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La Clave | 3633
Una aproximación a los valores del patrimonio de la obra pública
Este artículo es una breve exposición de la génesis de una teoría de los valores del patrimonio de la obra pública y de la ingeniería civil y de las aportaciones que los han enriquecido a lo largo del tiempo. Es una cuestión controvertida por sus implicaciones en las políticas de conservación de ese patrimonio y porque estos valores están en continuo cambio, como la mirada de la sociedad sobre la obra de ingeniería.
Palabras clave: historia, patrimonio, valor, ingeniería.
This article is a brief reflection on the genesis of a theory about the values of the civil engineering heritage and the contributions that have enriched them over time. It is a controversial issue because of its implications with the policies for the conservation of that heritage, and they are values that are constantly changing, such as society’s view of engineering work.
Keywords:history, heritage, value, engineering.
José Ramón Navarro Vera
Ingeniero de caminos
La axiología, la teoría de los valores, ha sido uno de los temas recurrentes de los que se ha ocupado la filosofía desde sus orígenes clásicos. Desde Sócrates y Platón a Kant y Scheler, se ha explorado la esfera de los valores, en especial de los morales y estéticos. Para la finalidad de este artículo, entendemos el “valor” como una cualidad de las cosas de lo que se deriva una estimación positiva o negativa. Para Ortega, los valores son creencias ligadas a los afectos que rigen la vida y la acción humana. Los valores son objetivos y rechazan lo arbitrario e irracional. Este filósofo define el valor por “su carácter objetivo consistente en una dignidad positiva o negativa que en el acto de valoración reconocemos. Valorar no es ‘dar’ valor a quien por sí no lo tenía; es reconocer un valor residente en el objeto (…). No es la percatación de un hecho, sino de un derecho”. En este sentido, como reconocimiento de un derecho, valorar implica una posición ética.
En la noción de patrimonio como conjunto de atributos, representaciones y prácticas, adquiere una relevancia especial en la identificación de sus valores, no solo porque facilitan la comprensión de una pieza o conjunto patrimonial, sino como actitud y método para la acción. La idea de valor, como un derecho y una ética inherente al patrimonio, está implícita en el pensamiento de José A. Fernández Ordóñez, quien, durante los años ochenta del siglo pasado, abordó la cuestión de los valores del patrimonio de las obras públicas en el Consejo de Europa, en donde se debatía su identidad patrimonial, vinculada —pero al mismo tiempo diferenciada— al de la arqueología industrial. Fernández Ordóñez era consciente de las dificultades que acarreaba la tarea de definir esos valores:
“En un campo en el que las ideas son apasionadas y confusas, cargadas de una pasión afectiva y terrible (…). Lo más difícil es alumbrar categorías, formular categorías de valores que nos permitan entender las cosas. Esta facultad de categorización es efectiva, no tiene nada que ver con las modas y debe de sortear los reduccionismos (…). En este sentido, hace años propuse en Estrasburgo el establecimiento de cinco categorías de valores, a cuya luz pudiésemos analizar los puentes históricos y su posible rehabilitación, a saber, los valores científicos, los estéticos, los históricos, los simbólicos y los de uso”.
A continuación, se hace una breve exposición de los contenidos que dio Fernández Ordóñez a los contenidos de las cinco categorías de valores del patrimonio de la obra pública y la ingeniería civil, en el mismo orden que les otorgó:
“Valor científico: Equivale a su valor arqueológico, que aparece en razón inversa a la libertad de utilización. Es mayor a medida que es más cierta la autenticidad del monumento.
Valor estético: Uno de los más simples, puesto que se trata de la belleza de la obra, consideración completamente ajena a la categoría anterior. Si no conservásemos antiguas ruinas más que para los sabios, no nos ocuparíamos de la belleza de las obras. Pero afortunadamente en nuestra sociedad actual no conservamos solo para una minoría de arqueólogos, sino para contribuir a la alegría de las gentes, y a un entorno más hermoso para miles de personas. El valor estético es de una gran importancia práctica. El hombre desde la prehistoria busca la belleza de su entorno, sabe cuán difícil es alcanzarla, y la protege cuando ella surge. Es una categoría puesta a veces de lado por los sabios, pero que juega un papel considerable en la vida de todos.
Valor histórico: A menudo confundido con el valor científico. Sin embargo, las dos nociones tienen extensiones que no se solapan. Una casita de montaña puede ser de una autenticidad total, y tener poco valor histórico. Al revés, un monumento muy alterado y poco científico puede tener un gran valor histórico. Hay muchos monumentos inauténticos cargados de un gran valor histórico, como alguna de las grandes catedrales.
Valor simbólico: Es el más incómodo de definir. Sin embargo, esta categoría es muy importante, ya que siempre está cargada de una emotividad que puede ser socialmente explosiva. Cuando se pierde la función primitiva de una obra, lo esencial que resta es, a veces, su valor simbólico.
Valor de uso: Entendiendo por ello la utilización actual de la antigua obra pública, cualquiera que hubiera sido el uso original. Esta es la fuente más grande de dificultades, pero no es la única”.
No conservamos solo para una minoría de arqueólogos, sino para contribuir a la alegría de las gentes
Esta primera clasificación de valores ha facilitado una sistematización que ha dado visibilidad al patrimonio de la obra pública y la ingeniería civil, y justificación para su protección. El tiempo transcurrido tras aquella definición, y la experiencia acumulada, los ha ido delimitando y enriqueciéndola con nuevos atributos. Entre ellos destacaré dos: la valoración del cambio técnico ligado al valor histórico y el derivado del valor de emplazamiento, paisaje, lugar y territorio.
Fernández Ordóñez no abordó directamente la cuestión de una jerarquía de los valores patrimoniales de la obra pública, y, en mi opinión, una definición del valor histórico fundada en el cambio técnico se erige como un contenido que le confiere una jerarquía relevante en la valoración del patrimonio de la ingeniería civil. Para Alois Riegl, el valor histórico de un monumento está ligado a los “campos creativos de la humanidad”; el autor se refiere a que el monumento refleja las transformaciones que se producen en la esfera del arte a lo largo del tiempo: “El valor histórico de un monumento reside en que representa una etapa determinada, en cierto modo individual, en la evolución de algunos de los campos creativos de la humanidad”. Pero ¿no es la ingeniería civil un campo creativo de la humanidad, una creatividad que se manifiesta en dos dimensiones: una externa, mediante formas nuevas, y otra interna relacionada con el campo de la innovación técnica? Desde esta aportación, se podría también definir como valor histórico de la obra de ingeniería el que radica en la manifestación de una etapa determinada en la evolución de la técnica de la ingeniería civil, en alguna de sus dimensiones, teóricas, de innovación técnica, o de expresión formal, y de las relaciones entre ellas.
Sin embargo, los cambios en la ingeniería civil son más lentos que en el arte y además suelen ser acumulativos, mientras que el arte evoluciona a saltos “revolucionarios”. Por eso, el patrimonio de la ingeniería civil puede ser muy extenso, pero poco variado con relación al del arte. Una excepción en el campo de la ingeniería civil sería la invención del pretensado. El genial invento de Freyssinet no tiene nada que ver con la idea de que el pretensado es el resultado de las anomalías del hormigón armado, cuando en realidad Freyssinet siempre fue tras un nuevo material que estaría más próximo al hormigón romano que al armado:
“En ingeniería civil, sostenía Fernández Ordóñez, es mucho más difícil romper con la tradición que en el arte (…). En ingeniería civil son excepcionales las roturas con la tradición (…). Se transmite todo salvo escasas y geniales creaciones, como pueden ser la creación del arco o del pretensado, y casi nada se inventa (…). Lo que hoy conocemos como arte contemporáneo del siglo XX se produjo con un cambio brusco, instantáneo, tanto de contenidos como de expresión, sin ligaduras a los sistemas previos. Nada parecido puede decirse de la ingeniería civil del siglo XX. En el arte era indiferente que la mayoría social no comprendiera en absoluto lo sucedido y de hecho su reconocimiento fue muy tardío. Por el contrario, en ingeniería civil ha prevalecido el sello de repetir el pasado sobre los impulsos de alejarse de él”.
Para Fernández Ordóñez, la obra pública no está aislada en el paisaje: “Desde tiempo inmemorial, por medio de las obras públicas, el hombre configura el espacio natural y se apropia de él, lo señala y significa creando un lugar en sentido heideggeriano. Forma un tejido que soporta y hace posible las relaciones sociales”, cita que refleja la influencia del ensayo, ya clásico, de Martin Heidegger, Construir, habitar, pensar, que el filósofo escribió inspirándose en el viejo puente de Heidelberg. La ingeniería moderna había consagrado la escisión entre “naturaleza” y “cultura”, que daba coherencia a la dominación del mundo natural por la técnica. Sin embargo, a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, a medida que se extendía la nueva cultura medioambiental, aquella dicotomía se fue diluyendo en una nueva noción de paisaje estrechamente unida a la de territorio. Surge así una nueva mirada sobre el paisaje, como quedó reflejado en la Convención del Paisaje de la UNESCO de 1992 que definió el “paisaje cultural” como “una construcción humana, uno de los productos más sobresalientes del proceso de coevolución entre naturaleza y cultura e, inevitablemente su conservación implica transformación y cambio”. En esta noción de paisaje cultural, el patrimonio de la obra pública y de la ingeniería civil adquiere un nuevo protagonismo, como ha desarrollado Carlos Nárdiz en El paisaje de la ingeniería.
La atribución de significados al patrimonio tiene un fundamento social y de valor de cambio
Otra aportación relevante que ha enriquecido la valoración del patrimonio de la obra pública y de la ingeniería civil es la de “historia del territorio”, término acuñado por el ingeniero de caminos Arturo Soria y Puig y el arquitecto José Ramón Menéndez de Luarca en su artículo “El territorio como artificio cultural” (1994), que recogía el resultado de una investigación del territorio del norte de España, que constituyó un enfoque nuevo del concepto de territorio “como una obra o sedimento de todas las culturas precedentes, es comparable a un archivo”, leemos en el artículo citado. Una concepción de territorio que explicaría las relaciones de las sociedades con el espacio a través de su huellas materiales e inmateriales y en la que las obras públicas tienen un papel determinante. Esta noción de territorio contiene también la superación de la escisión moderna entre “ciudad” y “campo”, que ya había enunciado Henri Lefebvre en 1970 en su ensayo La Revolución Urbana, al definir de este modo la noción de “tejido urbano”: “Por tejido urbano no se entiende, de manera estrecha, la parte construida de las ciudades, sino el conjunto de manifestaciones de predominio de la ciudad sobre el campo. Desde esa perspectiva una residencia secundaria, una autopista, un supermercado en pleno campo forma parte del tejido urbano”.
La comprensión de los valores del patrimonio de la ingeniería civil implica un relato, una “razón narrativa”; un concepto en el que se funden lenguaje y tiempo a través del relato. Un hecho construido tiene una doble dimensión, espacial y temporal; y ¿no es esa inscripción en el territorio y en el tiempo equivalente a la inserción de una palabra en un texto?; por eso podemos afirmar que el patrimonio de la obra pública y la ingeniería civil como obra humana se reconoce en la lectura del territorio. La noción de “razón narrativa” se la debemos a Ortega: “Frente a la razón pura físico-matemática hay, pues, una razón narrativa. Para comprender algo humano, personal o colectivo, es preciso contar una historia”. Como sostenía Carlos Fernández Casado, el proyecto de un nuevo puente en un lugar de un cauce exige una mirada sobre todos los que se han construido antes en ese cauce: “Todo nuevo puente debe de ser una superación de los anteriores y al mismo tiempo que un homenaje a nuestros antecesores”.
Una última acotación acerca de los cambios de significado que se asignan al patrimonio de la obra pública y la ingeniería civil con el paso del tiempo. La pregunta que habría que hacerse aquí sería: ¿quién, quiénes y cómo se le asignan valores a ese patrimonio? ¿Tienen las obras y actuaciones del patrimonio de la obra pública un significado permanente? En el mundo contemporáneo, la atribución de significados al patrimonio tiene un fundamento social y de valor de cambio; no hay más que pensar en cómo el patrimonio histórico de la ingeniería se ha convertido en un recurso turístico, y que, paradójicamente, mientras el fenómeno turístico suele banalizar lo que toca, en ocasiones, el turismo ha contribuido a su protección. Este significado contemporáneo del patrimonio de la ingeniería podríamos definirlo como “significado externo o mudable”, frente al que reflejaría los valores “cultos” del patrimonio de la ingeniería civil, que podríamos definir como “significado interno o permanente”. La polémica sobre el nuevo puente de Alcántara puede ser una buena oportunidad para indagar sobre la cuestión de los cambios de significado con el paso del tiempo; desde el convencimiento de que no hay una interpretación definitiva de una obra histórica de ingeniería civil, el objetivo de su comprensión es una mediación entre el pasado y el presente en un proceso que resulta estar siempre incompleto. El pasado sigue vivo y camina sobre la estela del presente.
Este texto es una síntesis de las reflexiones y debates realizados en el marco del proyecto: “Análisis y definición de estrategias para la caracterización, recuperación y puesta en valor del patrimonio de la Obra Pública. Una aproximación desde la escala territorial”. (PID 2019-105877RA-100)
Alegoría del patrimonio
“En un mundo que ha conseguido los medios científicos y técnicos para conservar la memoria y preguntarse sobre su pasado sin la mediación de los monumentos, ¿cuál es el fundamento sobre el que reposa la conservación del patrimonio edificado?”
Françoise Choay, Alegoría del patrimonio
Referencias
1
Choay, Françoise; Alegoría del patrimonio. Gustavo Gili, Barcelona, 1992.
2
Heidegger, Martin; Construir, habitar, pensar. Los Libros de la Oficina, 2015.
3
Lefevbre, Henri; La Revolución Urbana. Alianza Editorial, Madrid, 1970.
4
Nárdiz, Carlos; El paisaje de la ingeniería. CEDEX, Madrid, 2019.
5
Navarro Vera, José R. (editor); Pensar la Ingeniería. Antología de textos de José A. Fernández Ordóñez, Colegio de Ingenieros de Caminos/ Fundación Juanelo Turriano. Madrid 2009.
6
Ortega y Gasset, J.; “Introducción a una estimativa. ¿Qué son los valores?”, en Obras Completas, Tomo 6. Alianza Editorial, Madrid 1983.
7
Ortega y Gasset, J.; Sobre la razón histórica, Alianza. Madrid 1979.
8
Riegl, Alois; El culto moderno a los monumentos, Visor. Madrid 1987.
9
Soria y Puig, A./Menéndez de Luarca. J.R.; “El territorio como artificio cultural”. Ciudad Y Territorio n.º 99, 1994.