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La Clave | El diseño en la obra pública

Construir la posexistencia

Francisco Domouso de Alba

Doctor arquitecto.

Lorenzo Fernández-Ordóñez Hernández

Arquitecto.

©Vicente Tofiño

La radiografía acumulativa de la transformación y evolución de las ciudades nos enseña que, desde hace siglos, la construcción es una superposición de épocas e intereses. Las nuevas ciudades se construyen sobre las bases de otras que no llegan a desaparecer, sino que se transforman en la huella y soporte de nuevas construcciones.

La conservación del patrimonio construido de carácter histórico es una realidad, y uno de los hitos culturales que abandera el siglo XX. La normativa urbanística (o la herramienta que corresponda en función de la ciudad o el país donde se encuentre la obra) proporciona catálogos de edificios, infraestructuras y espacios urbanos con distintas escalas de valor arquitectónico, cultural o ambiental, indicando los grados de conservación a respetar: desde una conservación completa a la puesta en valor de elementos parciales. No se cuestiona la necesidad de conservar estas construcciones de alto valor histórico, a las que se les suele dedicar los recursos técnicos, materiales y económicos necesarios para que su vida útil siga casi sin límite de tiempo.

Actualmente, alrededor del 56 % de la población mundial, unos 4.400 millones de habitantes, vive en ciudades (1). En 2050 esta población urbana se habrá duplicado y 7 de cada 10 habitantes vivirán en ciudades. La tasa de urbanización a nivel mundial, esto es, la relación porcentual entre la población que vive en ciudades y la población total, ha evolucionado del 13 % en 1900 al 29,1 % en 1950, y se proyecta que será del 60,8 % en 2030 (2). La huella construida ocupa actualmente el 3 % de la superficie de la tierra, unos 4,5 millones de km², y el crecimiento es imparable. En menos de 20 años se habrán añadido 1,5 millones más de km² de superficie construida al planeta, en la mayoría de los casos en forma de desarrollos urbanos incontrolados. El 95 % tendrá lugar en el mundo en desarrollo. La metropolización es imparable.

Desde la perspectiva ambiental, los datos son alarmantes: la ciudad representa entre el 60 % y el 80 % del consumo de energía y el 75 % de las emisiones de carbono. El ciclo de vida de la construcción (proyecto, construcción, uso, demolición y posible/deseable reciclaje de materiales) es responsable del 40-50 % de las emisiones de los gases de efecto invernadero.

El problema reside, como demuestran los datos, en que la huella construida de las ciudades (considerada a nivel global) crece de manera exponencial y sin criterios medioambientalmente sostenibles desde principios del siglo XX, y continua en nuestro días. Además, lo construido no introduce ningún avance singular en la edificación, sino que se multiplica un modelo constructivo y estructural que resulta obsoleto con el actual paradigma climático y energético. Los pronósticos más agoreros estiman que la expansión de la huella construida, si se mantiene la tendencia actual, afectará negativamente en dos décadas al 70 % del hábitat natural del planeta.

Nunca en la historia las ciudades habían colonizado tanto territorio, ni la industria de la construcción había tenido la capacidad de construir un volumen tan grande de edificios e infraestructuras. De esta ingente masa de construcción reciente, el porcentaje de edificios de valor arquitectónico o cultural es ínfimo (su conservación y recuperación es obligada y necesaria, si se llega a tiempo de incorporarlos a los catálogos de edificios o infraestructuras protegidos, lo que no siempre es posible por la rapidez urbanística e inmobiliaria que mueve la economía del crecimiento). El problema lo genera el resto de la construcción.

La relación de los ciudadanos, los arquitectos y los ingenieros con lo preexistente debería reformularse

Este espectacular crecimiento a lo largo del último siglo ha generado una huella de carbono que hoy en día no podemos más que lamentar, por lo que nuestra obligación actual debería ir en el sentido de mitigar su impacto ambiental en la fase final de su ciclo de vida o, lo que sería más responsable, proporcionarle una nueva proyección urbana menos contaminante con todas las prestaciones necesarias de las nuevas edificaciones.

Este texto no trata sobre la construcción y recuperación de preexistencias de valor histórico, ya resueltas y obligadas, sino que pretende reflexionar sobre la necesidad de recuperar construcciones sin especial valor cultural o arquitectónico, obsoletas desde el punto de vista de la habitabilidad y la eficiencia energética.

Demoler edificios sin valor cultural o ambiental para construir en su lugar nuevos proyectos es muy atractivo desde el punto de vista de la creación arquitectónica y simplifica el negocio inmobiliario, pero no es compatible con el control de las emisiones de CO2. La demolición es el único camino en muchos casos (por la mala calidad de la construcción, el agotamiento de la estructura, etc.), pero el impacto medioambiental que genera se presume inasumible por el volumen de construcción a reciclar al que nos enfrentaremos en las próximas décadas si el criterio adoptado es demoler para construir de nuevo.

La huella de carbono y el impacto medioambiental deben convertirse en un factor determinante para decidir la política proyectual y constructiva a seguir en la construcción en las próximas décadas. Una premisa es evitar, en la medida de lo posible, tener que reciclar, por lo que hay que minimizar la producción de residuos de construcción. Para ello, la demolición y la obra nueva deberían reducirse al mínimo necesario.

En este sentido, la diferenciación entre estructuras de obra civil y edificación es clave.

Refuerzo de la estructura con bandas de fibra.

El impacto de la demolición

En la construcción predomina la utilización de materiales pétreos. El hormigón armado es el material del siglo XX y XXI. Sus prestaciones y capacidades estructurales a gran escala —cimentaciones, estructuras, redes de infraestructuras, etc.— son actualmente insustituibles por otros materiales. Esta bondad choca de frente con su reciclaje, que, una vez acabada su vida útil, se reduce a un material disgregado o machacado, sin mayores cualidades a pesar de haber consumido mucha energía en todo su ciclo de vida.

El volumen de los materiales pétreos que llega a vertedero procedente de la demolición —hormigones, fábricas y muchos de los que forman parte de las edificaciones obsoletas— supone prácticamente el 70 % del volumen total de los residuos generados en el ciclo de vida de la construcción. Idealmente, este material puede reciclarse como áridos para distintos usos, pero, dadas las pobres características del producto obtenido, solo tiene interés constructivo un porcentaje muy pequeño. Es decir, la mejor estrategia es no producir residuos, o solo los estrictamente necesarios. Aún estamos muy lejos de la aspiración de la Unión Europea de que en el pasado año 2020 al menos el 70 % de los Residuos de la Construcción y Demolición (los RCD) se reciclasen y se pusieran en valor para nuevos usos bajo el paraguas de una necesaria economía circular.

En países con un fuerte impacto de la construcción, los residuos de la producción y demolición pueden llegar a una tonelada por habitante y año, la mayor parte de los cuales termina en un vertedero, sin viabilidad de reutilización ni reciclaje posible por el inabordable coste energético y medioambiental que supone el proceso. Es decir, se están generando bolsas en el territorio, cada vez mayores, inundadas de material de desecho. Los vertederos ocupan un territorio estéril para la biodiversidad, generan graves problemas medioambientales, contaminación, etc., y destruyen ecosistemas, vegetación, fauna y paisaje. Si este problema en los países desarrollados es complejo y de difícil solución, en los países en vías de desarrollo, donde la mancha construida crece sin control y con serios problemas para la gestión de los residuos de la construcción, la situación es inabordable.

Pero, indistintamente de donde se encuentre el foco de emisión de CO2, el problema medioambiental es global y nos afecta a todos. Es necesario reciclar, pero en este momento es más importante reducir el volumen de residuo generado.

Edificación versus obra civil: la duración de las estructuras

El material predominante desde principios del siglo XX en la construcción de estructuras de obra civil y edificación es el hormigón armado. A nivel global, el volumen construido generado por la obra civil no es significativo comparado con el de la edificación.

Las estructuras de obra civil tienen razonablemente limitada su vida útil. Son estructuras que están sometidas a esfuerzos y solicitaciones muy exigentes derivadas de su uso, además de estar sometidas a una variable agresividad y exposición ambiental. La obra civil precisa mantenimiento constante, y su vida útil queda comprometida cuando no puede responder con solvencia a las solicitaciones para las que está proyectada. Ello se traduce en que estructuras de cierta antigüedad ya no son capaces de prestar un servicio seguro para las hipótesis y condiciones para las que fueron diseñadas y construidas. En estos casos, la demolición (y posible restitución) es inevitable, siendo obligado minimizar la huella de carbono producida por esta última fase de su ciclo de vida. En algunos casos es posible conservar estructuras de infraestructuras de alto valor histórico y constructivo, como las de algunos puentes, que sobreviven gracias a cambios de uso a prestaciones más ligeras, como la peatonalización. Pero son casos aislados.

Remodelación de la Plaza de España y su entorno. Madrid

Un ejemplo de cambio de uso y solicitaciones ha sido la reciente renovación de la Plaza de España de Madrid. En esta actuación se ha reciclado un túnel viario como cantón de limpieza e instalaciones de servicio, y se ha mantenido el viaducto proyectado a finales de los años 60 del siglo pasado (momento en que se construyeron la mayoría de “Scalextric” de Madrid), reparándolo e incorporándolo al proyecto urbano (3). Sin embargo, una actuación de este tipo no se ve favorecida por la normativa actual, ya que actuar sobre una estructura existente penaliza al nuevo proyectista, que debe ajustar los nuevos requisitos de cargas y sobrecargas con las carencias de lo ya construido, y ello genera un bucle malicioso en el que cuanto más se interviene sobre la estructura, menos aguanta «teóricamente».

El reciente Código Estructural (2021) introduce novedades importantes, como la gestión de las estructuras de hormigón y acero durante su vida útil, así como el índice de contribución de la estructura a la sostenibilidad (ICES) para evaluar el impacto ambiental de estas estructuras considerando las características prestacionales, ambientales, sociales y económicas que aportan los agentes que participan en su proyecto y ejecución.

Como se ha visto anteriormente, no se puede marginar el volumen tan extraordinario de edificación construido a nivel global a estas alturas del siglo XXI, ni obviar el impacto que tendría la puesta en carga de la última fase del ciclo de vida de estas construcciones, entendida como demolición y reciclaje del material, inviable a todas luces desde el punto de vista medioambiental. Por este motivo pensamos que es necesario reformular la construcción sobre la preexistencia, generando una nueva «posexistencia». Se trata de poner el foco en la transformación de lo existente en vez de en su sustitución.

Recuperar edificios de bajo o nulo valor cultural o arquitectónico, pero con estructuras aptas para admitir refuerzos, inserciones o prótesis, debe considerarse y entenderse, sino con el mismo valor cultural y económico de la obra nueva, sí al menos con la ventaja de haber reducido sensiblemente la aportación de CO2 a la atmosfera, con la consiguiente reducción del impacto ambiental que implica demoler y construir nuevamente. Las estructuras de hormigón proyectadas y construidas por técnicos desde principios del siglo XX son, en muchos casos, susceptibles de ampliar su vida útil reconvertidas en el esqueleto de nuevos edificios o construcciones civiles.

No puede seguir siendo solamente el valor histórico lo que nos lleve a rehabilitar edificios. Hay que introducir otros parámetros adicionales que hagan preferible la transformación de prexistencias de menor valor arquitectónico, pero cuyo balance global de huella de carbono sea inferior al proceso de demolición y obra nueva.

Por eso es necesario poner en valor la capacidad de la estructura de los edificios como herramienta de generación de «posexistencias arquitectónicas», con la salvedad de las estructuras espontáneas de toda la edificación generada en las periferias marginales de muchas ciudades en todo el mundo (la regeneración o sustitución de esta edificación, con un impacto territorial y energético inabordable actualmente, es uno de los retos a los que se enfrentará el mundo en las próximas décadas).

Las solicitaciones a las que están sometidas la mayoría de las estructuras de edificación distan mucho de las exigencias de la obra civil. Son situaciones de carga menos comprometidas y, en la mayoría de los casos, han estado menos focalizadas en la optimización de la cantidad de material versus la respuesta estructural. Es decir, es poco frecuente que la capacidad resistente del material haya llegado al agotamiento. Además, a lo largo de la historia, la rehabilitación puntual o integral ha sido la actuación habitual de transformación de las edificaciones para mantener o crear nuevos usos, y solo puntualmente lo ha sido la demolición o sustitución completa. Una muestra clara es la conservación de los centros históricos de las ciudades, cuya materia prima son edificios de varios siglos de antigüedad, pero que siguen en uso después de haber sufrido múltiples transformaciones y refuerzos estructurales a lo largo del tiempo.

La recuperación de estas estructuras es un reto que requiere arquitectos e ingenieros que no enfoquen el problema desde ópticas exclusivamente historicistas (no son construcciones con valor histórico), sino desde planteamientos proyectuales que generen nuevas arquitecturas, con la misma validez cultural y urbana para los ciudadanos que la obra nueva. Conceptualmente, construir sobre la preexistencia tampoco puede limitarse exclusivamente al ahorro energético y la reducción de la huella de carbono. Una postura basada solo en la eficiencia medioambiental dejaría de lado factores fundamentales como los sociales, culturales, urbanos o tecnológicos sin los cuales no se entendería la sociedad digital de la tercera década del siglo XXI.

Estrategia proyectual para construir la posexistencia

La reutilización del patrimonio edificado se ha practicado históricamente y ha permitido la conservación selectiva de edificios de diferentes épocas que han tenido la capacidad de adaptarse a nuevos usos o necesidades. Este proceso constructivo se interrumpió a principios del siglo XX ante la facilidad y capacidad de sustituir y construir edificios nuevos consumiendo recursos y territorio sin límite.

Viaducto de la Plaza de España. Retranqueo de la estructura en la zona de minas.
Mensula de postensados en el pilar demolido. Arquitectos: L. Fernández-Ordóñez, F. Porras Isla. Fotografías: Lydia Romero.

La conservación de la preexistencia construida abarca un amplio abanico de intervenciones posibles, desde la restauración histórica, la rehabilitación (con o sin valor cultural), o la reconversión energética. Es una actividad proyectual y constructiva necesaria hoy en día que debe generar un proceso de diseño sostenible que extienda la vida útil y económica de la construcción, y contribuya a disminuir el impacto ambiental que implica demoler y construir nuevamente.

En este sentido, la relación de los ciudadanos, los arquitectos y los ingenieros con lo preexistente debería reformularse. Los arquitectos se forman, salvo excepciones, en la idea contemporánea de que su función es proyectar un entorno nuevo, construyendo edificios de nueva planta. Sin embargo, la necesidad de las ciudades y del clima es otra: actualizar las edificaciones minimizando el impacto medioambiental.

La necesaria intervención sobre edificios sin valor arquitectónico es una oportunidad para los técnicos, que pueden trabajar sin las limitaciones de la recuperación de edificios históricos, interpretando el diálogo entre existente y nuevo con plena libertad proyectual. Podemos hablar de «recodificar» la manera de abordar el proyecto sin limitar la necesaria ilusión de los jóvenes arquitectos e ingenieros de crear un mundo nuevo y mejor.

La edificación general construida desde mediados del siglo XX responde a unos principios y sistemas de ejecución (forjados y losas superpuestas a flexión, pilares y planta libre), que fueron creados en un momento en el que la energía no era considerada crítica para la sociedad. Al rehabilitar estos edificios incorporando un nuevo paradigma energético y climático, nos encontramos con que, a menudo, muchos de sus componentes no son aplicables; es el caso, por ejemplo, de la altura libre de los pisos, que es mínima, lo cual imposibilita una iluminación natural eficiente. Para conseguir una verdadera rehabilitación con los requisitos medioambientales que propone la Comisión Europea (edificio de consumo casi nulo, etc.), muchas veces será necesario actuar eliminando forjados, y consiguiendo espacios con mayor altura, que mejoren el comportamiento bioclimático, la iluminación natural, la ventilación y la respuesta energética eficiente del edificio. Este tipo de actuaciones están muy limitadas por la normativa actual. Es necesario abrir el debate sobre ello para que se favorezca la actuación sobre lo preexistente.

Lacaton & Vassal arquitectos, transformación de 530 viviendas en Burdeos (Francia), bloques G, H, I, distrito Grand Parc. Izquierda, antes de la intervención. Derecha, después de la intervención.

Fotografías: Philippe Ruault

El posicionamiento intelectual de rehabilitación frente a demolición-construcción no es nuevo. Arquitectos como Lacaton & Vassal, premio Pritzker 2021, trabajan desde hace años en estrategias de intervención en edificios residenciales, conservando, reforzando y/o manipulando la estructura, pero transformando radicalmente los usos interiores y la envolvente, definiendo un modelo de intervención extrapolable a muchos inmuebles. Estos proyectos de transformación de grandes bloques de viviendas construidos en los años 60 del siglo pasado generan cambios radicales en edificios y entornos que los ciudadanos juzgaban y percibían a priori negativamente, pero que, después de la intervención, se transforman en grandes apuestas arquitectónicas, urbanas e inmobiliarias. No se trata de proyectos de rehabilitación, son proyectos de transformación.

Esta nueva realidad es una «posexistencia arquitectónica» que dibuja un nuevo entorno urbano y proporciona construcciones eficientes, que nos acerca un poco más al objetivo de conseguir edificios con cero emisiones netas de carbono para 2050. En esta ecuación, evitar la demolición de la estructura es fundamental.

Notas

1

Según datos del Grupo Banco Mundial.

2

A partir de datos del documento 2018 Revision of World Urbanization Prospects, de Naciones Unidas.

3

Al contrario que en este proyecto, en la mayoría de las actuaciones sobre estos «Scalextric», Madrid ha optado por la demolición en vez del reciclaje urbano (Atocha, Cuatro caminos y Joaquín Costa). Actualmente está sobre la mesa la demolición del de Vallecas.

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