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De todos es conocido que José Antonio Torroja dedicó muchas de sus energías a muy diferentes tareas, muchas de ellas asociadas a la ingeniería de caminos. En todas ellas ha dejado un recuerdo imborrable de su buen hacer y excelencia, además de un legado extenso que perdurará en el tiempo. Su contribución al Colegio de Ingenieros de Caminos como presidente, a la docencia como catedrático, a las Escuelas Técnicas Superiores de Ingenieros de Caminos como director, primero de Barcelona y de Madrid después, son una buena muestra de ello. Como también es sobradamente sabido, José Antonio se dedicó asimismo al ejercicio de la práctica profesional, en particular a la elaboración de proyectos, ¡durante 60 años! Primero recogió al equipo de la oficina de proyectos de su padre, Eduardo Torroja, tras su súbita muerte en 1961; después en su propia empresa (José A. Torroja, Oficina Técnica S.A.), en la que le he acompañado siempre, hasta este siglo XXI; y finalmente y hasta nuestros días, en Torroja Ingeniería SLP, que tomó el relevo dando entrada a nuevos ingenieros y expandiendo su campo de actuación, pero siempre vinculado a la ingeniería estructural y a la forma de hacer y de proyectar que siempre ha sido “marca de la casa” y que, indudablemente, tiene su origen en José Antonio.
Por cierto que, quizá, deberíamos escribir “Jose Antonio” (sin tilde y casi formando una única palabra) o “Jose” (sin tilde también), que es como todos le hemos llamado durante todo este tiempo, lo que muestra la cercanía, sencillez, humildad y comprensión que él ha tenido para todos los que, de una u otra manera, le han conocido o tratado y que, sin duda, son rasgos característicos, inolvidables y sobresalientes de su forma de ser.
Es evidente que la intensa actividad de José Antonio durante muchos años pudo resultar incompatible con la también intensa actividad que requiere el proyecto y su gestión. Por eso, José Antonio siempre dijo que su actividad profesional solo se podía entender gracias y junto a sus colaboradores y socios, lo que él llamaba “La Oficina”. Ya en 2007, en el homenaje que recibió al ser galardonado con el Premio Nacional de Ingeniería, quiso agradecer a todos sus colaboradores que, a lo largo de casi 50 años en aquel momento, le habían permitido dedicarse a algo que fue lo que le guio al iniciar sus estudios superiores: el “crear algo real”. También dijo que sus proyectos, por tanto, solo se pueden entender desde un punto de vista coral, pues son fruto del trabajo de un equipo y “desde luego, mi equipo ha sido y es excepcional”. Desde esta perspectiva, se presenta a continuación una breve reseña de la singladura de José Antonio en el campo del proyecto estructural. Tengo que decir que su trayectoria es, también, la mía propia, pues, como es sabido, hemos trabajado juntos desde 1969 hasta prácticamente ayer mismo, lo cual ha sido para mí un honor y una suerte de la que estoy profundamente agradecido, ya que me ha permitido vivir junto a un brillantísimo ingeniero y mejor persona.
José Antonio comenzó su andadura profesional como asesor técnico de una constructora, recién terminada la carrera en 1957. Sin embargo, pronto (en 1960) convenció a su padre, Don Eduardo, para integrarse en su oficina de proyectos, que era lo que creía que constituía su vocación, y a fe que acertó. En 1960 proyectó el que creo que fue su primer puente, el puente sobre el río Alhama en Corella (Navarra), del que luego llevaría la dirección de obra.
La súbita muerte de Eduardo Torroja provocó que José Antonio se hiciera cargo de todos los miembros del equipo de la oficina de su padre y fundara su propia oficina de proyectos, José A. Torroja Oficina Técnica, que pervivió 40 años. En los primeros años, con la colaboración de Manuel Bouso, que venía de trabajar con su padre, realizó numerosos proyectos en Marruecos, donde empezó a colaborar con Francisco Fernández, constructor de origen almeriense pero con habla de marcado acento francés dada su prolongada estancia en Marruecos, que ya había trabajado con D. Eduardo, con el que mantuvo una prolongada colaboración en lo que hoy se llamaría trabajos design and build. Así, proyectó varios depósitos elevados de agua (el más importante, el de Sdi-Bernoussi) y diferentes puentes de hormigón (Fourat, Sedou…). A partir de 1965, muchos de sus puentes fueron proyectados en Nabla, una oficina de proyectos que creó junto con Florencio del Pozo padre. Allí se proyectaron varios puentes de hormigón en la Bilbao-Behovia y en las cercanías de Barcelona (Molins-Martorell, Cinturón Litoral, Tarrasa…). También en esa época proyectó el que fue su primer puente de gran luz, curiosamente metálico: el puente sobre el embalse de Belesar en Mourulle, celosía metálica de 156 m de luz principal.
La actividad proyectista de José Antonio en esta época se completa con la realización del proyecto de algunas estructuras especiales, algunas de las cuales recibirán algún Premio Nacional: Edificios Feygon I y II en Madrid (1966), Bodega Las Copas de González Byass en Jerez de la Frontera (1968), Iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe en Madrid (1968) e Iglesia de San Luis Gonzaga en Barcelona (1969), por ejemplo.
En 1971, José Antonio decide redimensionar la Oficina, dando entrada como socios a Rafael Chueca, que comenzó con él en 1967, y a mí mismo, que en 1966 había empezado a colaborar con él siendo yo todavía estudiante. En estos primeros años setenta, José Antonio y su joven equipo acometemos el proyecto de dos puentes que nos marcarán posteriormente: el puente de Andarax y el puente de Molins de Rei. Ambos muestran el carácter funcional, eficaz y el dominio de la técnica que han mostrado siempre sus proyectos. El puente de Andarax, que ejecutó el ya citado Fernández Constructor, fue el primer puente empujado ferroviario de hormigón que se construía en España. El puente de Molins de Rei, de 125 m de luz central, fue el primer puente en España de más de 100 m de luz construido por voladizos sucesivos. Además, el proyecto y la construcción se realizaron ambos en 12 meses de plazo total. Todo un reto que al final se resolvió favorablemente y que sirvió, además, para sentar las bases de cálculo y los criterios de proyecto de este tipo de puentes.
El puente de Molins supuso el inicio de una época de actividad frenética y a la vez complicada debido a la elección de José Antonio, en 1969, como director, el primero, de la Escuela de Ingenieros de Caminos de Barcelona, cargo que compatibilizó, como pudo, con su actividad de proyectista. Así, no era extraño que despacháramos, de forma ya casi rutinaria, los asuntos de trabajo y de criterios de cálculo y de proyecto en el incipiente Puente Aéreo Madrid-Barcelona que, en aquella época, casi fue su segunda casa.
En esos años, José Antonio, Rafa Chueca y yo proyectamos numerosos puentes de voladizos sucesivos de más de 90 m de luz central (Ascó, 1973; Juanambú-Colombia, 1973; Dúrcal, 1975; Catoira, 1976…) que culminaron con el puente de Silva en Canarias (1977), viaducto curvo de 120 m de luz principal y más de 100 m de altura de pilas que fue, en su momento, récord de Europa, y el puente de Rontegui en Bilbao, de 145 m de luz principal, 645 m de longitud y 16 m de anchura en cada tablero.
También en esa época José Antonio comenzó a emplear las secciones de fondo curvo para resolver pasos superiores o viaductos de luz reducida. Así, las secciones tipo “góndola” fueron empleadas por primera vez en un paso superior en Vilaseca-Tarragona (1974), lugar de nacimiento de su padre, y en las estructuras del Enlace del Marqués de Torroja sobre la M30 en Madrid (1979), cerca del Instituto Eduardo Torroja. Por cierto, que allí mismo, José Antonio se permitió la licencia de integrar entre los muros de acceso una escultura en forma de hiperboloide parabólico que aún hoy subsiste y que sirvió para, 40 años después, servir de leitmotiv del logo de Torroja Ingeniería que, como curiosidad, fue diseñado por uno de sus hijos. Recuerdo también que José Antonio se involucró muchísimo en la construcción de dicha escultura; y digo construcción y no solo diseño porque dedicó mucho tiempo y energía a acompañar al Constructor en su ejecución, casi dirigiendo la obra, preocupándose del suministro de los materiales, del montaje, de su pintura… Vamos, que casi solo le faltó hacer él mismo las soldaduras de obra. Este hecho, que repitió en otras obras como comentaré más adelante, mostraba un rasgo característico de José Antonio, que era su pasión por “hacer” y colaborar en construir “cosas reales”, no contentándose con solo diseñarlas. Además, era bastante “manitas” y hábil manualmente.
Cerca de la obra anterior, José Antonio diseñó dos pasarelas en arco de hormigón armado de 100 m de luz. Una de ellas todavía perdura y la otra fue demolida hace unos años al remodelarse dicha vía. Con estas obras, José Antonio inauguró otra etapa, adentrándose en el proyecto de arcos, fueran metálicos, mixtos o de hormigón, como es el caso. Y aquí nos mostró su conocimiento y dominio de la técnica, en particular en lo que se refiere a la evaluación del efecto de la reología en arcos de hormigón, en cómo tenerlo en cuenta y, sobre todo, en cómo resolver sus consecuencias de una forma ingenieril, es decir, eficiente y realizable.
A finales de los 70 y principios de los 80 del siglo XX se pasa a una nueva época en el devenir de los proyectos realizados por José Antonio, que llega hasta el inicio del presente siglo XXI y que coincide con su etapa final de director de la Escuela de Ingenieros de Madrid y con la presidencia del Colegio de Ingenieros de Caminos. Rafael Chueca deja la empresa y nos quedamos José Antonio y yo, incorporándose al equipo de estructuras Andrés del Valle, ingeniero ecléctico y brillante, que colaboró con José Antonio en muchos de los proyectos que hicimos en esa época. Un poco más tarde también se incorpora como estudiante José Manuel Simón-Talero (otro “Jose”), que acabará recogiendo el testigo de todos nosotros en Torroja, que es como siempre se ha conocido a la empresa tantos años presente en el diseño estructural español.
En la segunda mitad de los 80, José Antonio interviene en tres proyectos que, por diferentes motivos, son singulares y “emblemáticos” para él. Proyecta la Pasarela de Almazán (1985), una banda tesa innovadora. En 1989 se inicia el proyecto del Puerto Olímpico y del tramo Villa Olímpica del Cinturón Litoral de Barcelona, ciudad tan querida por él y en la que colabora con algunos arquitectos de renombre en el proyecto de algunos edificios y en los proyectos de ordenación urbana. También interviene, a partir de 1992, en la definición de toda la ordenación urbana y estructural del Parque Juan Carlos I en su ciudad natal, Madrid.
Con un equipo renovado seguimos proyectando puentes de voladizos sucesivos, ya habitualmente de luces superiores a los 120-130 m y curvos o cruzando los grandes ríos españoles (Duero, Ebro, Miño…): Zamora (1982), Chantada (1983), Las Fuentes-Zaragoza (1984), Benifallet (1985), Ontón-Cantabria (1988), Tuy (1988), Orense (1989), Agüera-Cantabria (1990), Ribarroja (1992), Ulla (1992)… También en esta época, José Antonio lidera a su equipo en el proyecto de varios arcos, cada uno con un esquema estructural y materiales constitutivos diferentes: Tamaraceite en Canarias (1992), Onteniente (1994) y Lanjarón (1997). Es de destacar también que, en todos ellos, él se involucró muy directamente no solo en el proyecto, sino también en su construcción, aspecto este muy característico suyo, pues entendía que la labor del ingeniero proyectista de puentes de cierta envergadura no se circunscribe a la labor de diseño y cálculo en gabinete, sino que se debe continuar en la fase de obra, apoyando y acompañando al constructor y adecuando el proyecto a los medios auxiliares disponibles para hacer realidad la construcción de la obra de una forma correcta, contemplándola como un todo y no como un binomio separado proyecto versus construcción.
Ya hasta finales del siglo XX e inicios del XXI, José Antonio no tiene una intervención directa en la elaboración de proyectos, pues su dedicación como presidente del Colegio de Ingenieros de Caminos se lo impide, pero sí nos asesora al equipo de Torroja en algunas cuestiones puntuales relativas al diseño de algunos viaductos que proyectamos integrados en algunos contratos de redacción de proyectos realizados para la Dirección General de Carreteras de España: viaductos de Dúrcal y Torrente (A44 tramo Alhendín-Durcal, 1996), viaducto de Huarea (A7 tramo Albuñol-Adra, 1999), viaductos de Hía, Hayal y de Santiurde (A67 tramo Pesquera-Reinosa, 2000), viaducto de Alvares (A8 tramo Tamón-Villalegre, 2001), viaductos de Guadalfeo y Vicario (A44 tramo Ízbor-Vélez, 2002).
En 2001 se reestructura la empresa, que adopta su denominación actual, dando entrada a nuevos socios. José Antonio mantiene su puesto de presidente, dispone de un poco más de tiempo para dedicarle a ella, puesto que acaba su mandato como presidente del Colegio. Ahora se dedicará más bien a la participación específica en algunos proyectos de puentes relevantes y a la asesoría puntual en algunos temas de gran complejidad técnica. Hay que destacar el gran conocimiento y la visión ingenieril que José Antonio ha tenido y ha mostrado siempre. Así, siempre he dicho que trabajar con él ha sido como el trapecista en el circo que actúa con red, que le salva de cualquier percance en caso de fallo, pues José Antonio ha sido, por su gran dominio de la técnica y por su clarividencia e inteligencia, el apoyo seguro para resolver los problemas que siempre surgen cuando se proyecta y construye un puente de luz relevante. Gracias, José Antonio, por ser la red de todos los que hemos trabajado contigo.
Ya en el siglo XXI, José Antonio también interviene muy activamente en el proyecto de varios puentes relevantes: el puente atirantado de La Rinconada en Sevilla (2005), de pilono único, 231 m de luz principal, 35 m de anchura y en planta ligeramente curva; el puente del tren de alta velocidad sobre el río Ulla, arco de tablero superior de 168 m de luz y 110 m de altura (2011); el puente sobre el río Danubio en Bratislava (2017), puente de voladizos sucesivos de 170 m de luz central y 35 m de anchura de tablero.
No puedo dejar de referirme a dos puentes construidos en los 2000, a los que José Antonio dedicó tiempo y energías, además de aportar su vasto conocimiento en el proyecto y también durante su construcción. En 1997 empezamos con el proyecto del puente sobre el río Mansoa en Guinea Bissau. Se trata de un puente de 700 m de longitud situado sobre un cauce ciertamente profundo, con gran caudal y afectado de una carrera de marea de cerca de 5 m. Para completar el halagüeño panorama, el terreno de cimentación estaba formado por un terreno limoso de mucha potencia y muy poco competente, por no decir “casi totalmente incompetente”. La solución adoptada fue un puente formado por vanos isostáticos con un tablero con dos vigas artesas de 45 m de luz soportada por dos pilotes de gran diámetro. La verdad es que la elección y definición de la cimentación fue todo un reto que solo pudo ser resuelto por la inestimable participación de ¡dos! Premios Nacionales de Ingeniería: el propio José Antonio Torroja y Alcibíades Serrano, nuestro asesor geotécnico habitual.
Alcibíades es otro ingeniero, con mayúsculas, que, como José Antonio, aúna un saber enciclopédico y una dilatada experiencia y dominio de la técnica que están a la altura de su gran valía como persona. Bueno, pues Alcibíades estudió la geología de la zona y concluyó, en contra de otros estudios precedentes, que se encontraría un sustrato rocoso, que había que alcanzar, a unos 60 m de profundidad. Pues allá fue José Antonio a hacer personalmente los sondeos, en la profunda África, que, como el desierto del Sahara, siempre le encantó. Alquiló la barca para operar en el río Mansoa, contrató al personal local para su manejo, se ocupó de su gestión, diseñó y construyó un útil para mantener el pequeño bote en posición estable y “pseudofija” bajo la acción de la marea y la corriente del río, operó el vane test para obtener la resistencia al corte del terreno y se ocupó personalmente de realizar los sondeos. Hasta que no consiguió alcanzar la roca cuya existencia había sugerido Alcibíades, no volvió, eso sí, con el deber cumplido y radiante por la experiencia vivida. Así era José Antonio: cuando afrontaba un reto, lo alcanzaba; el coste ya era lo de menos.
Entre 2007 y 2010 afrontamos otro reto: el puente de San Pedro de la Ribera en la A8 en Asturias, construido en 1989; era un voladizos sucesivos muy curvo de 750 m de longitud, 150 m de vanos principales y unos 100 m de altura de pilas. Estaba previsto construir un puente paralelo al existente para desdoblar la A8 en aquella zona, pero nos llamaron, dada nuestra especialización en puentes de voladizos sucesivos, para examinar la posibilidad de ampliar el ancho del tablero desde los 12 m originales a más de 23 m. Y así fue. El proyecto ha sido, seguramente, el más complejo al que hemos tenido que hacer frente y solo pudo ser llevado a cabo por la intervención decisiva de José Antonio y por la colaboración del excepcional equipo de Torroja. En este proyecto, José Antonio aportó su dominio de la geometría (dispusimos un pretensado exterior —recto, evidentemente— dentro de un cajón muy curvo), su clarividencia del comportamiento estructural de los puentes (el citado pretensado exterior lo utilizó para reducir los esfuerzos de torsión inherentes a la curvatura) y su experiencia y dominio de la técnica (tuvimos que recurrir a todos los mecanismos disponibles para transmitir los esfuerzos extra del tablero a la pila en su empotramiento para poder hacer realidad el encargo recibido). Otra vez, la implicación de José Antonio en un proyecto complejo y en la propia obra fue encomiable. Por cierto, que, al fin y a la postre, esta obra fue la responsable de que José Antonio consiguiera algo que nadie de los que le conocimos creíamos que fuera capaz de hacer: dejar de fumar.
Sucedió que, en una visita de obra, se tropezó con un “fi16” que había por ahí, se cayó y se fracturó una muñeca… Debía de ser con la que sujetaba permanente su cigarrillo de tabaco rubio, en esa pose tan suya, porque tal impedimento, y supongo que alguna otra circunstancia de salud, le llevó a abandonar su hasta entonces eterno compañero.
Gracias, José Antonio, por haber compartido conmigo toda esta andadura profesional. Gracias de parte de todos los que hemos trabajado contigo en Torroja, por todo lo que nos has dado y la seguridad que aportaste a los que trabajamos contigo, por todo lo que nos has enseñado y, sobre todo, por el ejemplo que has supuesto para todos nosotros, como brillante ingeniero y excepcional persona. Estate seguro de que tu legado perdurará.