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Especial José Antonio Torroja | Experiencias

Maestro de ingenieros

Juan Herrera Fernández

Colegiado 1.906

Cubierta de la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe, de José Antonio Torroja y Félix Candela (1962).

Cuando fallece Eduardo Torroja, en 1961, José Antonio tiene 28 años y lleva cuatro trabajando como ingeniero. No hay datos, pero se supone que trabaja colaborando con su padre en la Oficina Técnica TORROJA existente. El legado que recibe tanto en conocimiento como en funcionamiento de la oficina de ingeniería le faculta para continuar la obra inmensa de su predecesor, para terminar los trabajos en marcha y para recibir nuevos encargos que buscan el prestigio ampliamente reconocido en el mundo de la ingeniería. La Oficina heredada inicial tiene un tamaño mínimo de cuatro personas: un director (Manuel Bouso), un auxiliar (Sr. Guerrero), un delineante y una secretaria (Srta. Julia). La demanda de servicios de ingeniería generada por la España de la reconstrucción hace necesaria una ampliación. Es el momento de la aparición de empresas de ingeniería, y la Oficina Técnica Torroja, ya de la mano de José Antonio, no permanece ajena a la situación y procede a la ampliación contratando nuevos ingenieros. 

Tuve la inmensa suerte, al terminar la carrera de ingeniero en el año 1963, de formar parte, junto con Avelino Samartín, compañero de promoción, de esta primera oleada de savia nueva, entrando como aprendices en un olimpo de sabiduría y contribuyendo a sentar las bases de lo que con el tiempo sería la hoy existente J. A. Torroja, Ingeniería. Después vendrían más ingenieros como Paco Morán, a cargo de la informática incipiente, Pascual de Juan con el refuerzo y reconstrucción del Aparcamiento de Los Mostenses, Antonio Gimeno Fungairiño, Rafael Chueca, José María Villar, que luego pasaría a ser director, y otros muchos. La Oficina estaba situada en el primer piso de una casa de viviendas en la calle Sánchez Pacheco 61, barrio industrial, enfrente de una fábrica de vidrio donde los trabajadores se afanaban en hacer botellas soplando por un tubo. Bouso dirigía el equipo con mano de hierro, lo cual era parte de la formación, ya que el rigor y la disciplina son fundamentales en nuestra profesión de ingenieros. Como detalle ilustrativo, se trabajaba los sábados por la tarde, y días y noches si la entrega de un proyecto lo exigía, aunque las condiciones se fueron suavizando.

En esta especie de taller, José Antonio atendía las consultas de los aprendices en las visitas a la Oficina que sus otras ocupaciones le permitían, ayudando a encajar la solución estructural que no encontrabas o desmontando la solución propuesta poniendo de manifiesto la falta de estabilidad que no habías detectado. Tenía una gran intuición funcional para ver cómo se repartían los esfuerzos en una estructura, lo que facilitaba el diseño de formas ágiles y al mismo tiempo resistentes. Encajaba la geometría resistente que los ingenieros nos encargábamos de calcular y dimensionar adecuadamente. 

A esta época corresponde el proyecto de la cubierta de la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe en Madrid y el de la malla tesa de la cubierta de la iglesia de San Luis Gonzaga en Barcelona El resultado final era siempre analizado y conformado. Era un maestro.

Tenía en su despacho un tablero de dibujo y allí se encerraba con la definición y dibujo de las estructuras especiales que nos proporcionaba como un trofeo para rematarlo y vestirlo para la entrega final. Esto podía ocurrir a menudo después de cenar y con la noche en blanco, lo que hacía que al día siguiente, si tenía una comida en casa de sus suegros, se quedara dormido en el sofá hasta la mañana del día siguiente.

Pero la actuación profesional no se limitaba al diseño, cálculo y dibujo de la obra. Eduardo Torroja, dado el carácter avanzado y sin precedentes de sus proyectos, mantenía un contacto constante con los métodos constructivos empleados y la comprobación de las características resistentes de los materiales empleados que hacía trabajar de forma exigente. Cada obra era un prototipo. José Antonio hereda esa relación con el mundo de la construcción y la Oficina se emplea en la supervisión y control de la obra diseñada o en la rehabilitación de fallos existentes en obras externas. Manuel Bouso, aparejador, será la persona encargada de reunir esa experiencia y llevarla a cabo en las actuaciones solicitadas, como lo había hecho en tiempos de Eduardo Torroja. Esta colaboración diseño-construcción, hoy considerada imprescindible en obras singulares, no solo mejora el conocimiento práctico del proyectista haciendo construible la puesta en obra de sus proyectos, sino que establece una posibilidad de colaboración con empresas constructoras en otros campos. Es especialmente destacable la colaboración con Francisco Fernández (Fernández Constructor), con quien se trabajó en proyectos de puentes ferroviarios en Marruecos, su lugar de residencia, y la presentación de ofertas conjuntas de proyecto y obra.

El apoyo a técnicos hispanoamericanos es otra prueba de su generosidad

También recibe de su padre el legado de la enseñanza. A su fallecimiento, se hace cargo de la cátedra de Hormigón Armado y Pretensado como profesor encargado y en 1967 es nombrado catedrático titular de la asignatura, en la Escuela de Madrid, actividad que compatibiliza con la existencia de la Oficina. El momento técnico es muy interesante, pues se acaba de introducir la norma EH-68, que permite el cálculo en rotura del hormigón armado, y hay que difundirla, explicarla, justificarla. La acumulación de compromisos empieza a ser asfixiante y para resolverlo designa, entre los ingenieros de la Oficina, profesores auxiliares que le ayuden en la tarea. Avelino Samartín y yo mismo dimos algunas clases en el curso 1965-1966.

La demanda de servicios de ingeniería sigue aumentando, y eso lleva a una ampliación de la Oficina. En el año 1966, la Demarcación de Carreteras de Cataluña adjudica el proyecto del Cinturón Litoral de Barcelona a un consorcio formado por Harris Bosch Aymerich (HBA) y José Antonio Torroja Oficina Técnica. El cliente quiere que la realización del trabajo se lleve a cabo en Barcelona, por lo que José Antonio me pone al frente de la apertura y operación allí de una oficina nueva, que realiza el proyecto sin afectar al funcionamiento de la oficina principal. Estará abierta los años 1967 y 1968 y por ella pasarán, además de algunos ingenieros locales, colaboradores hispanoamericanos como Humberto Patiño (arquitecto colombiano), Primo Fernández (ingeniero hondureño) y Eduardo Casavilca (ingeniero peruano, que fallecería más tarde en el derrumbe de un edificio de viviendas en Barcelona con toda su familia). El apoyo a técnicos hispanoamericanos es otra prueba de la generosidad de José Antonio. Como se vería más tarde, la relación con el entorno catalán era magnífica debido a sus características personales.

La Oficina Técnica seguiría creciendo, con la incorporación de más ingenieros. En 1967 se constituye Nabla, en asociación con la Oficina Técnica de Florencio del Pozo y bajo la dirección de Álvaro Fernández, que, incorporando ingenieros de ambas oficinas, se encargaría de la realización del proyecto de puentes de la autopista Montgat-Mataró y los primeros tramos de la autopista Bilbao-Behobia, que se disolvería una vez terminados los encargos.

Todos estos movimientos empresariales aquí relatados tuvieron lugar en un ambiente entrañable donde la personalidad de José Antonio y sus cualidades se pusieron de manifiesto. De ahí saldríamos ingenieros formados en el arte de la profesión. Esta formación nos permitiría luego extender la técnica a otras situaciones profesionales. En mi caso, este bagaje me permitió dirigir el proyecto de un centenar de puentes en la autopista Bilbao-Behobia, ya desde la empresa Euroestudios, donde he desarrollado mi vida profesional. Todas estas pinceladas corresponden a hechos sucedidos hace más de 50 años, por lo que pueden contener errores cronológicos o de personas, pero sirven para definirlo como un maestro formador de ingenieros.

Por todo esto, mi agradecimiento a José Antonio viene envuelto en un mensaje de cariño, admiración y respeto.

Descanse en paz.

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