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La Clave | Ingeniería y cooperación al desarrollo

¿Por qué hablar hoy en día de formación?

José Andrés Luque Luque

Representante internacional del CICCP en África, jefe de proyectos UE.

Bolivia ©Vicente Tofiño

La presencia de ingenieros en proyectos de cooperación internacional ha aumentado considerablemente en los últimos años. Desde la electrificación rural y el acceso al agua hasta la reconstrucción de zonas de conflicto o posconflicto, los perfiles técnicos son cada vez más demandados por organizaciones multilaterales, organizaciones no gubernamentales (ONG), agencias de desarrollo y consorcios público-privados. Sin embargo, este salto hacia la cooperación plantea una pregunta clave: ¿estamos formando adecuadamente a los ingenieros para intervenir en contextos complejos, vulnerables e interculturales?

En este artículo parto de mi experiencia profesional en el este de África para reflexionar sobre las competencias necesarias, los vacíos formativos más frecuentes y las oportunidades de mejora en la formación de ingenieros orientados a la cooperación internacional. He trabajado como jefe de varios proyectos financiados por la Unión Europea en el África subsahariana. Una de mis experiencias más reconocidas ha sido la de la construcción de centrales hidroeléctricas en el Parque Nacional de Virunga, en la República Democrática del Congo (RDC), además de la electrificación en la región de los Grandes Lagos. Esa experiencia me marcó profundamente tanto a nivel profesional como humano. África es un continente que no deja indiferente: o te atrapa o te empuja a marcharte. No hay término medio. Me enfrenté a decisiones técnicas bajo condiciones de inseguridad, a la gestión logística en zonas sin infraestructuras, y a la necesidad constante de adaptar soluciones a realidades sociales y culturales muy alejadas de los manuales.

Como suelo decir en tono de humor pero con convicción, en la escuela no me enseñaron a organizar movimientos con escolta armada ni a calcular búnkeres de protección antimisiles. Esta frase resume, en parte, el desfase que existe entre la formación técnica tradicional y los desafíos reales de la ingeniería de cooperación, especialmente cuando se implementa en zonas afectadas por conflictos armados, como es el caso de la RDC. La reflexión que propongo aquí no es solo una crítica, sino una llamada a repensar la formación desde la realidad del terreno, integrando competencias técnicas y humanas con casos reales. Porque si queremos que la ingeniería transforme el mundo, debemos empezar por transformar el modo en que formamos a quienes la ejercen.

Es urgente apostar por la profesionalización del sector de la cooperación, entendida como una disciplina técnica y científica y no como una simple vocación de voluntariado. Para que esta profesionalización sea real y sostenible, es imprescindible formarse y prepararse para trabajar en contextos en desarrollo, así como fomentar una mayor implicación del sector privado. Modelos como el Plan Mattei impulsado por Italia —que combina inversión pública, empresarial y técnica en países africanos— ofrecen un ejemplo inspirador sobre cómo articular desarrollo, formación y mercado laboral en una misma estrategia. Replicar y adaptar este tipo de enfoques a otros contextos puede ser clave para consolidar un ecosistema profesional de cooperación donde los ingenieros encuentren caminos viables, estables y con impacto.

Todo ello no implica deslegitimar el valor del voluntariado, que ha sido históricamente una vía importante de compromiso, más bien se trata de reconocer que la profesionalización y la vocación solidaria pueden y deben coexistir en un sistema donde la cooperación se entienda como un campo técnico, ético y sostenible.

¿Qué exige la cooperación a un ingeniero?

Trabajar en cooperación internacional no requiere únicamente dominar las disciplinas propias de la ingeniería, como el cálculo estructural, la hidráulica, el diseño de redes o las energías renovables; requiere también una serie de competencias transversales que rara vez se enseñan en las escuelas de ingenieros, pero que son determinantes en estos contextos. Por un lado, la cooperación exige ingenieros con visión amplia, capacidad de adaptación y comprensión profunda del entorno en el que actúan; por otro, es fundamental conocer las metodologías y herramientas propias del sector de la cooperación internacional, que solo se aprenden con formaciones específicas. Una de las más utilizadas es el Marco Lógico (Logical Framework), una herramienta clave para la planificación, el seguimiento y la evaluación de proyectos.

En mi experiencia en el este de la República Democrática del Congo, estas carencias formativas se hicieron evidentes desde el primer día. El contraste era total: pasé de la rutina de tomar el metro cada mañana en Europa a subirme en un avión Cessna de cuatro plazas para desplazarme entre las obras. El medio de transporte no es solo anecdótico: refleja el tipo de contexto en el que operábamos, con accesos limitados, infraestructuras mínimas y riesgos logísticos constantes. Aunque técnicamente estaba preparado para supervisar una obra compleja en condiciones difíciles, no lo estaba tanto para gestionar equipos multiculturales, mediar con autoridades locales, planificar con incertidumbre constante, o mantener operativa una logística en territorios con presencia de grupos armados.

La cooperación impone un entorno incierto donde las soluciones no se aplican de forma estándar. Por ejemplo, en Virunga, para acceder a ciertas zonas teníamos que coordinar escoltas armados y adaptar los calendarios de obra a unas dinámicas territoriales cambiantes. La falta de materiales o combustible o la suspensión de los trabajos por motivos de seguridad eran parte del día a día. Ningún manual técnico te prepara para esto.

Dos operarios, realizando tareas de mantenimiento. ©Brent Stirton
El trabajo sobre el terreno resulta fundamental. ©Brent Stirton

Pero tampoco se trata solo de sobrevivir a los inconvenientes. El ingeniero en cooperación debe ser capaz de comprender y respetar las dinámicas sociales del territorio donde actúa. La elección de una tecnología no depende únicamente de su eficiencia, sino de su aceptación cultural, su mantenimiento y su sostenibilidad económica en el tiempo. Eso implica saber escuchar, negociar, simplificar y, a menudo, renunciar a la solución ideal para adoptar la más viable.

En resumen, el ingeniero en cooperación debe combinar solidez técnica, empatía, visión de conjunto y habilidades interpersonales. Debe ser, al mismo tiempo, profesional, facilitador y aprendiz. Y todo ello debería comenzar a cultivarse desde la etapa formativa. No para sustituir los contenidos técnicos, sino para complementarlos con una preparación más humana, crítica y ajustada a los retos de los países en desarrollo.

Lo que falta —y lo que ya existe— en la formación actual

La mayoría de los programas universitarios de ingeniería están diseñados para contextos urbanos, estables y altamente tecnificados en que las variables suelen estar controladas y los marcos normativos bien definidos. Sin embargo, los ingenieros que se incorporan a la cooperación internacional descubren rápidamente que el entorno real de trabajo es muy distinto.

Lo que falta en gran parte de los planes de estudio es formación contextual. Rara vez se plantean casos reales de intervención en países en desarrollo ni se ofrecen herramientas para leer dinámicas sociales, trabajar con marcos institucionales débiles o construir con tecnologías apropiadas. Y mucho menos se estimula la reflexión ética sobre el impacto de nuestras decisiones técnicas en comunidades vulnerables.

Dicho esto, también existen avances prometedores. En los últimos años han surgido másteres y programas de especialización que abordan específicamente la ingeniería aplicada al desarrollo. A continuación, menciono algunos de los que he descubierto hablando con profesionales del sector:

  • Trabajos de fin de grado y de fin de máster en la modalidad Cooperación al Desarrollo de la Escuela de Caminos, Canales y Puertos de la Universidad Politécnica de Madrid. En este programa, los estudiantes aplican sus conocimientos técnicos a proyectos reales diseñados para comunidades vulnerables en países en desarrollo. El programa está respaldado institucionalmente por la Fundación José Entrecanales Ibarra, que financia los desplazamientos y estancias sobre el terreno, y cuenta con el impulso de la Asociación de Alumnos de Cooperación, que proporciona orientación, acompañamiento y una red activa de apoyo.
  • El Máster en Tecnología para el Desarrollo Humano y la Cooperación de la UPC-Barcelona Tech con Ingeniería Sin Fronteras, que integra conocimientos técnicos, sociales y ambientales para preparar intervenciones adaptadas.
  • El máster Network on Humanitarian Action (NOHA), que, desde universidades como Deusto o la Complutense de Madrid, forma a profesionales en la acción humanitaria con un enfoque multidisciplinar.
  • Las formaciones de BioForce, una organización francesa especializada en la formación y profesionalización del personal humanitario que ofrece programas de formación cualificada en coordinación de programas humanitarios y logística.
  • Para quienes miran más hacia instituciones como el Banco Mundial, la ONU, gobiernos o consultoras internacionales y buscan una formación más teórica y analítica, está el máster en International Development and Humanitarian Emergencies (IDHE) de la London School of Economics (LSE); el máster en Development Management de SOAS —otra universidad londinense con un enfoque más crítico especializada en África, Asia y Próximo Oriente y con una visión poscolonial centrada en la justicia social; y el máster en Human Rights and Humanitarian Action de Sciences Po en Francia.
  • También hay cursos cortos y certificaciones que ofrecen una puerta de entrada práctica, como el Curso de Tecnología para el Desarrollo Humano de la Universidad Politécnica de Madrid (UPM), o las formaciones en Logística Humanitaria impartidas por la red LogHum. Estas propuestas permiten a los jóvenes ingenieros enfrentarse a dilemas reales, utilizar tecnologías apropiadas y aprender a trabajar en equipos interdisciplinares e interculturales.

La cooperación internacional es una vocación profesional legítima y necesaria

Por otro lado, muchas universidades han comenzado a ofrecer prácticas sobre el terreno y proyectos de fin de grado vinculados a ONG. La Universidad de Sevilla, la Universidad Pontificia de Comillas o la propia UPM han desarrollado convenios con organizaciones como Cruz Roja o Médicos del Mundo. Aunque todavía son experiencias minoritarias, tienen un impacto transformador. Según datos de Ingeniería Sin Fronteras, menos del 5% de los estudiantes de ingeniería acceden a una experiencia internacional sobre el terreno durante sus estudios. Quienes participan adquieren no solo competencias técnicas contextualizadas, sino también una mirada profesional más crítica, empática y humana.

La clave ahora es convertir esas iniciativas aisladas en parte estructural del sistema educativo como un itinerario académico con el mismo reconocimiento y rigor que otras ramas de la ingeniería, y no como actividades extracurriculares. Para ello, sería deseable promover modelos estables de colaboración entre universidades, ONG y agencias de cooperación. Programas de doble titulación, estancias internacionales o prácticas obligatorias sobre el terreno permitirían institucionalizar un camino formativo completo y viable hacia la ingeniería para el desarrollo.

¿Qué deberían hacer las instituciones formativas y profesionales?

La transformación necesaria no recae únicamente sobre el estudiante o el profesional; son las propias instituciones —universidades, colegios profesionales o administraciones públicas— las que deben liderar el cambio hacia una formación más integral.

Las escuelas de ingeniería deberían ofrecer itinerarios formativos con orientación internacional, incorporando asignaturas sobre cooperación, desarrollo sostenible, tecnologías apropiadas y ética profesional. Pero, sobre todo, deberían fomentar las prácticas sobre el terreno como parte obligatoria o altamente incentivada del proceso formativo. Nada sustituye al aprendizaje directo en un contexto real.

Además, es fundamental reforzar la colaboración con ONG, agencias de cooperación y organismos multilaterales para construir programas conjuntos de formación, movilidad y mentoría. Estas alianzas permiten a los estudiantes entrar en contacto con equipos multidisciplinares y proyectos con impacto tangible. Los colegios profesionales pueden jugar un rol importante en esta vinculación promoviendo espacios de encuentro, redes técnicas y certificaciones específicas en cooperación.

Otro aspecto fundamental es el de incorporar la perspectiva del sur global. Es decir, contar con la participación activa de universidades africanas, latinoamericanas o asiáticas en programas de intercambio, formación conjunta y codiseño curricular. La cooperación no puede seguir siendo unidireccional. Formar ingenieros globales implica también aprender de los enfoques, experiencias y soluciones locales.

La ingeniería en lugares como África puede salvar vidas.

No debemos olvidar que las alianzas estratégicas con instituciones como la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID), la Unión Europea o los bancos multilaterales de desarrollo deberían formar parte activa de los planes formativos, ya que permiten conectar la formación académica con oportunidades reales de inserción profesional en la cooperación técnica internacional.

Finalmente, sería deseable que los sistemas de acreditación y evaluación profesional reconocieran las competencias adquiridas en entornos de cooperación como experiencia válida y que también fuera aceptada como tal en el sector privado. Porque trabajar en estos contextos exige tanto o más que enfrentarse a grandes proyectos en entornos convencionales.

Hacia una nueva generación de ingenieros comprometidos

La cooperación internacional no es un destino alternativo para el ingeniero. Es una vocación profesional legítima y necesaria. En un mundo cada vez más interdependiente, donde los retos globales como el acceso al agua, la energía, el saneamiento o las infraestructuras básicas son comunes a toda la humanidad, formar ingenieros capaces de actuar en esos escenarios es una inversión ética y estratégica.

No se trata solo de exportar conocimientos, sino de construir capacidades, dialogar entre saberes y contribuir a soluciones sostenibles, contextualizadas y justas. Para eso necesitamos transformar la formación: no para rebajar el nivel técnico, sino para complementarlo con una mirada más humana, sistémica y crítica.

Mi experiencia en lugares como el este de África me ha enseñado que la ingeniería puede salvar vidas, abrir oportunidades y proteger ecosistemas. Pero también me ha mostrado que ninguna fórmula técnica sirve si no entendemos a las personas que la van a usar.

Formar ingenieros comprometidos, adaptables y éticamente conscientes no es un lujo. Es una necesidad urgente si queremos que nuestra profesión siga teniendo sentido en un mundo que cambia. Y, sobre todo, si queremos que ese cambio sea para bien. Porque cooperar también es construir. Y construir, en su sentido más amplio, es una de las maneras más nobles de ejercer nuestra profesión.

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