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El diseño en la obra pública 2 | Experiencias
Algunas reflexiones sobre el diseño de obras hidráulicas
Pablo Giménez Olavarría
Ingeniero de caminos canales y puertos, profesional libre.
Vivimos en un planeta llamado Tierra, que en realidad es una bola líquida incandescente rodeada por una delgada costra sólida rocosa bañada a su vez por otro líquido, y todo ello rodeado por una atmósfera gaseosa en la que está difundida parte de ese recubrimiento líquido. Es decir, que la Tierra, lo terroso, no es lo representativo del planeta. Más bien este es algo parecido a un pastel de magma con una fina cáscara rodeado por un somero mar acuoso. Tal vez, visto así, habría que pensar en un nuevo nombre para el planeta. Las dimensiones de las montañas y de las fosas marinas son verdaderamente ridículas comparadas con el tamaño del globo, una decena de kilómetros hacia arriba o hacia abajo, frente a los 12.700 km de su diámetro. No debemos de haber visto en nuestra vida muchas esferas tan relativamente lisas.
Vivimos, o intentamos vivir, con los pies en la tierra, y más los ingenieros. Nuestras construcciones son sólidas, quizá sea lo que prime. Algo resistente, inmóvil, sobre lo que podamos apoyar nuestra actividad. Edificaciones donde hacemos nuestra vida, caminos sobre los que desplazarnos, puentes para andar sobre el aire. Acero, hormigón y tierras, de los que siempre queremos conocer su resistencia, su compacidad y su densidad.
El estado líquido de la materia, si uno lo piensa un poco, es extraño, muy extraño. Estamos acostumbrados a esto, pero si pudiéramos tener una mirada virgen nos sorprendería. Algo que cambia su forma pero no su tamaño, que busca obstinadamente bajar, separarse y volver a juntarse, que no se puede coger, solo retenerlo evitándole seguir su bajada. Algo que, aunque esté quieto, nunca perderá su vocación de escapar, esperando el tiempo que haga falta. Algo que se compacta solo, que rellena todos los huecos, que se nivela e iguala con insuperable perfección, incapaz de dejar un grano de injusticia en su superficie. Algo que es capaz de mezclarse con otro líquido íntimamente o no, para viajar juntos, o de hacerse lugar por el que transitar inmensos buques o diminutos glóbulos rojos. Algo que, en su tozuda ansia por bajar, es capaz de entregarnos toda su energía potencial a cambio. Todas las alegorías pueden hacerse y se han hecho con el agua. ¿Quién no se ha sentido fascinado con unas cuantas gotas de mercurio? ¿No es maravilloso jugar con la miel? ¿Flotar en la inmensidad del mar? ¿Bucear? ¿Ducharse con agua caliente? ¿Vivir?
Tratar con el agua es todo eso. Las obras hidráulicas han permitido a las civilizaciones, a la especie humana, coger, almacenar, transportar y distribuir el agua, alimentar, regar, generar energía, limpiar, facilitar el transporte, calentar cosas, enfriarlas, prácticamente todo.
Por otra parte, leyendo las distintas acepciones de la palabra diseño (‘dibujo’ en italiano) podríamos resumirlas en el dibujo de una idea para poder hacerla real. ¡Pocas cosas puede haber más bellas que diseñar! Y pocas más satisfactorias que ver construido un diseño.
Si se ha de trabajar con el agua, el diseño de lo que hagamos se tendrá que hacer a medias con ella. Si el diseño es correcto, la obra funcionará bien y muchos años. Si no, si no se cuenta con el noble y terco carácter líquido, se fracasará. De esta relación nace la belleza de las obras hidráulicas, de esta necesidad de unir lo racional y lo inexorablemente natural. El agua nos facilita muchas veces el diseño de nuestras construcciones, favoreciendo las formas naturales y penalizando lo forzado. El capitel de un pilar, ya sea de un templo egipcio o de un viaducto de cien metros de altura puede adornarse, pero la forma, el diseño de la embocadura de la toma de una gigantesca turbina debe acompañar con la mayor suavidad posible a la trayectoria del agua, y el dibujo de esa trayectoria es tan intuitivo como bello.
En España, 46 años después de morir Franco, las grandes obras hidráulicas siguen bajo el tópico de la propaganda del dictador. Juan Benet, al que se le podría acusar de muchas cosas salvo de franquista, decía, en un artículo fechado en 1986 sobre el embalse de Riaño, que esa identificación “era lo que más agradaba a Franco, que carecía del menor escrúpulo a la hora de apropiarse de los progresos técnicos de la nación para presentarlos como conquistas de su régimen. Así que esa manera de pensar es puramente franquista y el puesto del individuo que sigue creyendo en la vigencia de ecuación embalses=Franco no está sino en una u otra fila de la manifestación del próximo 20-N”.
Estamos en 2022 y las cosas siguen prácticamente igual en ese aspecto. Pero cuestiones políticas aparte y sin entrar a valorar el beneficio de la regulación nada menos que del río Esla, y asumiendo que el embalse de Riaño, como cualquier otro embalse, modifica para siempre un valle único, muy poca gente, incluso entre los ingenieros, valora la bóveda de Riaño como una estructura única, ejecutada en épocas complicadas y en unas condiciones económicas difíciles, y todo de una manera magistral, que debería ser el orgullo de un país. Otro tanto podríamos decir de la presa de Almendra (o presas, ya que para acabar de cerrar el embalse se construyeron presas de prácticamente todas las tipologías). ¿Cuántos turistas se hacen fotos y más fotos con las innecesarias, caras, amaneradas, icónicas y rápidamente trasnochadas, inmantenibles, y muchas veces corruptógenas y llamativas estructuras firmadas por los diseñadores de moda? ¿Quién sabe quién diseñó la presa de Almendra? Casi nadie. ¿No es su diseño algo realmente audaz? ¡Algo con una cuerda en su arco superior de 500 metros capaz de trasmitir a unas laderas el empuje nada menos que de 200, ¡200!, metros de agua! ¿Qué cubierta de qué edificio del mundo tiene estas solicitaciones? Todo esto se consigue con el diseño, con un tanteo y otro posterior, con honestidad y mucho conocimiento, y sin decirle al calculista que aumente lo necesario la cuantía del acero. ¿Qué es, sino diseño, la maravillosa presa del Pontón Alto? ¿Cuántos ingenieros nos hubiéramos conformado con cerrar el río con una presa de gravedad sin complicarnos más la existencia? Prácticamente todos. ¿No es maravillosamente bella la presa de Aldeadávila, todo ella vertedero? ¿No es su diseño el que habría elegido el agua si le hubieran preguntado? Hemos tenido grandes diseñadores de obras hidráulicas, curiosamente anónimos.
Notable es también que uno de nuestros mejores ingenieros, como fue Eduardo Torroja, cuyos audaces diseños en el campo de las estructuras todos conocemos, tuviera sus más y sus menos con la bóveda de Canelles. Esto nos lleva a pensar que no es tan sencillo encajar a medida una estructura de hormigón en masa en una cerrada que puso allí la naturaleza. Y que esa mole de hormigón sea capaz de desviar los desmesurados empujes del agua a las laderas de una manera suave y soportable por ese terreno.
Especialmente bello es el uso de las espirales logarítmicas para definir los arcos de una presa bóveda, para favorecer o descargar el funcionamiento de arcos o ménsulas allí donde realmente es necesario y conseguir además una suave transmisión de los empujes al terreno. Nadie como Rafael López las utilizó para definir la directriz de sus inigualables presas. La curva homotética de sí misma, expresión matemática de la belleza y la armonía en la naturaleza, crea unas estructuras que son, a mi modo de ver, parte de la cara hermosa del genio humano. Otro tanto puede decirse del ritmo de las presas de contrafuertes, de las bellísimas bóvedas múltiples o de los aljibes y depósitos de agua medievales. Creo que nadie debería perder la oportunidad de contemplar estos diseños con esta óptica.
El catedrático de la escuela de Santander, Joaquín Diez-Cascón, siempre pone en sus clases el ejemplo del vientre de una mujer embarazada, cuya forma de resistir el empuje del líquido en que flota el feto, llevando toda esa carga a las caderas y riñones de la madre, inspira el funcionamiento de una presa bóveda. Estas cosas quizá se deberían tener más en cuenta en las escuelas de ingeniera en cuanto al diseño. Las cosas que a la vista se ven bien, las que tienen un diseño adecuado y natural, suelen funcionar bien. El diseño adecuado es el que se adapta al lugar y al problema a resolver. Si previamente adaptamos el lugar a un diseño establecido de antemano en una oficina, toda esa belleza desaparecerá y se convertirá en algo forzado y feo. Y lo mismo pasa si nos inventamos el problema. Todos conocemos muchas estructuras muy audaces pero metidas con calzador, con pilares en mitad de un cauce, o tableros de puentes que sujetan el peso de un mástil atravesado por centenares de tirantes innecesarios, o incluso puentes para vadear la nada. Incluso proyectos de puentes que incluyen la construcción del vacío sobre el que han de flotar y les den una razón de ser.
España debiera estar más orgullosa de su patrimonio hidráulico
Con el agua no cabe mucho adornarse. El perfil Creager es sensiblemente el que crea el agua por sí sola al rebasar un vertedero, es traducir a números algo que ya estaba dibujado desde que el mundo es mundo. Los muros que conducen el agua hacia ese vertedero también intentan copiar las líneas de la corriente, siempre el diseño acompasado al movimiento del agua. Y si esto no es así, si el diseño de la embocadura de un aliviadero morning glory no es perfecto, los problemas estarán asegurados.
Las obras hidráulicas, junto con las marítimas (qué casualidad, también con agua por medio), son las que tradicionalmente han necesitado en su diseño de una ciencia tan bella y tan sometida a la naturaleza como es la de los modelos reducidos. Esto podría ser interpretado como que en su diseño no nos acabamos de fiar de los cálculos, y que necesitamos verlo para creerlo. Al fin y al cabo, otras estructuras que proyectamos los ingenieros pueden estar muy finamente calculadas. La audacia en muchas de esas ocasiones la pone el método constructivo. Las construcciones a las que, entre los ingenieros, conocemos como estructuras se pueden probar una vez materializadas, y las podemos comprobar las veces que queramos durante su vida. Incluso las podemos anular en cinco minutos. ¿Quién puede avisar a la Guardia Civil para que le corte el paso a una riada, con desvíos conveniente señalizados? ¿Se puede probar de manera tranquila y programada un aliviadero, cuajándolo de sensores, a una vez y media de su caudal de diseño?
Se ha intentado hacer una trasposición en las presas de las ideas de la puesta en carga de los puentes, pero a mi entender (y al del de casi todo aquel que ha tenido que llevarlo a cabo) no es algo extrapolable, ya que la naturaleza y su forma indomable de enviarnos el agua es la que manda. ¿Qué debió de pasar por la cabeza del ingeniero que proyectó el aliviadero de la presa de Ricobayo mientras el agua iba tallando aquella inmensa poza que avanzaba ladera arriba, amenazando liberar de golpe todo el agua del embalse? Un tormento difícilmente imaginable. No me parece que diseñar estas estructuras pueda depender del ego del proyectista, sino de su capacidad técnica, su prudencia y del conocimiento y respeto por la naturaleza.
Yo creo que España, un país tan hecho a mirar al cielo esperando la lluvia, con tanta tradición en la construcción de obras hidráulicas, debería estar más orgulloso de su patrimonio hidráulico. Desde el acueducto de Segovia, las presas romanas y medievales, al canal de Castilla y también las construcciones del siglo XX, ejecutadas de una forma casi heroica en muchos casos, en un país en ruinas en el que solo conseguir cemento era complicadísimo. Creo que el público en general, ese que comenta con preocupación en las cafeterías lo bajos que están los pantanos cuando hay sequía, debería abandonar ese extraño complejo y conocer y disfrutar de lo que anónimos ingenieros idearon y construyeron. A mi juicio, algunas esclusas del Canal de Castilla, como las de Calahorra y Frómista, están a la altura, en cuanto a diseño, belleza y armonía, de muchas catedrales, palacios o puentes. Y desde luego muchas presas, como por ejemplo la mencionada presa del Pontón Alto en Segovia, están muy por encima, solo en cuanto a diseño y belleza de formas, de prácticamente todos los icónicos y fastuosos auditorios, palacios de cortes regionales, puentes electoralistas, bodegas de moda, estadios de fútbol, aeropuertos y palacios de congresos que acaparan las fotos de las revistas y artículos de diseño. Lo primero porque resuelve un problema (en este caso el abastecimiento de agua de una ciudad), y además porque es objetivamente bella, y a la vez racional y austera. No es pretenciosa, no le sobra absolutamente nada, y tampoco le falta (si le faltara, obviamente ya no estaría allí).