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Extraordinario | Javier Manterola

Diseño e innovación en la obra de Javier Manterola

José Romo Martín

Ingeniero de caminos, canales y puertos.

Viaducto ferroviario sobre el Ebro en Osera, Zaragoza (2001).

La relevancia de la obra de Javier Manterola se refleja en los numerosos libros y artículos que destacados colegas le dedicaron en vida, así como en el interés que sus proyectos han despertado entre ingenieros de puentes de todo el mundo. Muestra de ello es el gran número de galardones tanto nacionales como internacionales que recibió a lo largo de su carrera.

Es imposible realizar aquí un análisis completo de su extensa obra. La intención es otra: ofrecer una visión de lo que, a mi juicio, constituye el núcleo de su legado. Porque, si hay un factor común en toda su trayectoria, es una forma muy particular de ejercer la disciplina. Una manera de hacer que se apoyó siempre en dos pilares esenciales: el diseño y la innovación.

Tal vez al lector le sorprenda que el punto de partida de este análisis sea el diseño. Para aclararlo, me remito a la entrevista, publicada en el número 3636 de la ROP, en la que él mismo reivindicaba con claridad la distinción entre proyecto y diseño. Allí afirmó con convicción que se consideraba, ante todo, un diseñador de puentes. Para él, estaba claro que diseñar, en el sentido más profundo, es proyectar con intención.

El segundo rasgo distintivo de su obra es la innovación. No se trata de una innovación asociada al uso de nuevos materiales o sistemas constructivos —como sucede en la obra de Freyssinet—, sino de una innovación centrada en la exploración de las posibilidades resistentes asociadas a las formas. Manterola fue, sobre todo, un creador de formas resistentes: configuraciones que respondían tanto a los condicionantes específicos del contexto como a una búsqueda deliberada de la eficacia estructural, conjugada con una formalización de alta calidad. En este sentido, puede decirse que su línea de trabajo es paralela a la realizada por Eduardo Torroja en el ámbito de la edificación singular —con ejemplos como el Hipódromo de la Zarzuela o el Frontón Recoletos—. La innovación en la obra de Manterola, al igual que en la de Torroja, radica en la concepción de formas y sistemas estructurales inéditos.

Las primeras obras: clasicismo y valentía

Para comprender en profundidad el impacto de la innovación y el diseño en la obra de Manterola, es necesario comenzar reflexionando sobre sus primeros puentes. Estas obras iniciales constituyen ejemplos de la aplicación precisa de soluciones clásicas y canónicas. Sin duda, estos primeros proyectos fueron un campo de aprendizaje crucial que cimentó los principios técnicos y formales sobre los cuales más tarde desarrollaría su propio lenguaje estructural.

Entre estas primeras intervenciones destacan los puentes de dintel constante y trazado curvo del nudo Norte-La Paz en Madrid (1973) y, sobre todo, dos hitos tempranos: la pasarela atirantada sobre la M-30 (1976), una estructura precisa y contenida; y su colaboración en 1978 con Leonardo Fernández Troyano en el puente Sancho el Mayor, uno de los primeros puentes atirantados del mundo con un sistema de atirantamiento tridimensional que, además de ser estructuralmente eficaz, genera una espacialidad inédita en el ámbito de los puentes.

Pasarela atirantada sobre la M-30, Madrid (1976),

Sin embargo, el verdadero punto de inflexión en su trayectoria llegó con el puente de Barrios de Luna —hoy conocido como puente Ingeniero Carlos Fernández Casado—. Concebida alrededor de 1980 y construida entre 1981 y 1983, esta obra marcó un hito en la ingeniería civil internacional: con una luz principal de 440 metros, estableció un récord mundial en puentes atirantados con tablero de hormigón. Es importante destacar la valentía de Javier Manterola, quien tenía apenas 44 años cuando concibió esta obra monumental. En un momento en que los métodos de análisis disponibles se basaban principalmente en cálculos manuales, herramientas gráficas y, en el mejor de los casos, programas informáticos muy básicos, era un tiempo en que los ordenadores comenzaban a introducirse en las oficinas de ingeniería. El resultado fue un puente que no solo resolvía con eficacia el cruce del embalse del río Luna, sino que también deslumbró a la ingeniería internacional por sus dimensiones y por la claridad formal de su diseño.

Esta fase inicial, regida por el empleo de soluciones clásicas, es una etapa común en todos los ingenieros estructurales y debe ser vista como un paso fundamental en su evolución. Solo a través de esta consolidación teórica y práctica de saberes se afianzan las bases que luego permitirán dar el salto hacia un diseño más refinado y la innovación. La ortodoxia, o si se quiere, el clasicismo, lejos de ser una limitación, se convierte en el trampolín necesario para la creación de formas estructurales más originales y audaces.

La innovación en la obra de Manterola radica en la concepción de formas y sistemas estructurales inéditos

Reinterpretación de los tipos estructurales

Superada la etapa inicial de aprendizaje y consolidación profesional, Javier Manterola inicia una etapa de madurez creativa en la que reinterpreta las soluciones canónicas con un lenguaje propio, combinando rigor técnico con sensibilidad formal.

Esta evolución se manifiesta en una serie de puentes, proyectados a partir de los años noventa, que no solo resuelven con solvencia los retos técnicos, sino que también exploran nuevas formas resistentes. El puente sobre el río Ebro en la Ronda de la Hispanidad de Zaragoza (2002) es paradigmático en este sentido. Aquí, Manterola propone un arco con tablero inferior y sección triangular, donde el mecanismo de torsión se resuelve desde el propio tablero.

En esta misma línea de reinterpretación de los tipos estructurales, el viaducto ferroviario sobre el Ebro en Osera (2001), perteneciente a la línea de alta velocidad Madrid-Barcelona, representa un ejercicio de recuperación crítica de soluciones históricas. El paso del tren por el interior de un tablero en cajón, en un tramo de escasa altura sobre el río, es una decisión cargada de sentido. La sección de hormigón pretensado, con grandes aligeramientos circulares en las almas, no solo optimiza el comportamiento resistente, sino que confiere a la obra un carácter singular y reconocible.

El puente sobre el Guadalquivir en Córdoba (2005) supone una nueva exploración tipológica, al introducir un único mástil central con un haz de cables rebajado y puntales longitudinales. Esta solución permite aligerar el tablero y lograr una esbeltez notable, a la vez que construye un gesto formal claro y elegante. Este mismo principio, adaptado a una escala mayor y a las exigencias del tráfico mixto (carretera y ferrocarril), se desarrolla posteriormente en el puente sobre el Danubio entre Vidin y Calafat (2012), donde Manterola vuelve a demostrar su capacidad para adaptar ideas estructurales a contextos complejos sin renunciar a la claridad formal.

El encaje en el terreno es otro de los ejes que articulan su obra. Los viaductos de Gorostiza (2012), que cruzan el embalse con calzadas en curva y no paralelas, son una demostración de cómo una solución técnicamente exigente puede resolverse con sobriedad y belleza.

Esta búsqueda de síntesis alcanza una expresión ejemplar en el Puente de los Poetas de Zamora (2013), donde una simple viga cajón se convierte en un ejercicio de depuración formal y coherencia estructural. La curvatura en planta, la ley variable de cantos, el perfil del alzado y los aligeramientos circulares sobre las pilas se integran en una composición que, sin abandonar la ortodoxia estructural, alcanza una alta calidad plástica y se inscribe con naturalidad en el paisaje fluvial de Zamora.

Más que una sucesión de obras singulares, este conjunto constituye un manifiesto construido de lo que significa para Manterola «proyectar con intención»: entender la estructura como una síntesis entre lógica resistente y expresión formal. Cada puente responde a su contexto y a sus condicionantes específicos, pero todos comparten una misma voluntad de fondo: alcanzar una unidad inseparable entre apariencia y esencia, entre técnica y belleza.

Puente Ingeniero Carlos Fernández Casado, en Barrios de Luna, León (1983).
Puente sobre el río Ebro en la Ronda de la Hispanidad de Zaragoza (2002).

Lo curvo: la innovación formal y resistente

Aunque en muchos de los puentes anteriores se muestra no solo la rica interpretación que hace Manterola de los tipos estructurales canónicos, sino también cómo introduce variaciones en ellos, es quizás en los puentes curvos donde, a partir de la innovación estructural, ha conseguido formas y sistemas realmente espectaculares. El conocimiento profundo de los fenómenos de torsión y flexión, junto con las capacidades que brindaron las herramientas de cálculo a partir de mediados de los años 90 del siglo XX, le permitieron crear estructuras rigurosas y dotadas de gran fuerza plástica.

La exploración de estas formas es, de alguna manera, paralela a la realizada en esos años por otro coloso de la ingeniería estructural: Jörg Schlaich. Mientras que este las desarrolló para estructuras colgantes, Manterola lo hizo en estructuras atirantadas y arcos. Ejemplos notables de estas obras son la pasarela del Malecón (1996), la pasarela sobre el río Manzanares y la M-30 (2003), y el arco de Galindo (2007).

Pero quizá la estructura más rotunda dentro del conjunto de esos puentes curvos es la Pasarela del Voluntariado, construida con motivo de la Exposición de Zaragoza de 2008. La curvatura del tablero, la inclinación del mástil con sus tirantes de compensación y la sustentación lateral del tablero mediante un sistema de atirantamiento le otorgan a la estructura una gran fuerza expresiva.

Si bien la máxima espectacularidad la alcanza Manterola con la pasarela de Zaragoza, quizá la obra más innovadora es el puente Euskalduna de Bilbao (1998). La estructura cuenta con una única celosía vertical de planta curva, que sirve como elemento de separación entre el tráfico rodado y los peatones. La falta de capacidad a torsión de la celosía se compensa gracias al par de fuerzas horizontales que se genera entre el tablero, trabajando en su mismo plano, y la celosía horizontal superior, que además funciona como visera de protección para los peatones.

Puente Euskalduna, Bilbao (1998).
Pasarela del Voluntariado, Zaragoza (2008).
Pasarela sobre el río Manzanares, Madrid (2003).

La composición en las grandes luces

En las dos primeras décadas del siglo XXI, Manterola proyecta varias obras de gran luz. Son puentes generalmente atirantados o en arco con tablero superior, con luces que oscilan entre los 230 y 540 metros. Estas obras de gran porte destacan por el cuidado en las proporciones, las formas, la composición del conjunto y su encaje en el lugar. Se trata de trabajos realizados desde la ortodoxia (la envergadura no permitiría otra cosa), pero siempre con un cuidado formal exquisito y un lenguaje propio.

Entre los ejemplos más representativos de estos grandes puentes se encuentran el puente atirantado de Waterford (230 m, 2009), el puente de Magdalena (380 m, 2014), el puente de Cádiz (540 m, 2015), así como los puentes de arco de Contreras (261 m, 2009) y Alcántara (324 m, 2019).

Lo que distingue a estos puentes es la forma en que Manterola abordó su proyecto, preocupándose no solo por la resolución del vano principal, sino también por la composición del conjunto: la continuidad de cantos de los tableros al pasar de los accesos al vano principal, la secuencia continua de luces en los accesos y sobre los arcos, etc. Estas decisiones de diseño son constantes en su obra. Estos aspectos no solo reflejan su rigurosidad técnica, sino también su visión integral, que ha creado escuela en la ingeniería de puentes española.

En definitiva, la obra de Manterola vuelve a demostrar en estos puentes que un buen diseño no requiere especulaciones formales innecesarias. Lo fundamental es el manejo adecuado de las fuerzas, un cuidado riguroso de la composición del puente y de su encaje en el terreno. Esta forma de diseñar genera formas estrictas y esbeltas, sin derrochar recursos, creando puentes que son funcionales y, al mismo tiempo, visualmente atractivos.

Sus puentes se han convertido en elementos emblemáticos de su entorno

El cuidado del detalle

El análisis de la obra de Manterola resulta incompleto sin una consideración de los detalles en sus proyectos. Para él, los puntos de conexión —la articulación entre los distintos elementos estructurales que conforman sus puentes— constituían un componente esencial de su concepción del diseño. La forma nítida de transmitir los esfuerzos y la formalización elegante de esas conexiones son algunos de los aspectos que distinguen la obra de Javier Manterola.

Con el transcurso del tiempo, a estos deta-lles estructurales se incorporaron otros elementos de igual relevancia que, sin ser estructurales, tienen una influencia fundamental en la experiencia del usuario: las barandillas, la iluminación e incluso algunos elementos puramente escultóricos en los puentes urbanos fueron resueltos por Manterola con el cuidado propio de un auténtico maestro. La gran luminaria en arco del puente de Ventas (1999) es un ejemplo de esa intención artística que se manifiesta en muchas de sus obras.

Proceso de construcción y montaje del puente de Alcántara, Cáceres (2019).

El legado

El legado de Javier Manterola trasciende la mera construcción de puentes: constituye una verdadera filosofía de diseño, basada en el potencial técnico y plástico de las formas estructurales. Su obra es el resultado de una reflexión constante sobre la esencia misma de la ingeniería estructural.

Desde sus primeros trabajos, Manterola mostró una clara orientación hacia formas estructurales eficientes y visualmente expresivas, rechazando soluciones ornamentales superfluas, que ocultan la naturaleza real de la estructura. Este enfoque técnico, combinado con una reflexión profunda sobre los aspectos formales, se convirtió en un sello distintivo de su práctica profesional y en un ejemplo para otros ingenieros.

Más allá de su impacto técnico, la obra de Manterola posee un valor cultural de gran trascendencia. Sus puentes no son simples obras funcionales; muchos se han convertido en elementos emblemáticos de su entorno. Son prueba indiscutible de su capacidad para integrar tecnología y belleza, esencia y forma, ingeniería y cultura.

Los puentes de Javier Manterola son mucho más que estructuras: representan la expresión simbólica de una época en la que la ingeniería española alcanzó una nueva dimensión. Preservar su obra no es solo un homenaje merecido, sino también un acto indispensable para conservar un capítulo fundamental de la historia de nuestra ingeniería. Corresponde a las futuras generaciones de ingenieros conocer, valorar y proteger este legado, no solo desde la perspectiva técnica, sino también como parte esencial del patrimonio construido contemporáneo.

Manterola, maestro insigne, nos dejó no solo una obra ejemplar, sino también una visión profunda y duradera sobre cómo pensar y ejercer la ingeniería. Aunque lamentamos profundamente su partida, su huella permanece entre nosotros, y confiamos en que seguirá siendo referencia e inspiración para las generaciones venideras.

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