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Extraordinario | Javier Manterola

Un ingeniero valiente

Conchita Lucas Serrano

Ingeniera de caminos, canales y puertos.

Jefa del Departamento de Infraestructuras de Transporte Dirección Técnica. Dragados S.A.

Javier Manterola en la inauguración del puente de Cádiz.

Javier Manterola fue mi profesor de Puentes en la Escuela de Madrid. Desde que comencé a estudiar, sus diseños me parecieron sobresalientes. Heredó de su maestro, Carlos Fernández Casado, esa visión racionalista de la ingeniería, y por eso muestra en sus obras la estructura de la forma más pura posible, eliminando lo superfluo, con una elegancia sin igual. Hay grandes ingenieros en nuestro país, pero pocos capaces de diseñar puentes tan elegantes y sutiles. Probablemente esa capacidad —en parte innata, y en parte forjada a base de trabajo— es la combinación de su afición al dibujo a mano alzada y la clarividencia estructural que poseía, que fue haciéndose más y más grande a medida que fue probando diferentes soluciones estructurales a lo largo de su carrera.

Ningún puente diseñado por Javier Manterola ha sido intrascendente; en todos ensayaba algo, siempre primero a pequeña escala, normalmente con una pasarela, de forma que posteriormente el experimento pudiera trasladarse a un puente mayor. Eso le dio una lucidez estructural única. Y esas aportaciones estructurales han quedado incorporadas al catálogo de recursos colectivo, del que se han beneficiado muchos diseñadores posteriores. Fue el primero en eliminar las vigas riostras de los puentes de vigas, cosa que ahora es habitual en nuestro país; popularizó los arcos inclinados, como en su pasarela sobre la Ronda de la Hispanidad en Zaragoza o en el puente sobre el río Arno en Arezzo (Italia); abrió la puerta a soluciones poco convencionales con tirantes, como demostró en su puente sobre el río Galindo; mostró como nadie las posibilidades de la viga curva y el acoplamiento entre los esfuerzos de torsión y flexión, como en el puente Euskalduna de Bilbao; y fue aún más allá, sustentando los tableros curvos con tirantes solo en uno de los bordes, como en el puente de Logroño sobre el Ebro, en el puente sobre el río Vinalopó en Elche o en la pasarela sobre la M-30, tristemente desmontada. Y rizó el rizo, como le gustaba decir, con la pasarela para la Exposición Internacional de 2008 en Zaragoza, donde dispuso un mástil inclinado, un tablero curvo y tirantes a un solo lado.

Durante mis primeros años en Dragados, coincidí con él en algunos proyectos (arco y pasarela de la Ronda de la Hispanidad en Zaragoza, canal de Aragón), pero cuando realmente lo conocí fue durante la construcción del puente de Cádiz, oficialmente llamado Puente de la Constitución de 1812.

En los puentes grandes, la influencia del sistema constructivo es trascendental, pues pueden darse durante la construcción situaciones provisionales o fases intermedias en las que la estructura debe resistir esfuerzos superiores a los que tendría que hacer frente una vez concluida, bien porque se encuentre en una situación estructural más precaria —como pasa con los puentes construidos por avance en voladizo—, o porque deba soportar cargas mayores a las de servicio, como, por ejemplo, el peso de los carros de izado de dovelas. Por eso es preciso considerar, en el dimensionamiento de las grandes estructuras, no solo la situación final de servicio, sino también las fases intermedias que se vayan a producir según el proceso constructivo elegido, que se deben estudiar con gran detalle. Por esta razón, si se cambia el sistema constructivo respecto al método inicialmente previsto por el diseñador, se debe recalcular el puente.

Esta interdependencia entre dimensionamiento y construcción hace necesario el trabajo conjunto entre el equipo de diseño y el de construcción. En un puente como el de la bahía de Cádiz, esto adquirió una importancia extrema, pues nos enfrentábamos al mayor puente diseñado y construido en nuestro país. Durante los años que duró la obra, nos reuníamos todos los viernes en su oficina para analizar y debatir todos los pormenores de la construcción. Explicábamos cómo queríamos abordar cada una las maniobras y la diseccionábamos entre todos para ver la incidencia que cada una de ellas podía tener en el diseño.

Pasarela sobre la M-30, Madrid.
Puente sobre el río Galindo, Bilbao.

Manterola era un ingeniero que no se limitaba a su papel de diseñador, sino que también se preocupaba de la construcción

Puente de la Constitución de 1812.

Javier Manterola era un ingeniero que no se limitaba a su papel de diseñador, sino que, como hacen los grandes ingenieros, también se preocupaba de la construcción. Durante el proceso creador, siempre tenía en cuenta cómo se levantaría su puente; no se metía en el detalle de la forma en que se llevaría a cabo ni tampoco en el diseño de las maniobras, lógicamente, pero analizaba si lo que estaba proyectando era construible o no. Más adelante, en la fase de ejecución disfrutaba mucho debatiendo con el equipo encargado de construir su puente todas y cada una de las alternativas planteadas, y participaba de manera muy activa en las decisiones. Se le encendía la cara cuando se planteaba una idea nueva en la que él no había pensado, y nos decía: «¡Qué barbaridad, qué cosas hacéis!».

El trabajo conjunto entre el diseñador de un gran puente y el equipo de construcción, cuando todas las partes miran la obra con un único objetivo común, sin personalismos ni estrecheces de miras, sintiendo que efectivamente todos empujamos hacia el mismo lado, es una de las tareas más gratificantes y motivadoras con las que me he encontrado a lo largo de mi vida profesional. Un trabajo muy exigente, pero tremendamente ilusionante. Y no solo es muy enriquecedor, sino imprescindible cuando se afronta una obra de la magnitud del puente de Cádiz.

Fue durante este periodo de trabajo conjunto cuando lo conocí más de cerca y descubrí otras facetas de su persona que también me dejaron una gran huella: su osadía y su honestidad. Le gustaban los proyectos que suponían un reto, de ahí su famosa frase «la ingeniería tiene una vertiente heroica». No tenía ningún problema en admitir que nunca había hecho algo similar, o que le daba un cierto vértigo abordar determinados proyectos. Su franqueza era tal que era capaz de admitir delante de los constructores encargados de levantar el puente que una obra determinada le quitaba el sueño. Decía que sufría, pero en el fondo disfrutaba de los proyectos en los que tenía que ir más allá de lo que había hecho antes, o en los que abordaba algo nuevo. El hecho de salvar luces cada vez más grandes con sus obras le fascinaba; esa tensión durante la redacción del proyecto y luego en la fase de obra le motivaba sobremanera.

Durante muchos años, para ejemplificar este sentimiento mencionaba siempre el puente de Barrios de Luna, al que se enfrentaron él y Leonardo Fernández Troyano a una edad bastante temprana: 440 m de luz. Fue récord del mundo de puentes atirantados cuando se inauguró, en 1983. Años más tarde, su referencia sería el puente de Cádiz: 540 m entre las torres de su vano principal, “100 m más que Barrios de Luna, un salto enorme”, decía. Y así fue.

Pasarela sobre la Ronda de la Hispanidad, Zaragoza.

Lo fue desde muchos puntos de vista. El diseño constituyó, sin duda, un alarde técnico, pues es en las grandes luces donde se manifiestan los verdaderos problemas resistentes, pero no solo por la luz del vano principal —esos 540 m—, sino por la concepción general del puente, en la que los vanos de retenida son también enormemente ligeros, al no estar presente la habitual sucesión de pilas de retenida, que aumenta la eficacia del sistema de atirantamiento, pero empeora claramente la estética del puente.

Ese espíritu algo temerario de Javier se contagiaba. Durante la construcción del puente de Cádiz, nos espoleaba, nos retaba, nos forzaba a pensar cómo resolver los distintos problemas constructivos que se iban planteando. En cada reunión nos animaba y nos presionaba para plantear y ejecutar maniobras novedosas que resolvieran el problema constructivo:

  • ¿Cómo ejecutar el gran encepado del mástil situado en el medio de la bahía? Montando una caja metálica de 49 x 37 m2 y 1.300 t de peso como encofrado del encepado, en el medio de la bahía, con ayuda de la mayor cabria del mundo traída exprofeso desde Holanda.
  • ¿Cómo acelerar la construcción del tramo atirantado? Izando dovelas de 20 m de longitud (el doble de la longitud típica de 10 m) y de 34 m de ancho, que pesaban 400 t, para avanzar más rápido y reducir a la mitad el número de soldaduras en obra.
  • ¿Cómo montar el tramo desmontable de 150 m de luz y 4.000 t de peso sobre las pilas que estaban en el mar? Fabricándolo en las instalaciones de Dragados Offshore y montándolo en una pontona para luego transportarlo en ella, cruzar la bahía, y colocarlo sobre las pilas.
  • ¿Cómo hacer el cierre del vano central gestionando los dos enormes voladizos de 270 m cada uno, que estaban sometidos a la acción del viento de levante, tan fuerte en Cádiz, y a las variaciones térmicas? Moviendo todo el tablero hacia atrás para evitar interferencias entre ellos y, una vez soldada la dovela de cierre, desplazándolo de nuevo hacia adelante para cerrar el vano central.

No era fácil. Sufríamos. Era una exigencia continua, pero a la vez nos transmitía su absoluta confianza en que seríamos capaces de resolver el problema constructivo de manera brillante. Porque Javier siempre se jactaba de trabajar con grandes profesionales. Tanto en su oficina —se sentía tremendamente orgulloso del equipo que había formado a lo largo de los años—, como en el lado de constructora, que éramos los encargados de hacer realidad sus diseños y de esa forma, con esa combinación de exigencia y confianza, Javier sacaba lo mejor de nosotros. Esa era otra de las grandezas de trabajar con Javier Manterola: que en esa confianza ciega que mostraba, unida al reto constante, sacaba lo mejor de ti.

Javier Manterola ha sido un referente para los ingenieros de varias generaciones, un símbolo de la excelencia en el diseño, de la elegancia y del buen hacer. Nos deja una cantidad de obras soberbias que lo mantendrán como un referente también para las generaciones futuras. Tenemos la responsabilidad de conservar su legado y prestar la debida atención a su c onservación.

Aquellos que, además de contemplar su trabajo, tuvimos la fortuna de trabajar con él y de conocerle personalmente, nos guardamos el recuerdo de su extraordinaria personalidad. Muchas gracias, Javier.

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