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Escribió Borges que en un ámbito infinito le ocurren a todo hombre todas las cosas. La gran aventura de Miguel Aguiló alrededor del mundo en una serie de libros de ciudades que glosan las principales urbes y conurbaciones del planeta empieza a redondear una esfera de comprensión que abarca la cuasi totalidad de lo construido; y todo ello bajo los auspicios de una gran compañía que ha participado muy activamente en la gestación de gran parte de ese universo urbano.
La mítica construcción de Chicago es el décimo volumen de una serie que comenzó en el actual Madrid y prosiguió con la Nueva York moderna, Berlín, Sidney, Londres, San Francisco, Toronto, Hamburgo y Vancouver. El periplo comienza a formar una expresiva malla que registra las fundaciones, las características, las tendencias constructivas de las grandes ciudades que los occidentales modernos hemos edificado ajustados en ocasiones a teorías metodológicas más o menos elásticas, casi siempre abandonados a la improvisación, la cual, la mayoría de las veces, termina siendo administrada por los mercados, esa mano invisible de Adam Smith que asigna racionalmente los recursos y que, en ocasiones, consigue parangonar la estética con la rentabilidad.
Todos estos volúmenes hacen referencia a la «construcción» de las ciudades, casi siempre modulada con algún adjetivo («La pragmática construcción de Londres», «La obstinada construcción de San Francisco»…). El libro de Chicago utiliza el adjetivo «mítica» para referirse a la construcción de la ciudad que hereda para sí el calificativo. Porque, como dice Aguiló en la introducción a la obra, «Chicago mola». Es decir, se han acumulado en ella sucesivos elementos mágicos, diversas coincidencias y superposiciones fortuitas que han acabado creando una mitología, que es algo así como la magia de una habitabilidad especial. Lo destaca Aguiló desde el principio: «Chicago sabe dejar su huella en quienes viven en ella; ha habido tantas novelas, poemas y obras de teatro directas y realistas escritas sobre Chicago por quienes han vivido allí, que dio pie a una denominación multipropósito: la escuela de Chicago, que surge en cualquier disciplina. De Chicago han escrito renombradas figuras de todas las ramas del arte y de la ciencia. Sus imaginativas expresiones han marcado el tono y el patrón del pensamiento y de los sentimientos literarios de gran parte de la nación durante casi dos generaciones. Pero el hechizo de Chicago ha invadido también a los científicos, que han confiado en la ciudad como soporte de su teoría o su verdad básica de la vida social o económica.» Los nobeles de Economía Milton Friedman y George Stigler universalizaron las vicisitudes económicas de las últimas décadas con el sello de la ciudad de los Grandes Lagos: fue la también mítica y controvertida «Escuela de Chicago».
Precisamente por ello, hoy no se considera suficiente para la comprensión de la urbe la exploración del trabajo realizado por los urbanistas que están detrás del Chicago moderno desde los años 50: hay que considerar también el papel que han desempeñado personajes eminentes de la ciudad tanto en su desarrollo y organización como en su proyección exterior. Las estadísticas, los datos, no bastan para configurar el proceso evolutivo que se quiere desentrañar por lo que es necesario profundizar en las historias. «No se puede entender Chicago sin estudiar la figura de Al Capone o de Martin Luther King. Pero no vale acumular datos, estadísticas, ni opiniones aisladas de estas figuras, es necesario acercarse a sus historias y acceder a sus legados a la ciudad».
Como es habitual en los libros de Aguiló, el proyecto es totalizador y agota la descripción y el relato hasta que la interpretación se redondea. El segundo capítulo, apasionante, refiere la epopeya de la construcción de la ciudad —adosada a una gran reserva de agua dulce y en la desembocadura de un río— sobre un gran pantanal que reta a los emprendedores. El tercero describe el planeamiento de la urbe, obra de grandes especialistas. El cuarto capítulo se detiene sobre todo en los procesos constructivos que han de sortear las dificultades de aquella incómoda ubicación: surge una nueva estética y se funda la que sería la tan renombrada Chicago School of Architecture. El quinto se detiene en la gestión, en la gobernanza, de una ciudad singular que introduce métodos innovadores que dan lugar a grandes proyectos; en este análisis aparecen los alcaldes fuertes, los gánsteres sin ley y los luchadores por los derechos civiles. El sexto capítulo hace referencia a la cultura, al arte y a los artistas, que influyen tanto en el estilo de la ciudad como en el diseño de sus vericuetos y en el establecimiento de obras inmortales en los jardines y en los barrios que, por ello, adquirirán su fuerte personalidad. El último capítulo cubre los últimos alientos urbanos, surgidos de las corrientes constructivas anteriores pero enfocados a la proyección internacional de la ciudad, con especial atención a los proyectos transformadores más recientes y al relato último que consiguen acuñar y difundir como reclamo.
El capítulo dos, subtitulado «Chicago contra el agua», relata con pormenores la génesis de la ciudad desde que los europeos llegaron al lugar y eligieron para residenciarse una planicie pantanosa situada en la desembocadura del que después se llamaría río Chicago, con pendiente muy escasa, en el lago Michigan, el más occidental de los Grandes Lagos de agua dulce. Observaron que los nativos utilizaban aquellos cauces fluviales y un corto camino de acarreo que, con el tiempo, acabaría conectando con el río Mississippi y abriría una vía de comunicación estratégica entre aquella región nororiental y el golfo de México. Se describe con plausible detalle la construcción del abastecimiento de agua para la naciente ciudad; empieza en 1834 con la utilización del agua subterránea antes de recurrir al propio lago, tomándola primero de sus orillas y, después, viendo que no había modo de frenar el cólera endémico, recurriendo a un túnel sumergido de dos millas que trataba de sortear la contaminación costera. Pronto se vio que el problema hidráulico de la ciudad no era tanto el abastecimiento como el saneamiento, ya que la horizontalidad de la gran parcela hacía imposible evacuar los residuos y alejarlos del casco urbano. Lógicamente, la solución estribaba en levantar los edificios y las calles, algo relativamente sencillo cuando la construcción aún estaba en proyecto, pero en absoluto viable en zonas ya edificadas. El libro recoge en su indagación histórica el I&M Canal National Heritage Corridor, que conecta el lago Michigan con el río Illinois, el cual a su vez, a través del Mississippi, desemboca en las aguas cálidas que bañan el profundo sur de los Estados Unidos.
De gran interés para el lector curioso es el proceso de reparto de las tierras entre los colonos que aspiraban a su dominio y control. Como es conocido, al producirse la legendaria conquista del oeste desde la costa este del continente hacia el Pacífico se recurrió al sistema de centuriación, ya utilizado por los romanos. Para ello, se confecciona una cuadrícula de paralelos y meridianos para distribuir el equivalente de una centuria (50 hectáreas) a cien colonos. El sistema no solo se utilizó en las zonas vírgenes y despobladas sino también como referencia en la organización de muchas ciudades, entre ellas, Chicago. Además, se dictó la conocida como Land Ordinance de 1785, una ley que dio acogida y medio de subsistencia a un gran número de inmigrantes y permitió financiar las estructuras y las instituciones del nuevo sistema social urbano. La rigidez de aquella cuadrícula, que no se ajustaba al curso de los ríos ni a la disposición de la orografía, generó numerosos problemas. Finalmente, en la referencia al establecimiento de la ciudad se describe el gran incendio de 1871, que destruyó 18 000 edificios en 900 hectáreas y costó la vida a unas 300 personas. El mazazo fue intenso, pero, como glosa Aguiló, Chicago había «nacido para triunfar».
Los capítulos tres y cuatro versan, como se ha dicho, sobre la planificación de la urbe en la etapa de desarrollo más intenso. En el capítulo tres se analiza el desarrollo desde 1890. Tras el incendio se inició una potente agricultura intensiva así como una ganadería boyante en la zona de influencia, y paralelamente comenzaron a tenderse redes ferroviarias, entre ellas, la primera a la costa del Pacífico. Por entonces, «Chicago —escribe Aguiló— es la ciudad milagro del sistema americano en su época de autonomía económica. Es la mayor ciudad de más fácil acceso por ferrocarril; tiene dos docenas de rascacielos más altos que los de Nueva York; funcionan 7 000 oficinas y están en construcción otras tantas; el desarrollo del sector terciario parece no tener fin; y empieza a exhibir el lujo en sus grandes edificios. Y su retícula ofrece un principio de orden, racionalidad y medida, un elemental intento planificador que enlaza con la eficiencia de un pensamiento reformador, autónomo y ávido de cultura». Sobre estas bases se instala un sistema de transportes urbanos, se amplía el puerto de la ciudad y se mejoran las redes fluviales. A partir de 1927 comienzan los sucesivos planes de carreteras de peaje y libres y, a partir de 1955, ya se diseñan estas vías a diversos niveles para permitir el cruce de flujos en la cuadrícula plana. La gran peculiaridad de Chicago es su patrimonio de puentes móviles —Aguiló contabiliza 18, construidos entre 1913 y 1882— tras la decisión de mantener permanentemente en servicio todas las calles que cruzan el río. No hay dos puentes móviles iguales y, si en su primera época sirvieron para facilitar el tráfico comercial de las barcazas, actualmente tan solo se abren para permitir el turismo estacional, que disfruta de tales reliquias urbanísticas. Se describe la posición de Chicago como nudo ferroviario central, consolidado ya a mediados del siglo XIX gracias a la contribución de la iniciativa pública y la privada; ello ha convertido Chicago en una ciudad «ocupada por el ferrocarril», «sembrada de vías, con siete estaciones». El capítulo se cierra con una mención a los parques de Chicago, proyectados en oleadas sucesivas.
Aguiló fecha en 1870 la estandarización de las estructuras metálicas en la construcción de edificios, que se volvieron así más livianos y, por lo tanto, permitían mayores alturas —exigidas por los movimientos especulativos— en los pésimos terrenos arcillosos de cimentación sobre los que habían de alzarse. Transcribe Aguiló unas palabras de Condit: «el problema tenía dos partes. Estaba el grupo de problemas técnicos: cómo utilizar el hierro para que el edificio alto fuera menos pesado, cómo anclarlo en el barrio de Chicago y cómo darle la luz, el aire, el calor y la circulación mecánica que requerían sus ocupantes. En segundo lugar, estaban los problemas estéticos, esto es, cómo expresar la estructura de hierro del revestimiento exterior ignífugo y cómo unificar la composición utilizando proporción, escala, ritmo y ornamento adecuados a su tamaño y función». Aquella necesidad obligó a idear un nuevo «arte de construir cimientos en Chicago», y dio lugar a una nueva estética en la que brillaron grandes nombres de la arquitectura contemporánea como William Le Baron Jenney, Henry Hobson Richardson, Louis Sullivan, Daniel Burnham, John Root, George B. Post y Frank Lloyd Wright los cuales «sentaron las bases de un estilo comercialmente viable, capaz de canalizar la gigantesca demanda de nueva construcción que se había desencadenado en las grandes ciudades americanas, sobre todo en Chicago y Nueva York». Aguiló sistematiza un gran repertorio de obras maestras cuyo conjunto consolida la personalidad estética de la gran urbe y cuya evolución a partir de entonces ya seguirá unos cauces previsibles.
El siguiente capítulo, el quinto, es un desentrañamiento de una ciudad pionera en el devenir prodigioso y, a veces, truculento de los grandes motores sociales y económicos de los Estados Unidos, que hacen de ellos el contrapunto de Europa y el asombro de los europeos. El título del capítulo es expresivo: «Maneras de gobernar. Alcaldes duraderos, crimen organizado y derechos civiles». Y, aunque este fragmento del relato diverja hasta cierto punto de un teórico tratado de urbanismo y construcción, no cabe duda de que su apasionante lectura nos introduce profundamente en los intersticios del Chicago actual, el que conocemos a través del cine y la leyenda, que es el rostro con el que se han enmascarado los norteamericanos a sí mismos para mostrarlo al mundo. El siglo XX de los EE. UU. comenzó con grandes cambios, provocados en buena medida por la Primera Guerra Mundial, que dio lugar a grandes oleadas de inmigración, en gran parte, europea y católica. La inmigración y el alcohol trastabillaron la estabilidad reinante, y en 1920 se aprobaron dos enmiendas a la Constitución, la 19 y la 20, que respectivamente prohibían la destilación y la comercialización del alcohol y otorgaban el voto a la mujer (ambos asuntos guardaban relación ya que el alcohol estaba presente en muchos casos de maltrato doméstico). La prohibición del alcohol, que en EE. UU. duró hasta 1933, fue rechazada por la minoría católica, inmigrante y urbana y, en realidad, tuvo efectos devastadores sobre la delincuencia y la corrupción política. El crimen organizado sentó sus reales en la urbe y Aguiló denomina así uno de sus epígrafes: «Cuando Al Capone gobernaba Chicago». He aquí una pincelada: «Durante la guerra del alcohol, Chicago se dividió en dos, desde el Loop a Cicero, y con el sur, desde Madison Street hasta la frontera de Indiana en el lago y en la calle 106, y de allí hasta Chicago Heights. El reparto de la ciudad entre las bandas se mantuvo cuatro años, desde noviembre de 1924 a febrero de 1929, cuando ocurrió la matanza de san Valentín». Ese mismo capítulo, que narra la etapa más sucia de la que por aquel entonces ya era la tercera ciudad más poblada de los Estados Unidos, concluye, sin embargo, con el relato de la prodigiosa gestión llevada a cabo por Richard J. Daley, alcalde entre 1955 y 1976, que sacó a la ciudad del marasmo con la construcción de numerosos rascacielos de posguerra y una gestión sensible a las razones económicas y estéticas. Este demócrata, explica Aguiló, tenía el gran apoyo de los muchos católicos irlandeses de Chicago y conectaba bien con los líderes demócratas nacionales, como Lyndon B. Johnson, John F. Kennedy y Hubert Humphrey. Quizá la pieza más emblemática de su legado sea el nuevo Civic Center y su plaza, con una fuente y una escultura original de Picasso de casi 15 metros de altura. Richard M. Daley, hijo del anterior, fue alcalde de la ciudad entre 1989 y 2011, periodo en el que logró cinco reelecciones.
Los dos capítulos siguientes, el seis y el siete, se refieren a la superestructura cultural que se ha establecido sobre los cimientos de la gran ciudad y que le otorgan su magnífica configuración como objeto del deseo de propios y extraños, de la ciudadanía que la habita y de las muchedumbres que la visitan, embelesadas ambas por la conjunción armónica de un gran despliegue artístico e intelectual con una vida activa y manifiestamente pletórica de sus propios vecinos. El desglose del epígrafe «Arte que hace ciudad» admitiría un desarrollo interminable; el autor se solaza manifiestamente con un desfile de luminarias: Alexander Calder, en Federal Plaza (1974); Jean Dubufet, en Thompson Centre-Standing Beast (1984); Marc Chagall, en Chase Tower Plaza (1974); el, ya citado, Picasso, en Daley Civic Center Plaza (1967); Joan Miró, en Brunswick Place (1981) entre otros. Y todo ello vinculado a grandes instituciones de cultura, museos, salas de ópera y conciertos, teatros con solera, bibliotecas históricas… Aguiló no deja de mencionar la presencia de colecciones de arte español en la ciudad: la de arte europeo del Art Institute of Chicago está considerada una de las mejores del mundo, con una excelente representación española.
El último capítulo narrativo de la obra está dedicado a examinar el discurso subjetivo de la urbe, el carácter de la metrópolis después de las adaptaciones de los últimos años. En torno a 1970, Chicago experimentó una concentración significativa de sedes y centros financieros al mismo tiempo que la desindustrialización, la reestructuración y la quiebra de bancos locales obligaban a promover cambios tendentes a la prestación de nuevos servicios, muy particularmente, el turismo. Aguiló explica los atinados logros que han tenido lugar en la atracción de visitantes, las nuevas estrategias y los atractivos de nueva creación; todo ello en el marco de un florecimiento hostelero que ha servido para la regeneración urbana de barrios degradados y vacíos. El capítulo concluye con una reseña sobre la activa vida universitaria, a camino entre tradición y modernidad, y sobre el mundo del deporte, que tanto influye en aquel país en la generación de señas de identidad y en la integración de corrientes sociales dispersas.
Todo este cúmulo de descripciones y observaciones embridado en un relato muy bien hilvanado permite aproximarse al concepto de «idiosincrasia». Para Aquiló, «Chicago es la verdadera América con todas sus maravillosas contradicciones e inseguridades; una exposición universal para mostrar la ciudad al mundo construida con escayola en las afueras; unos planes de renombre que se limitan a extender la infraestructura para atraer más inversión; una ciudad con 101 premios Nobel, cuyo sello más distintivo es Al Capone». Y más adelante utiliza algunos conceptos clave de la evolución del mito en la cultura, como dinamismo, trasmutación, adaptación, transferencia, flexibilidad, implicación o recurrencia que, en mayor o menor medida, explican este carácter mítico que respira la ciudad.
Antonio Papell
Dr. ingeniero de caminos, canales y puertos
La mítica construcción de Chicago
ISBN: 978-84-09-46583-5
Autor: Miguel Aguiló
Editorial: Grupo ACS, 2022
Número de páginas: 321 pág