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Monográfico | Javier Manterola

La búsqueda formal y el dominio tipológico

Conocí a Javier Manterola cuando empezó a dar clases en la Escuela de Madrid en el curso 1976/77. Aprobé la asignatura y repetí asistiendo a clase en el curso siguiente, después de terminada la carrera. Sus clases eran muy exhaustivas sobre los puentes de hormigón pretensado (puentes rectos, puentes oblicuos, puentes curvos) y partía siempre del comportamiento resistente que dibujaba en el tablero, y lo complementaba con que aprendiésemos a dimensionarlos y a comparar su coste. Las clases se acompañaban con diapositivas, pero no se parecía a las enseñanzas de su antecesor y maestro, Carlos Fernández Casado, a quien le gustaba, según me contaron, fundamentalmente que aprendiesen los alumnos a ver puentes, con gran despliegue de diapositivas.

En esos años, Javier Manterola llevaba 13 años en la oficina de Carlos Fernández Casado y sus realizaciones en hormigón pretensado todavía no habían dado el salto hacia la búsqueda formal que presidirá sus puentes a partir de los años 90, a pesar del extraordinario puente atirantado de Sancho el Mayor (1978), proyectado con Leonardo Fernández Troyano. Tampoco se había introducido en los puentes metálicos y en los puentes mixtos, con los que producirá después sus principales aportaciones estructurales y formales. Le teníamos por calculista, desde la experiencia de los puentes franceses y alemanes, pero no por un gran proyectista o diseñador. Habíamos visitado el puente de Barrios de Luna en 1983, nada más inaugurarse, y sabíamos de su atrevimiento estructural, en donde nunca desligaba los aspectos estructurales de los constructivos.

En las cuatro grandes etapas que establecía Miguel Aguiló de su obra (Fundación Esteyco, 2004), la primera se correspondía con edificios y puentes de hormigón pretensado, con el paso superior de Cuatro Caminos como primera referencia, junto a otros pasos superiores. En la segunda etapa se centraba, desde finales de los 70, en los puentes pórtico y los puentes atirantados, con el puente de Barrios de Luna como gran referencia, con el que obtuvo el récord mundial de puentes atirantados.

Será en los años 90 cuando recuperará el arco y la celosía, con la aproximación a los problemas estéticos que plantean los puentes urbanos, como en el caso del puente de Euskalduna. La cuarta etapa, a partir de finales de los años 90, se corresponde con el dominio tipológico y el enriquecimiento formal, con el aprovechamiento de las formas curvas, de los arcos tubulares, como el puente sobre el río Escudo, en Cantabria. En esta época, que se continuará en el nuevo siglo, usará todas las tipologías, buscando el diseño y el espacio, con pasarelas separadas que cuelgan de los cables de atirantamiento, o la preocupación por la iluminación de sus puentes, como el cuarto puente sobre el río Ebro, en Logroño. El puente de la Constitución de 1812 de acceso a Cádiz será su colofón.

La alta velocidad le ofreció la posibilidad de renovar sus puentes, por las consecuencias estructurales del frenado y los efectos dinámicos de la velocidad, con tipologías clásicas en arco, como los viaductos sobre los embalses de Contreras y de Alcántara, con los que obtendrá nuevos récords de luz; o con nuevas tipologías, derivadas de su invención, como el que atraviesa el Ebro en Aguilar del Ebro, cerca de Zaragoza, con una viga tubular en cajón, que recuerda al Puente Britania, en cuyo interior circula el ferrocarril.

Escribió varios artículos en la Revista de Obras Públicas, y en la segunda mitad de los años 90 le preocupaba el futuro de los puentes por la eclosión de los arquitectos en puentes urbanos: “El enorme desarrollo producido en la tecnología de los puentes les ha hecho más vulnerables. El puente se convierte en un objeto y, en el peor de los casos, en puentes-objeto. Esta situación ha permitido la incursión de otros profesionales en el mundo de los puentes, profesionales entrenados en los problemas formales, y los resultados de su presencia han sido diversos”. Él mismo buscará sus propias alternativas, apoyadas en el entendimiento de las formas resistentes (Revista de Obras Públicas, n.º 3336. 1997)

En este número extraordinario de la Revista, que ha coordinado Antonio Martínez Cutillas, se insisteen la labor de Javier Manterola como proyectistade puentes —cuyos conocimientos recogió en los seis tomos de apuntes de la Cátedra de Puentes y en los dos tomos de Puentes, apuntes para su diseño, cálculo y construcción (2007)—, pero Javier ha sido mucho más, aunque sus escritos, sin bibliografía, mayoritariamente los haya dedicado a explicar las razones proyectuales de sus puentes desde la estética y el comportamiento resistente.

Le preocupó la arquitectura, que conocía desde sus primeras colaboraciones con Sáenz de Oiza en Torres Blancas y en el Banco de Bilbao en Madrid, que luego continuarán con Lamela en las Torres de Colón o, más tarde, con su amigo Rafael Moneo en la estación de Atocha y en el Kursaal, de quien recogemos en la Revista una entrevista.

Teorizó sobre las relaciones entre la estructura resistente y la arquitectura actual en dos magníficos artículos en la revista Informes de la Construcción (números 452-456, vol. 50. 1998). En una conferencia en la Fundación COAM, decía: “Yo soy de la opinión firme de que, en arquitectura, el concepto de la resistencia, de la estructura resistente, es tan importante en su propia configuración, y me parece que podría llegar a ser otra cosa si se aceptase ese dicho de Zaha Hadid de que siempre habrá un ingeniero que lo sostenga” (Arquitectura e Ingeniería, Fundación COAM, 2007).

Hay muchas maneras de entender lo resistente y hay muchas maneras de darle forma. Decía: “Unir estos dos conceptos es sugestivo y, sin embargo, no está bien. Lo resistente no tiene forma, como tampoco la tiene la hermosura… Lo que sí tiene forma es un puente o una estructura, lo cual depende de su función, del lugar donde se instala. Y, desde luego, de la manera de entender lo resistente del autor” (Ingeniería y Territorio, n.º 81. 2008).

La relación entre la estructura resistente y la forma fue el título de su discurso en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, en donde reflexionaba sobre esta relación, tanto en la arquitectura como en los puentes, las presas y las carreteras. Era, sin embargo, crítico respecto a la relación de los puentes con el paisaje: “No existe una relación biunívoca puente-terreno y la interpretación que del paisaje hace el puente, aunque es inevitable, es muy difícil y hermosísima cuando se realiza bien”.

Cuando visitamos algunos puentes de Manterola, vemos que hay un problema de escala, como si la solución tipológica y constructiva se hubiera impuesto al lugar. Sus argumentos hay que buscarlos en las reflexiones que hacía en sus escritos, y siempre era tremendamente generoso ante cualquier petición de colaboración. En los últimos años de su vida, se vio en la necesidad de explicar su obra y darle un sentido estético, más allá de lo constructivo, como en sus libros La obra de ingeniería como obra de arte (2010), Historia de los puentes (2017), Consideraciones sobre Estética, Arquitectura e Ingeniería (2023).

La música, como nos explica su hijo, Carlos Manterola, en este número de la Revista, fue otra de sus pasiones. Admiraba a Beethoven, pero también a Bach y a otros compositores clásicos. La música le ayudaba a estar consigo mismo cuando proyectaba.

Otra de sus pasiones era la escultura, visitando museos en sus viajes de verano o recorriendo exposiciones de arte. En un artículo que escribió en la revista Ingeniería y Territorio, empezaba diciendo: “Siempre he pensado que la relación de la ingeniería con la escultura es más estrecha que la que aparentemente existe entre la ingeniería y la arquitectura” (n.º 78. 2006).

Cuando presenté en el Colegio el libro Entre la Arquitectura y la Ingeniería 6+6 (2017), estaban sentados juntos Javier Manterola y José Calavera. Ambos nos han dejado recientemente y estamos perdiendo a los ingenieros que han sido referencia en nuestra profesión. A ellos se acaba de añadir Javier Rui-Wamba, como ingenieros proyectistas.

Cuando miramos cómo nuestras Escuelas se están vaciando de alumnos, nos debemos preguntar por la ausencia de referencias para los nuevos alumnos. Es como si la profesión se nos estuviera escapando de las manos. Este número extraordinario sirve para que quienes lo lean miren más allá de una obra proyectada y construida, fundamentalmente de puentes, pero también de ingenieros de caminos que se enriquecían con otras aficiones que mejoraban sus obras, con una actitud generosa de reflexiones que nos permite entenderla mejor.

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