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Especial | Javier Manterola

Donde nacen los puentes

Una mirada a la vida de Javier Manterola Armisén

Carlos Manterola Jara

Gestión de Proyectos y Comunicación

Carlos Fernández Casado S.L

Preparando este artículo, me ha llenado de emoción revisar los cuadernos y libretas de mi padre. Pasear la mirada por sus páginas es adentrarse en su parte más íntima.

Siempre iba con un cuaderno en la mano, en el bolsillo, y en la mesa. Llegaba de la oficina a casa, se cambiaba de calzado, nos saludaba a todos, cogía su cuaderno, se sentaba en el salón y se ponía a dibujar. Escuchaba música clásica y proyectaba. Gran parte de los puentes que ha diseñado en su vida, los ha comenzado en casa, en sus cuadernos de tapa rígida.

Sus libretas son verdaderas joyas. Varias decenas de ellas son testimonio vivo de su evolución como ingeniero y como persona. Diseños de pilas y de tableros intercalados con pequeños cálculos; el número de teléfono de alguien al que llamar; una carta al ministro de Obras Públicas; pensamientos políticos y filosóficos; cartas a sus amigos; ideas que le suscitan otras obras de ingeniería y de arquitectura; una cita; los resultados de unas elecciones generales; ideas para el siguiente artículo… En definitiva, un verdadero diario de lo que realmente llenaba su vida, la ingeniería, los puentes y sus pensamientos.

Javier Manterola Armisén nace el 17 de junio de 1936 en Pamplona, en la casa familiar, el número 12 de la plaza del Castillo.

Su padre, Pedro Manterola Escodin, fue el apoderado general de la sociedad Irati, dedicada, entre otras cosas, a la producción de energía hidráulica, y su madre, Pilar Armisén Huici, era una mujer fuerte, de grandes convicciones y gran aficionada a la lectura y el arte, en especial a la novela negra y al ajedrez.

Pasa su juventud en su Pamplona natal yendo al colegio y jugando a indios y vaqueros. «Me encantaba. Yo siempre era el vaquero, con mis pistolas y cartucheras, que no me quitaba ni para dormir. En invierno, meterse en la cama era toda una aventura en una casa solo calentada por braseros».

Estudia en los Hermanos Maristas, donde destaca como buen estudiante, y por las tardes, tras tomar la merienda, va con sus amigos y hermanos (Cándido, José Miguel, Pedro, Carlos y Maribel) al río Arga donde, entre otros juegos, disfruta tirando piedras planas al agua para hacer el chipi-chapa, que, años más tarde, fue su inspiración para diseñar el puente de los Poetas de Zamora.

La Familia Manterola Armisén. Javier arriba a la derecha.

Disfruta del deporte, especialmente el futbol, como centro izquierda en el equipo del colegio y llega a entrenar en los juveniles del Osasuna. «Hasta llegué a pensar que me podría dedicar profesionalmente al futbol. Fue sueño de juventud. Mi padre me quitó la idea rápidamente». En esos tiempos era también muy religioso y llegó a plantearse entrar en el seminario.

Terminado el bachillerato, Javier Manterola piensa en estudiar Ingeniería Industrial en Bilbao; sin embargo, su padre le animó a estudiar la carrera «más difícil del momento», Ingeniería de Caminos, tomando como ejemplo a su tío abuelo Serapio Huici, ingeniero de caminos, emprendedor, empresario, cofundador de Cementos Portland, y amigo de Ortega y Gasset.

«El tipo de razones que te llevan a elegir una profesión nunca son exactas del todo. Cuando estudiaba el bachillerato en el colegio, se me daban bien las matemáticas. Y el dibujo siempre ha estado presente en mi vida. Además, era capaz de esforzarme mucho. En aquella época, este tipo de cosas eran importantes para estudiar Ingeniería de Caminos. Digamos que tenía la aptitud».

A los 17 años marcha a Madrid para preparar el ingreso en la Escuela de Caminos. Manterola recordaba que, estando en la estación de autobuses acompañado de su primo José Ángel y de un amigo, que también iban a estudiar a Madrid, la madre de este último comentó: «¡Ay Javier, qué carrera tan difícil has elegido! Para cuando tú ingreses en Caminos, estos ya serán boticario y médico». Eso le hizo sentir mucho respeto por lo que iba a estudiar.

Esa idea se reforzó porque en la Academia Luz de preparación para el ingreso, todos los días les ponían siete u ocho problemas para resolver. Se pasaba toda la tarde trabajando como «una bestia» y resolvía uno o ninguno. No pasaba lo mismo con los otros compañeros de la Academia, que en su mayoría llevaban los problemas resueltos y además les daba tiempo de disfrutar del Madrid de la década de 1950.

Esto le hizo dudar de sus capacidades y aptitudes para la carrera. Tanto es así que pensó que en navidades les diría a sus padres que invirtieran el dinero en «otra cosa». Sin embargo, antes de volver a casa, algo le hizo sospechar que quizá sí podía con ello.

Javier Manterola (por la izquierda, el sexto de la segunda fila) con sus compañeros en el último curso en los Hermanos Maristas (1952).
Manterola en los encierros de Pamplona.
Manterola en el servicio militar. Primero por la izquierda.

Se instala en la Residencia Montserrat, cercana a la glorieta de San Bernardo. Un año después se traslada a la Residencia Loyola, en el barrio de Argüelles: «Yo estaba en un colegio mayor, el Loyola, de jesuitas; ahí había estudiantes de todas las carreras y eso, dentro del ambiente represivo de la época, abría un poco ‘las ventanas’, aunque tampoco mucho, pues los jesuitas te cercaban para que no cayeras en la tentación».

Estudiaba los siete días de la semana, reservando algunos momentos para escuchar música clásica y filosofar con su primo José Ángel y solo descansando las tardes de los domingos. Así fue, como en un guateque, conoció a la que sería su compañera de vida, María Dolores Jara Pan, Lolacha.

En 1957 ingresa en la Escuela de Caminos, Canales y Puertos, licenciándose en 1962, a los 25 años, con el número 6 de su promoción.

En la Escuela, recibe las enseñanzas de grandes e ilustres profesores del claustro, entre los que se encuentran Eduardo Torroja, José Entrecanales, José María Aguirre y Carlos Fernández Casado, su gran maestro y referente. Pronto se decanta por las estructuras, de las que posteriormente diría que no son solo elementos técnicos que resuelven un problema, sino que también son formas con sentido, expresiones culturales y manifestaciones del pensamiento humano. Para él, una estructura era algo más que un conjunto de piezas que soportan cargas: era una obra de autor que debía ser resistente, tener belleza, lógica y emoción. La estructura debía ser honesta, sencilla y eficiente, como expresión de respeto por la sociedad y el entorno.

«La carrera fue bien y había profesores de mucho prestigio que me abrieron los ojos y la mente. En tercero de carrera empecé a trabajar en Huarte y el dinero me servía para que mi padre no tuviera que enviar tanto. Trabajaba con don Carlos y estuve haciendo edificios y naves industriales, pero es una cosa que la aprendes enseguida y yo tenía muchas inquietudes; quería hacer cosas nuevas y tenía mucho interés en investigar».

«Con don Carlos, el puente se te hacía próximo; los vivía con tal intensidad que transmitía ese conocimiento profundo, ese que nace del conocimiento de aquello que se ama, como decía Leonardo Da Vinci.»

Permanece dos años más en la Oficina Técnica de Huarte y Compañía, donde desarrolla labores de análisis y cálculo estructural. En este periodo proyecta la estructura y participa en el diseño constructivo de dos edificios en Pamplona, obra de los arquitectos Redón y Guibert: la iglesia del barrio de la Chantrea y las Torres Hisa.

Asimismo, interviene en uno de los hitos de la arquitectura contemporánea en España: el edificio de Torres Blancas, un edificio residencial de 23 plantas proyectado por el arquitecto Francisco Javier Sáenz de Oiza, excelente ejemplo de arquitectura organicista y brutalista.

La singularidad formal del proyecto exigía la resolución de complejos problemas estructurales, tanto por la disposición espacial como por las cargas derivadas de su configuración cilíndrica y orgánica. «Pasábamos muchas tardes reunidos Félix Huarte, Sáenz de Oiza, y yo, diseñando la estructura del edificio. Yo había aprendido lo que era una losa rectangular, una circular, pero aquí teníamos losas de formas muy variadas. Tuve que estrujarme mucho la cabeza. Hablábamos y hablábamos del edificio, muchas digresiones que no iban a ningún lado, pero otras sí, las importantes. Aprendí mucho diseñando esa estructura».

Posteriormente, Sáenz de Oiza vuelve a contar con Manterola para el proyecto estructural del edificio del Banco de Bilbao, situado en el complejo AZCA de Madrid. Esta línea de trabajo, centrada en la ingeniería estructural aplicada a edificaciones de alta complejidad arquitectónica, se convierte en una constante en su trayectoria profesional hasta 1978.

Tras casi cuatro años de ejercicio en Huarte, Javier Manterola se incorpora al Instituto Eduardo Torroja de la Construcción y del Cemento iniciando una nueva etapa centrada en la investigación y el desarrollo científico en el ámbito de las estructuras.

Se dedica en cuerpo y alma a investigar el hormigón armado, sus límites, cuándo y cómo se deforma y se rompe, cómo le afectan las temperaturas, cómo evoluciona en el tiempo y de qué manera su comportamiento se puede aprovechar al máximo en el diseño de estructuras más eficientes.

Pero donde Manterola encuentra su pasión es en los puentes. «Es la estructura por excelencia: no tiene fachada ni envolvente, no oculta su función. Todo lo que se ve es estructura, y todo lo estructural debe responder a una necesidad real. Eso lo convierte en un campo de estudio y creación muy exigente, pero también muy honesto desde el punto de vista del ingeniero. El puente es estructura pura. No hay trampas. Es ingeniería en estado esencial».

Cuando Fernández Casado le llama, Manterola estaba totalmente metido en investigación de estructuras y muy contento. Dudó mucho, pero finalmente poder diseñar, o proyectar, como se decía antes, era algo que le atraía enormemente y eso acabó decidiéndole. «Diseñar y trabajar con Fernández Casado era algo que no podía dejar pasar».

Don Carlos crea la oficina de proyectos Carlos Fernández Casado a finales de 1963 junto con dos jóvenes discípulos —Leonardo Fernández Troyano, su hijo, y Javier Manterola Armisén— especializada en el desarrollo y supervisión de proyectos de estructuras, especialmente puentes.

Gracias a don Carlos y a sus relaciones nacionales e internacionales, tuvieron acceso a material técnico de todas partes del mundo. «Entonces descubrí la cantidad de información que se puede sacar de una revista técnica alemana cuando no se tiene ni idea de alemán».

Iglesia de la Chantrea, 1969. Arquitecto: Javier Guibert.
Torres Blancas. Arquitecto Sáenz de Oiza.
Torre Baró. Barcelona.

Y no solo eso, sino que: «Don Carlos traía proyectos que de otra forma nunca habrían llegado a nuestras manos, que sobrepasaban mi capacidad y eso era bueno».

Al inicio estaban completamente solos trabajando como proyectistas. Sus únicos clientes eran Huarte y Cía. y el Ministerio de Obras Públicas. Poco a poco aumentó la plantilla de la oficina: «Nos compramos un ordenador, un IBM 1620, y creo que fuimos la primera empresa tan pequeña que compró un ordenador grande, bueno, grande para la época».

En 1968, con 32 años, Javier Manterola diseña su primer puente. Se trata del viaducto de Torre Baró, en la autopista de Barcelona a Gerona. Tiene una longitud de 400 m y una anchura de 15,4 m, para dos calzadas. A partir de aquí desarrolla toda su carrera profesional diseñando puentes y estructuras en diversos ámbitos y modalidades.

Via de la Plata

La variedad de tipologías que desarrolla en sus proyectos se suceden ininterrumpidamente. De los más de 150 proyectos, tanto nacionales como internacionales, citaré 10 puentes en España, que son muy significativos en su carrera profesional:

  1. El puente Carlos Fernández Casado sobre el embalse de Barrios de Luna (1983), récord mundial en puentes atirantados y récord en insomnios de Manterola.
  2. El puente de Euskalduna en Bilbao (1999), una celosía curva que trabaja simultáneamente a torsión y flexión, una solución estructural innovadora en su momento.
  3. El puente para el AVE de Osera del Ebro en Zaragoza, (2001), una oportunidad para reinterpretar el concepto de viga de celosía.
  4. El cuarto puente sobre el río Ebro en Logroño (2003), ejemplo de solución estructural que armoniza funcionalidad, estética e innovación, en un entorno urbano.
  5. La pasarela del Voluntariado sobre el Ebro en Zaragoza (2008), un «diseño resistente que se manifiesta de manera estricta».
  6. El puente del embalse de Contreras en Cuenca (2009). Viaducto que ostentó el récord europeo como puente ferroviario de arco de hormigón con mayor luz, alcanzando 261 m.
  7. El puente de los Poetas en Zamora (2013), cuyo diseño se fraguó sesenta años antes jugando al chipi-chapa (hacer la rana) en el río Arga.
  8. El puente de la Constitución de 1812 sobre la bahía de Cádiz (2015), uno sus puentes más emblemáticos y que cuenta con el mayor gálibo de Europa.
  9. Y el puente sobre el embalse de Alcántara, en Cáceres (2016), que podríamos considerar como su última gran obra, que cuenta con un con un arco de 324 m de luz de una belleza extraordinaria.
  10. El puente sobre el río Narcea, en Asturias, (2016) donde primó la integración de la estructura en el bello entorno asturiano.

En su construcción como ingeniero no solo hubo mucho conocimiento de la profesión, de lo resistente, de cálculo, sino también de arte, música, filosofía y otras disciplinas que le aportaron conocimientos en los que se apoyó para diseñar.

A lo largo de su carrera recibió gran número de premios tanto a nivel personal como por sus proyectos, entre los que destacamos:

  • Colegiado de Honor del Colegio de Caminos, Canales y Puertos de España en el año 2024;
  • Premio de Ingeniería Civil por la Fundación José Entrecanales Ibarra en el año 2020;
  • Medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes en Madrid, en 2010;
  • Premio al Mérito de la Asociación Internacional de Ingeniería Estructural IABSE en 2006 en Budapest;
  • Ingreso en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en Madrid en el 2006;
  • Premio Príncipe de Viana de Cultura. Pamplona, 2005;
  • Premio Nacional de Ingeniería, en su primera edición, otorgado por el Ministerio de Fomento de España en el año 2001;
  • Medalla de Oro de la Federación Itnal. del Pretensado (F.I.P.) en Londres, en 1996.
  • Igualmente ha dejado varios libros:
  • Consideraciones sobre Estética, Arquitectura e Ingeniería. (2023). Colegio de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos. Colección Ciencias, Humanidades e Ingeniería;
  • Javier Manterola. Ingeniero de Caminos. Vida, obra y pensamiento. 2021. Doce Calles;
  • Historia de los Puentes. 2018. Colegio de Inge-nieros de Caminos, Canales y Puertos. Colec-ción Ciencias, Humanidades e Ingeniería (96);
  • El oficio de ingeniero. 2016. Ediciones Arte y Estética. Círculo de Bellas Artes. Madrid.
  • La obra de Ingeniería como obra de arte. 2010. Fundación Arquitectura y Sociedad. Laetoli.
  • Relación entre la Estructura Resistente y la Forma. 2006. Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Discurso de acceso.
  • Puentes, apuntes para su diseño, cálculo y construcción. 2006. Colección Escuelas. Tomos I y II. (1102 páginas).
  • Pensamiento y obra. 2004. Fundación Esteyco. España.

A ello hay que añadir numerosos artículos.

Siempre quiso ser profesor y enseñar. En 1975 Carlos Fernández Casado se jubila y la cátedra de Puentes queda vacante. Manterola se presenta y queda en primer lugar. (Era julio de 1976). «La mejor mesa para el estudio es una puerta lisa sobre dos borriquetas. Ahí preparé la oposición. Llegaba a casa del trabajo hacia las ocho y media, cenábamos y luego me ponía a estudiar unas 3 o 4 horas. Los fines de semana al completo».

«Treinta y cinco promociones de ingenieros de caminos hemos tenido la suerte de recibir las enseñanzas de Javier, y algunos privilegiados, entre los que me cuento, hemos podido aplicarlas en nuestro trabajo profesional. Y, seguramente, quienes no hayan tenido la oportunidad de construir alguno, mantendrán tan vivo el cariño trasmitido por su profesor hacia los puentes como el primer día. No debe de ser sencillo combinar rigor y cariño, pero él lo conseguía: sus análisis críticos de los puentes construidos eran implacables y, a la vez, trasmitían respeto y admiración», comenta Miguel Aguiló, gran amigo de Javier.

«Me gustaba enseñar. Había alumnos buenísimos, inteligentísimos, bien formados y te hacían unas preguntas muy complicadas, me buscaban las vueltas y así debía ser. Yo aprendí mucho de ellos. Porque tienes que tener muy claros los conceptos para poder explicarlos bien y eso te hace penetrar mucho en el asunto que estás enseñando».

Javier Manterola accede como ingeniero miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en 2006, en la sección de Arquitectura. Su discurso de ingreso versa sobre la «Relación entre la estructura resistente y la forma. Notas en torno a la valoración estética de los puentes» y es contestado por un arquitecto, Antonio Fernández Alba. La estética en la ingeniería es un tema recurrente en él, ha escrito mucho sobre cómo hay que mirar las obras de ingeniería. «Primero hay que configurar el propio entendimiento y después mirarlos, mirarlos y mirarlos».

Mi padre era un enamorado de su profesión, su familia, la música y del dulce.

…de su profesión, ya hemos hablado.

Entrega a Manterola del Premio Príncipe de Viana de la Cultura en 2005 por parte del Príncipe de Asturias y de Viana.
Manterola en su discurso de ingreso en la Real Academía de Bellas Artes de San Fernando. 2006.

…de su familia. Conoce a Lolacha en un guateque y a partir de ahí comienzan a salir; por supuesto, siempre con carabinas. Mi madre iba con su queridísima amiga Mariu y mi padre llevaba a algún compañero de preparación. Y así paseaban los cuatro por las calles de Madrid. En esos tiempos, mi madre pasaba los veranos en Oleiros, un pequeño pueblecito de La Coruña y mi padre le enviaba cartas todos los días y en el sobre ponía «Para Lolacha, la más guapa de Oleiros». Incluso le pidió que se escribieran en el correo de la mañana y el de la tarde.

Mis padres se casan en 1963 y al año siguiente nací yo; a los tres años, mi hermano Santi y a los siete, mi hermana Lolacha. Los veranos, mi madre y él cogían el coche y se iban a Europa a ver puentes y museos, puentes y museos. A ver los puentes con los que él aprendió la profesión. Supongo que por esto mi padre siempre pensó que uno de los mayores reconocimientos que pudo tener en la vida era que un alumno que tuviera un problema, encontrase la solución viendo uno de sus puentes.

Tenía un sentido muy fuerte del deber y de la responsabilidad. Era un hombre íntegro, de fuertes principios, un padre excelente, severo cuando tenía que serlo, y cariñoso, cuando tocaba. Siempre fue un ejemplo de constancia, tesón y tenacidad. «Y con eso llegarás a donde te propongas. Siempre he pensado que hay que enfrentarse a los problemas; aunque creas que no puedes, sí puedes. Te pones, profundizas en el conocimiento, te enfrentas a él; nunca te des por vencido y si algo no te sale, vuelve y vuelve hasta que lo consigas. Y siempre arriesgándote. Si no te arriesgas, muchas veces no llegas», decía.

Era un hombre íntegro, de fuertes principios, un padre excelente, severo cuando tenía que serlo, y cariñoso, cuando tocaba

Aunque nos dedicase poco tiempo, siempre lo hacía con intensidad y era suficiente. Su mirada lo decía todo.

…de la música. La música fue otra de sus pasiones. Empieza muy pronto, hacia los 15 años, escuchando Scheherezade de Rimski-Kórsakov, que le produce una de sus primeras experiencias musicales intensas, Tchaikovski…. La música le proporcionaba un estado de recogimiento e intimidad emocional. Disfrutaba de piezas melancólicas y delicadas, que le ayudaban a «estar consigo mismo». Henry Purcell con El Lamento de Dido y Eneas, las óperas de Vivaldi; Händel y Gluck; La Creación y la Misa in Tempore Belli de Haydn; Mozart y Beethoven, que reconoce como un compositor fundamental en su formación musical. «Una vez que entras en Beethoven, te quedas. Yo me quedé mucho tiempo».

Durante una temporada, escuchó exclusivamente a Bach. Todas sus obras, pero, sobre todo, La Pasión según San Mateo, y utilizaba su música como una especie de «filtro de calidad» para sus propias ideas creativas: «Si mis ideas resisten la comparación con Johann Sebastian Bach, es que voy por buen camino». Comentaba que muchos ingenieros admiran a Bach por su precisión, estructura matemática y belleza formal. Lo considera un modelo de equilibrio entre lógica y emoción.

Brahms, Prokófiev, Bartók, Héctor Villalobos y Erik Satie, con las Gymnopédies, que descubrió tarde, pero le llegaban al corazón, sobre todo en sus últimos años, donde le pedía a su nieto Gustavo que se las tocara al piano.

…del dulce. Siempre fue su perdición. De recién casados, mis padres salieron a cenar a un restaurante y mientras que mi madre tomó primero, segundo y postre, lo acostumbrado, mi padre tomó postre, postre y postre. Era tal su devoción por el dulce que cuando salíamos a comer en familia, pedíamos tres postres cada uno, eso sí, en un plato: un hojaldre de crema y nata acompañado de un tocinillo de cielo y un par de bolas de helado como bajativo.

Mi padre tuvo una vida plena, dedicándose a lo que más le gustaba. Fue un hombre justo, integro, y perseverante, y todo eso se transluce en sus obras. Mi padre murió el 12 de mayo de 2024 en Madrid.

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