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Extraordinario | Javier Manterola
Javier Manterola y Rafael Moneo
Conversación en torno a dos caminos entrelazados
La conversación está planteada bajo el hilo conductor de Javier Manterola y Rafael Moneo como dos personas que ocupan un lugar de primer orden en la ingeniería estructural y en la arquitectura, respectivamente, de finales del siglo XX y comienzos del XXI, tanto a nivel nacional como internacional. Sus vidas han llevado caminos paralelos que se han entrelazado varias veces. Este entrelazamiento se produce de igual forma en los mundos en que tanto Javier Manterola como Rafael Moneo han participado estudiando, mirando y creando en la obra escrita y construida del mundo de la ingeniería estructural y la arquitectura. Estos mundos llevan también caminos paralelos que se entrelazan continuamente.
Antonio Martínez Cutillas
Coordinador del nº 3658 de la Revista de Obras Públicas.
Javier y tú sois navarros y de la misma generación. Javier nació en Pamplona en 1936 y tú, en Tudela en 1937. Javier comentó varias veces que os conocisteis cuando erais estudiantes en Madrid, antes de comenzar vuestras respectivas carreras de ingeniería y arquitectura.
Viajamos muchas veces juntos: en verano, Semana Santa o Navidad, íbamos en el automotor de Pamplona a Madrid, que yo tomaba en Castejón desde Tudela. Me veo todavía conversando con él de intereses comunes respecto a los estudios, pero también de todo aquello que inquietaba a dos jóvenes estudiantes con ganas de vivir y con atrevidas aspiraciones intelectuales y profesionales.
También como estudiantes ya ingresados en las respectivas escuelas trabajasteis juntos en una obra que se convertiría en emblemática, las Torres Blancas, en Madrid, de Francisco J. Sáenz de Oiza. ¿Qué recuerdos tienes de ese trabajo? ¿Erais conscientes de la singularidad de la obra?
Celebré mucho que, a propuesta de Juan Huarte, don Carlos Fernández Casado situase a Javier Manterola como inmediato responsable de su estudio en el proyecto de Torres Blancas de Oiza. Yo había dejado ya el estudio de Oiza en otoño de 1961, por lo que no tuve tanto que ver ni en el desarrollo del proyecto definitivo ni en la ejecución de la obra. Pero tanto Oiza como Javier me tuvieron al corriente de cómo iba el proyecto, y me consta la admiración y respeto con que ambos se trataron.
Tras finalizar vuestras carreras, Javier colabora con Carlos Fernández Casado, trabaja en el Instituto Eduardo Torroja de la construcción y del cemento realizando investigaciones en el campo del hormigón, y tú trabajas con Jørn Utzon en Dinamarca y posteriormente obtienes una beca para estudiar en la Academia de España en Roma durante dos años. ¿Estarías de acuerdo en que tanto tú como Javier comenzasteis vuestras carreras literalmente «sentados sobre hombros de gigantes»?
Citar a Newton me parece demasiado. Con seguridad, les hubiera parecido lo mismo tanto a don Carlos como a Utzon. Pero, sin duda, lo mejor que les puede pasar a quienes se inician en el conocimiento de una disciplina es contar con maestros como ellos.
En este recorrido paralelo de vuestras vidas está la faceta docente. Javier colabora en la cátedra de Puentes con Carlos Fernández Casado y se convierte en catedrático de la asignatura en 1975 en la Universidad Politécnica de Madrid. Tú, por tu parte, obtienes la cátedra de Elementos de Composición en la Escuela de Arquitectura de Barcelona en 1971 y la de Composición en la Escuela de Arquitectura de Madrid en 1980, así como el Decanato del Departamento de Arquitectura de la Universidad de Harvard en 1985. Javier valoraba mucho la labor de estudio, el reto que suponía el contacto con los estudiantes, y los que hemos sido alumnos suyos reconocemos sus enseñanzas transmitidas a más de treinta promociones de ingenieros. ¿Qué ha significado esta labor docente para ti y qué crees que has aportado a tus estudiantes?
La enseñanza obliga a quien se dedica a ella a ser exigente con uno mismo acerca de lo que es la transmisión del conocimiento, a dar razón de la visión que uno tiene de aquello que intenta contar y explicar a los estudiantes. Creo que no hay mejor ejercicio para quien luego trabaja como profesional. Por otra parte, el trato con los estudiantes te hace sentir vivo, te hace no perder contacto con lo que es el correr del tiempo.
Una faceta importante en la carrera de Javier Manterola es la creación de equipos de trabajo. Él, junto con Carlos Fernández Casado y Leonardo Fernández Troyano, crean la Oficina de Proyectos Carlos Fernández Casado S. L., y en tu estudio han colaborado buenos equipos de arquitectos. Durante tu carrera ¿cuál es tu visión de la evolución de estudios más personales a estudios más grandes y multidisciplinares?
Hay que entender los grandes estudios como la prolongación de la enseñanza; ahí los recién titulados tienen la oportunidad de ver de cerca lo que el trabajo profesional reclama. Son una extensión de las escuelas y hay que contar con ellos como instrumentos capaces de responder a lo que hoy se reclama de los proyectos tanto en términos estrictamente técnicos y legales como de plazos y calendarios. Ello no quiere decir que estudios de menor tamaño no garanticen respuestas más adecuadas, incluso me atrevería a decir que mejores, para determinado tipo de proyectos.
Javier Manterola valoraba mucho la labor de estudio, el reto que suponía el contacto con los estudiantes
Ambos habéis sido miembros electos de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en la división de Arquitectura. Ese es un destino ocupado por arquitectos, así que la presencia de ingenieros ahí es una excepción: Carlos Fernández Casado, José Antonio Fernández Ordóñez y ahora, Miguel Aguiló. ¿Qué recuerdos tienes del trabajo conjunto en la Academia?
Tuvimos la suerte de reencontrarnos en la Academia de Bellas Artes, como en los viejos tiempos. Javier se sentía muy contento al ver ingenieros constructores presentes en la Academia, colaborando codo a codo con los arquitectos. Entendía que las obras de ingeniería civil no son algo ajeno a las bellas artes, sobre todo los puentes, por los cuales él sentía tanta debilidad. Para Javier, un puente era capaz de asumir toda la carga estética —incluso me atrevería a decir metafísica— a la que una cultura aspira.
El paralelismo vital llega al reconocimiento del mundo de la cultura y de vuestros compañeros a nivel nacional e internacional. Javier y tú habéis recibido el Premio Príncipe de Viana de la Cultura por parte del Gobierno de Navarra; Javier recibió el Premio Nacional de Ingeniería Civil, en su primera edición en 2001; tú, por tu parte, el Premio Nacional de Arquitectura. Recibiste también el Premio Pritzker en 1996 y Javier el Premio IABSE (Asociación Internacional de Puentes e Ingeniería Estructural), que pueden ser considerados, respectivamente, como los Premios Nobel de la arquitectura y la ingeniería estructural. Javier estaba muy orgulloso de estos premios por lo que significaba de reconocimiento personal y a la ingeniería de nuestro país. ¿Qué supone para ti estos reconocimientos y otros muchos que has recibido en tu carrera?
Muchas veces comenté con Javier que tanto él como yo podíamos sentirnos bien pagados por parte de la sociedad respecto a nuestro trabajo. No todos los profesionales tienen la fortuna de ver reconocido su esfuerzo y entrega.
Obra construida
En vuestra primera etapa profesional tanto Javier como tú trabajasteis en Pamplona. Javier, en la estructura de la iglesia de Santiago Apóstol, del arquitecto Francisco Javier Guibert, y en edificios de viviendas con Fernando Redón Huici. Tú, por tu parte, proyectaste el edificio de viviendas de la calle Plazaola. ¿Conociste a estos arquitectos? ¿Se puede hablar de una escuela navarra de arquitectura?
Conocí a Javier Guibert y a Fernando Redón. Javier Guibert era un arquitecto interesado en las estructuras, y me consta la admiración que sentía por su paisano. Junto con Fernando Redón, hicieron un notable conjunto de edificios en Pamplona. Pero de ahí a pensar que con ellos se instaura una escuela navarra de arquitectura me parece demasiado.
Javier Manterola, desde la Oficina Técnica de la empresa constructora Huarte y Cía., y trabajando en la Oficina de Proyectos junto con Carlos Fernández Casado y Leonardo Fernández Troyano, tuvo una intervención destacada en el proyecto de las estructuras de tres edificios muy importantes en Madrid: las Torres Colón, de Antonio Lamela; el Banco de Bilbao, de Francisco Javier Saenz de Oiza, y el edificio del Banco de Santander, de José Antonio Ridruejo. En tu opinión, ¿tuvieron algún impacto en el mundo de la arquitectura en su momento? En tu caso no es conocida una aproximación a edificios en altura.
Son tres proyectos muy distintos. El del Banco de Santander habría que calificarlo de convencional. Las circunstancias singulares que se daban en la cimentación del Banco de Bilbao dieron lugar a una estructura compleja para la que Javier Manterola volvió a colaborar con Oiza, contribuyendo muy notablemente a lo que es su arquitectura. En cuanto a las Torres de Colón, pienso que en ellas Lamela utilizó la experiencia adquirida, dando pie a un edificio cuya reciente historia se sigue escribiendo. Sin duda, de las tres, la de mayor impacto ha sido la del Banco de Bilbao.
Con respecto a mi aproximación a edificios en altura, de más de veinte plantas, se reduce a los laboratorios para la Universidad de Columbia en Nueva York (Northwest Corner Building), la Torre Puig en Barcelona y a un edificio de viviendas recién terminado en Seúl (Eterno Cheongdam).
En la década de los 90, Javier y tú coincidisteis en el proyecto de ampliación de la estación de Atocha en Madrid. El proyecto arquitectónico, especialmente el de la sala hipóstila, planteaba una serie de retos estructurales y constructivos que abordasteis de forma conjunta. ¿Tienes algún recuerdo especial de esta colaboración?
El proyecto inicial contemplaba una sala hipóstila resuelta en hormigón. La urgencia que la construcción de la estación reclamaba hizo que se considerase la conveniencia de ejecutarla en acero, y fue ahí donde apareció la precisa intervención de Javier.
Este trabajo trajo consigo nuevas colaboraciones en las ampliaciones sucesivas de la estación.
En efecto, la oficina de Carlos Fernández Casado quedó desde entonces adscrita a un proyecto que, dada la importancia que Atocha tiene para la red ferroviaria española, no ha dejado de crecer.
Una obra fundamental en tu carrera es la obra del solar K de San Sebastián: el auditorio del Kursaal. En esta obra, Javier colaboró contigo desde el proyecto. ¿Qué recuerdos tienes de esta colaboración?
Más que recuerdos, una pregunta como esta me hace pensar en cómo nuestras carreras profesionales quedaron anticipadas en aquellas largas conversaciones en el automotor Madrid-Pamplona.
El proyecto planteaba unos grandes retos estructurales: fachadas inclinadas y transparentes, las pantallas y graderíos de los auditorios, las escaleras…
Aunque pueda parecer otra cosa, la estructura de un edificio como el Kursaal es clara, ya que es posible distinguir en ella una estructura de hormigón que soporta el programa y otra metálica acristalada que la envuelve, resolviendo así la construcción de una propuesta arquitectónica en la que una concepción abstracta prevalece. La metáfora que pretendía hacer ver lo construido como un episodio pseudogeológico, como unas rocas varadas, se veía así cumplida mediante una estructura como esta.
En el planteamiento de la obra tengo entendido que la propuesta de Rocas Varadas hace referencia a la obra escultórica de Jorge Oteiza y Eduardo Chillida. En este sentido, puede ser interesante conocer tu opinión sobre si el mundo de la arquitectura y el de la escultura pueden considerarse mundos entrelazados.
Con una propuesta estética tan cercana a la metafísica, se entiende que la obra de Oteiza no haya podido convertirse inmediatamente en soporte de una arquitectura concreta, algo a lo que, me consta, él sin duda se hubiera resistido. Nada le hubiera incomodado más que ver su obra instrumentalizada en términos estilísticos. Pero ello no ha sido óbice para que la obra de Oteiza se haya convertido en un horizonte rico y preñado de posibles mundos futuros formales para el trabajo de los arquitectos. Incluso me atrevería a decir que ello ocurre en dos obras mías en Donostia: por un lado, en el Kursaal dados los espacios intersticiales entre sus volúmenes y el modo en que estos se relacionan con una geografía tan singular como es la de la desembocadura del Urumea; y, por otro, en el interior de la iglesia del Iesu en el que la relajada atmósfera de una luz cuyo origen se nos oculta dinamiza el espacio con alusiones a formas y proporciones que asociamos con la arquitectura religiosa.
Los mundos de la ingeniería estructural y de la arquitectura, ¿estarías de acuerdo en que son mundos diferentes? ¿Sostendrías que, como pasa entre el mundo de la arquitectura y la escultura, la escala del problema obliga a un lenguaje y unas soluciones diferentes?
Creo que cada vez es más difícil hablar de mundos diferentes y que hay que esforzarse en entender de qué modo se producen los continuos préstamos entre disciplinas que pueden parecer diversas.
Obra pensada y escrita
Dentro de lo que podría denominarse la obra pensada y escrita de Javier Manterola, está su mirada al mundo de la arquitectura y, desde luego, su mirada al mundo de la ingeniería, reivindicando su valor en todas las áreas: la ingeniería estructural, la ingeniería de las obras hidráulicas, la ingeniería de las obras lineales de carretera y ferrocarril… Parafraseando la conocida obra de Bruno Zevi, vendría a ser un «saber ver la ingeniería». Tu obra, también pensada y escrita, es una auténtica lección sobre tu visión del mundo de la arquitectura para «saber ver la arquitectura». ¿Tienes alguna mirada del mundo de la ingeniería?
Toda obra humana —que por su misma naturaleza requiere manifestarse materialmente— necesita el soporte de una forma, y toda actividad constructora, cualquiera que sea, reclama la ayuda de principios derivados de la visión completa del mundo que una sociedad tiene y que impregna todo aquello que hacemos, esto es, la cultura mediante la cual se manifiesta. Así las cosas, las obras de ingeniería civil o de infraestructura no son ajenas a lo que entendemos como obra de arte. De ahí que haya siempre que dar lugar, en toda forma construida, a una presencia, consciente o no, de la cultura en que vivimos y que da pie a decir que las formas no están predeterminadas ni inevitablemente sometidas a leyes y normas.
Javier Manterola realizó una labor de reivindicación de la ingeniería “como obra de arte”
Javier Manterola, en su etapa de académico de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, realizó una labor de reivindicación de la ingeniería ‘como obra de arte’. Fruto de ello, la obra del puente sobre la bahía de Cádiz figura como una propuesta innovadora en el Museo de la Academia. Aunque la conceptualización de lo que puede considerarse obra de arte no está resuelta, y en mi opinión es una cuestión difícil, ¿cuál es tu opinión al respecto? ¿Crees que existe alguna relación entre el mundo de la escultura, la ingeniería y la arquitectura?
El caso del puente sobre la bahía de Cádiz puede que exceda, dada su escala, la consideración de una obra concreta de infraestructuras, pues su significado debe entenderse —y por tanto valorarse— en unos términos medioambientales tan amplios que trascienden los juicios y opiniones meramente formales.