertorio desde la acertadísima solución del puente del Pilar en Zaragoza (1992), con ejemplos soberbios como la glorieta circular de Zizur (2004); la recuperación de la celosía para los dinteles como en el puente del Centenari en Montserrat (2003), y la revisitación de los grandes arcos, con toda su carga histórica, en realizaciones de tablero superior como el del Escudo (1999) e inferior, como en el puente sobre el Ebro (2002) (veánse fotografias de arriba).

Pero quizá lo que resulte incluso más interesante son las formalizaciones que siguen de las combinaciones de dos o más de estos conceptos en el mismo puente o pasarela. Por ejemplo, al combinar la curvatura con el arco se obtiene el arco de planta curva de Endarlatza (2008), que necesita de una elevada rigidez transversal en el arco, o el puente sobre el rio Galindo (veánse fotografias de arriba), del mismo año, con un arco superior de planta curva, donde las fuerzas de desvío hacia el exterior del arco espacial se recogen por un atirantamiento de contrarresto anclado en el borde interior del tablero.

De manera similar, combina el dintel curvo con el atirantamiento excéntrico, anclado en un solo borde del tablero (que resulta estable precisamente por ser curvo), una tipología que se retrotrae a la pasarela de las Glorias (1974). Así, un lado presenta una vista libre de obstáculos, creando un mirador sobre los sitios de paso, mientras que, en el otro lado, la superficie reglada creada por los tirantes guía y acompaña al peatón mientras cruza. La combinación de curvatura y atirantamiento proporciona además espacialidad a soluciones que a priori carecen de ella. Alternativamente a Schlaich —que utiliza pretensado para contrarrestar la torsión mediante dos anillos horizontales superpuestos (Holgate, 1996)— Manterola prefiere utilizar secciones cerradas de elevada rigidez torsional. Suspenderá excéntricamente los dinteles curvos desde arcos, como en Elche (1995), Logroño (2003) y Lorca (2003), o de pilonos, como en las pasarelas de Murcia (1996), sobre el Manzanares en Madrid (2003) o en la del Voluntariado en Zaragoza (2008) (veánse las fotografias de arriba), del mismo año, con un arco superior de planta curva, donde las fuerzas de desvío hacia el exterior del arco espacial se recogen por un atirantamiento de contrarresto anclado en el borde interior del tablero.

De izquierda a derecha: Puente de Elche (1995). ©CFC; Puente de Logroño (2003). ©CFC; Pasarela de Lorca (2003). ©Ayuntamiento de Lorca.

De manera similar, combina el dintel curvo con el atirantamiento excéntrico, anclado en un solo borde del tablero (que resulta estable precisamente por ser curvo), una tipología que se retrotrae a la pasarela de las Glorias (1974). Así, un lado presenta una vista libre de obstáculos, creando un mirador sobre los sitios de paso, mientras que, en el otro lado, la superficie reglada creada por los tirantes guía y acompaña al peatón mientras cruza. La combinación de curvatura y atirantamiento proporciona además espacialidad a soluciones que a priori carecen de ella. Alternativamente a Schlaich —que utiliza pretensado para contrarrestar la torsión mediante dos anillos horizontales superpuestos (Holgate, 1996)— Manterola prefiere utilizar secciones cerradas de elevada rigidez torsional. Suspenderá excéntricamente los dinteles curvos desde arcos, como en Elche (1995), Logroño (2003) y Lorca (2003), o de pilonos, como en las pasarelas de Murcia (1996), sobre el Manzanares en Madrid (2003) o en la del Voluntariado en Zaragoza (2008) (veánse las fotografias de arriba).

Como último ejemplo, Manterola combinará la curvatura en planta con el uso de la celosía y su dominio de la torsión en el puente de Euskalduna en Bilbao (1999), sin duda uno de sus puentes más brillantes. El alma en celosía de su sección transversal en forma de Z separa de forma natural el tráfico de vehículos del peatonal, que queda protegido bajo el ala superior, compuesta por una celosía horizontal. La forma en la que resisten la flexión y la torsión acopladas ha merecido con justicia la atención de la literatura técnica (véase, por ejemplo, Manterola, Aguiló, Onzain & Rui-Wamba, 2011) y no se insistirá más.

De izquierda a derecha: Pasarela de Murcia (1996). ©www.turismodemurcia.es; Pasarela de Madrid (2003). ©CFC; Pasarela de Zaragoza (2008). ©CFC.

Epílogo y exhortación

Epílogo. Cuando escribo estas líneas, hace poco más de un año que nos falta Manterola. Los recuerdos, todavía nítidos, que atesoramos quienes lo conocimos en persona han comenzado ya, inevitablemente, a desdibujarse. Por esto ahora, y no más tarde, es el momento de transmitir a los demás (y, a la larga, a los que no lo conocieron) cómo influyó en nuestras vidas, cómo contribuyó a ahormarnos a cada uno como ingenieros y, lo más importante, como personas. Sin Manterola, me pregunto de quién habríamos sido alumnos, qué solución se habría construido en lugar de Barrios de Luna, o quién habría entrado en la Academia de Bellas Artes de San Fernando (Manterola, 2006). Sin duda, no seríamos los mismos. Como buen ingeniero, Manterola cambió nuestro mundo. Igual que Glenn Gould afirmaba que «a cada hombre su propio Bach», a cada uno de nosotros nos corresponde nuestro propio Javier Manterola.

Exhortación. Pero sus textos siguen intactos y a nuestra disposición, y sus obras seguirán, por lo menos unas pocas generaciones más, como testimonio construido. Por eso quisiera terminar este artículo exhortando al lector a que lea lo escrito por él y sobre él —compile sus textos, libros, artículos y comunicaciones a congresos y léalos en el orden que prefiera— empezando por el estudio de su obra que llevó a cabo Miguel Aguiló en Manterola, Aguiló, Onzain & Rui-Wamba, 2011— y que vea también los vídeos de sus conferencias —comenzando por la última, en 2024, en el Colegio de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos. Pero, sobre todo, que visite sus obras, que cruce sus puentes. Ningún texto es comparable a la emoción de cruzar el puente de Cádiz o el Euskalduna por primera vez. Y que se detenga a observarlos, a analizarlos, hasta percibirlos como propios, pues los puentes pertenecen a los hombres capaces de comprenderlos. Como en la parábola de los talentos, algún día nos pedirán cuentas de la herencia que se nos ha confiado. Esperemos estar a la altura de su legado.

Gracias por todo, Javier.

Referencias

1

Aguiló, M., & Manterola, J. (2009). Saber ver la ingeniería. Revista de Obras Públicas (3497), 7-28.

2

Arenas, J. J. (2003). Caminos en el aire: los puentes. Colegio de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos.

3

Colegio de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos. Concesión del título de Colegiado de Honor a Javier Manterola Armisén [Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=OQNFyR6cIAU

4

Fernández, L. (1999). Tierra sobre el agua: visión histórica universal de los puentes. Colegio de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos.

5

Holgate, A. (1996). The art of structural engineering: The work of Jörg Schlaich and his team. Edition Axel Menges.

6

Manterola, J. (2006). Relación entre la estructura resistente y la forma: notas en torno a la valoración estética de los puentes. Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

7

Manterola, J. (2008). La forma de lo resistente. Ingeniería y Territorio (81), 32-37.

8

Manterola, J. (2018). Historia de los puentes. Cole-gio de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos.

9

Manterola, J. (2023). Ortodoxia y heterodoxia en el diseño de puentes. En Consideraciones sobre estética, arquitectura e ingeniería. Colegio de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos.

10

Martínez Calzón, J. (2006). Puentes, estructuras, actitudes. Turner Publicaciones.

11

Moix, Ll. (2010). Arquitectura milagrosa: hazañas de los arquitectos estrella en la España del Guggenheim. Editorial Anagrama.

12

Navarro Vera, J. R. (Ed.). (2009). Pensar la ingeniería: antología de textos de José Antonio Fernández Ordóñez. Colegio de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos.

13

Manterola, J., Aguiló, M., Onzain, M., & Rui-Wamba, J. (2011). Javier Manterola Armisén: pensamiento y obra. Fundación Esteyco.

 

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